Cada vez que alguien sale al humedal de su barrio con un kit para medir la calidad del agua, que registra un ave en una aplicación o que cartografía junto a sus vecinos las amenazas que pesan sobre un bosque, está haciendo algo que hace veinte años casi no existía en Chile: ciencia ciudadana. Hoy es un movimiento en plena efervescencia. El Núcleo Milenio sobre Tecnociencia Ciudadana para la Transformación Socioambiental (CITEC) acaba de terminar el primer catastro sistemático de ciencia ciudadana y comunitaria de carácter socioambiental en el país, que abarca el período 2005-2025, y los números impresionan: 251 iniciativas identificadas, la mayoría surgidas después de 2020. La pandemia, las plataformas digitales, el estallido social de 2019 y nuevos fondos confluyeron para que miles de personas se sumaran a producir conocimiento sobre el territorio que las rodea.

Pero detrás de ese significativo crecimiento hay una advertencia que vale la pena escuchar. Crecer no es lo mismo que consolidarse. La mayoría de estos proyectos dura poco: cuatro de cada diez no superan los dos años, y apenas un 7 % se ha mantenido activo durante una década o más. La mayoría depende de una sola fuente de financiamiento, casi siempre un fondo concursable que, cuando se agota, se lleva consigo al proyecto. El resultado es un ecosistema vital pero frágil, lleno de iniciativas que nacen con entusiasmo y se apagan antes de poder generar las series de datos largas que el monitoreo ambiental realmente necesita para detectar tendencias significativas. Medir un río una vez dice poco; medirlo durante diez años puede influir en la creación o el mejoramiento de políticas públicas.

La particularidad del modelo chileno tiene es que el liderazgo de estas iniciativas se distribuye tanto entre representantes de la academia como de las organizaciones de la sociedad civil. Aunque tienen diferencias de objetivos, metodologías y formas de participación, esa dualidad presenta un espacio de colaboraciones futuras por construir para potenciar las fortalezas de cada tipo de organismo.

Este catastro permitió evidenciar que la ciencia ciudadana y comunitaria en Chile no se concentra en Santiago si no que está regionalizada con una predominancia en las regiones de Bio Bío, Valparaíso y Los Lagos. Sin embargo, persisten brechas territoriales sobre todo las zonas extremas del norte y del sur, a pesar de contar con ecosistemas estratégicos y conocimientos territoriales relevantes. Por ende, todavía hay mucha ciencia por hacer y territorios por monitorear. Para levantar datos, el 47 % de los proyectos han incorporado un Monitoreo Ambiental Participativo, sea comunitario, contributivo o biocultural, para recolectar datos sobre medioambiente y/o cultural. La preocupación nacional por la evolución de los recursos hídricos se traduce por una alta proporción de monitoreos de agua en los ríos, los lagos, los humedales y el mar.

Centinelas de Brasil. Créditos (CC-BY): Sebastián Ureta.
Centinelas de Brasil. Créditos (CC-BY): Sebastián Ureta.

Hay otro hallazgo que nos parece el más importante, y va a contracorriente de la intuición habitual. Solemos pensar que lo que distingue a un buen proyecto de ciencia ciudadana es la disponibilidad de tecnología, el financiamiento o la escala. El análisis estadístico muestra otra cosa: el factor que mejor predice si una iniciativa sostendrá un monitoreo serio en el tiempo no es ninguno de esos, sino cómo se hace la ciencia. Los proyectos donde las comunidades no son simples recolectores de datos, sino que participan en definir las preguntas e interpretar los resultados —lo que llamamos modelos cocreados— son los que producen conocimiento más robusto y duradero. Y, sin embargo, esos proyectos son apenas el 18 % del total. Más de la mitad sigue una lógica de arriba hacia abajo, donde el ciudadano aporta el dato y el experto se queda con todo lo demás.

Esto importa porque cambia por completo dónde deberíamos poner los esfuerzos. Si lo que mejora la calidad no es repartir más instrumentos sino transformar la forma de participar con mayor involucramiento de los voluntarios en todas las etapas, entonces fortalecer la ciencia ciudadana es menos un problema técnico que uno de diseño y de confianza.

El catastro deja además una pista reveladora. Los proyectos liderados por mujeres son menos, acceden a menos financiamiento de envergadura y circulan en menor proporción en los espacios científicos formales. Pero son, justamente, los que con más frecuencia adoptan ese modelo cocreado, territorial y colaborativo que los datos identifican como el más fértil. Dicho de otro modo: el ecosistema está dejando en los márgenes precisamente la manera de hacer ciencia con mayor impacto potencial que más necesita.

La ciencia ciudadana chilena llegó a una masa crítica que nadie habría imaginado hace una década. Su desafío ya no es crecer, sino madurar: pasar de acumular datos a construir relaciones duraderas entre comunidades, universidades y territorios, además de usar las informaciones producidas para generar conocimiento de base e incidir en políticas públicas para una mayor sostenibilidad socioambiental en el país. Lo que está en juego no es solo cuántos proyectos existen, sino si seremos capaces de convertir todo ese entusiasmo en conocimiento que efectivamente transforme la manera en que cuidamos lo que nos rodea.

Centinelas de Hualaihue. Créditos (CC-BY): Sebastián Ureta.
Centinelas de Hualaihue. Créditos (CC-BY): Sebastián Ureta.

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