Este año, el desierto costero del norte de Chile vuelve a sorprender al mundo. Las intensas lluvias registradas entre los meses de julio y agosto activaron un banco de semillas y bulbos que esperaban pacientes entre suelo y rocas. Especialistas hablan de un desierto florido de magnitud excepcional, comparable al de 1997. Según estimaciones de la Corporación Nacional Forestal (CONAF), el fenómeno podría cubrir más de 15.000 kilómetros cuadrados entre las regiones de Antofagasta, Atacama y Coquimbo, con más de 200 especies de plantas arbustivas y herbáceas que cubrirán de colores el paisaje. El peak de floración se espera para octubre, y ya miles de personas planean recorrer el norte para presenciar este espectáculo de la naturaleza.

Pero mientras las añañucas, huillis y suspiros acaparan las fotografías y los titulares, hay otros habitantes de este desierto que rara vez llaman la atención, aunque tienen más de 12 millones de años: las especies del género Copiapoa, un grupo de cactáceas endémicas de Chile, es decir, que no existen en ningún otro lugar del mundo. A diferencia de las especies que brotan y florecen sólo después de intensas lluvias, las Copiapoa son especies perennes que forman parte permanente del paisaje del desierto costero, y que continúan floreciendo año a año aunque no hayan lluvias, hasta que agotan sus reservas de agua o llega una nueva lluvia, cumpliendo un rol ecológico clave en años secos.

Un estudio reciente, desarrollado en el marco del Proyecto XPP Copiapoa, sugiere que algunas especies de Copiapoa se mantienen más frías que el ambiente que las rodea durante el día y retienen calor durante la noche, actuando como termorreguladores naturales que dan refugio a insectos, reptiles y otros pequeños animales del desierto. Es decir, no solo resisten uno de los ambientes más áridos del planeta sino que también sostienen a otras especies, convirtiéndose en un pilar clave de la biodiversidad del desierto.

Ese rol, sin embargo, está en riesgo.

De acuerdo con la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), más del 80% de las especies del género Copiapoa están clasificadas en alguna categoría de amenaza, de las cuales 10 están en peligro crítico, 12 en peligro y 6 vulnerables. Las causas son múltiples y actúan en conjunto: el cambio climático altera los patrones de precipitación y de la camanchaca de la que dependen; la destrucción y fragmentación de su hábitat avanza con la infraestructura vial, urbana e industrial; y el tráfico ilegal de plantas, motivado por su singular belleza y rareza en el mercado internacional de coleccionistas, sigue presionando a poblaciones que, en muchos casos, ya son naturalmente pequeñas y fragmentadas.

Frente a este escenario, en Cienciambiental, junto al Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) e Insular, decidimos que documentar la amenaza no era suficiente. Era necesario actuar. Así nació el Programa de Prevención de Extinciones del género Copiapoa, XPP Copiapoa, un modelo piloto que combina investigación científica, conservación y restauración, educación ambiental y desarrollo local, y articulación estratégica entre ciencia, sector público, sector privado y comunidades. La convicción de fondo es simple: ningún sector puede enfrentar por sí solo un desafío de esta magnitud, y solo un trabajo colaborativo y sostenido en el tiempo, que involucre a todos los actores clave del territorio, puede prevenir la extinción de las especies de este género que se ha transformado en un símbolo de la identidad natural y cultural del norte de Chile. Ese enfoque fue reconocido este año con el premio ColaboraX, en la categoría Acción por el Clima, otorgado por la CAF – Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe.

En apenas su primer año de ejecución, el proyecto ya muestra resultados concretos. Se puso en marcha un Centro de Investigación y Propagación de Flora del Desierto en Valle Fértil, comuna de Copiapó, donde se resguardaron 13.500 semillas de 30 taxones del género y se propagaron más de 7.800 plantas desde su semilla. Se realizaron 15 expediciones de terreno entre Antofagasta y Coquimbo, logrando establecer datos poblacionales para el 84% de las especies del género, información que antes prácticamente no existía. También se secuenció el primer genoma completo para una especie del género, y se construyó una red activa de 120 personas y 23 organizaciones del territorio, incluyendo escuelas, comunidades indígenas y organismos públicos, que hoy trabajan junto al Proyecto en la prevención de la extinción de este patrimonio natural y cultural.

El desierto florido de este año es, sin duda, una oportunidad extraordinaria para que más personas se maravillen con la biodiversidad del norte de Chile. Visitar el desierto con responsabilidad, sin extraer plantas ni semillas, sin salirse de los senderos establecidos, respetando la fauna, la flora, y otras formas de vida que encontramos en el camino, es una manera concreta de contribuir a que ecosistemas como este sigan existiendo. La conservación de las Copiapoa, y de todas las redes de vida que ellas sostienen, depende de que aprendamos a valorar el desierto no solo por lo espectacular que puede llegar a ser, sino por todo lo que lo mantiene vivo el resto del año.

Las iniciativas de conservación en Chile necesitan más aliados dispuestos a poner ciencia, recursos y capacidad de gestión al servicio de un mismo objetivo. El desierto florido nos regala, por unas semanas, un espectáculo que atrae la mirada de todo el país. Pero la biodiversidad del desierto de Atacama, con las Copiapoa como parte fundamental de ella, requiere no solo nuestra atención, sino nuestra acción durante todo el año.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur


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