OPINIÓN | Lo hiperlocal: la escala justa de la descentralización
Angela Delorenzo, desde lo vivido en su viaje a la International Visitor Leadership Program, busca exponer los modos en cómo desde Estados Unidos hacen para darle poder a los sitos urbanos, sin fragmentar el país, para dejar atrás la descentralización. Revisa aquí la columna completa de la Co-Fundadora de Fundación Chile Lagos Limpios y Ex Directora de la Asociación de Oficinas de Arquitectos (AOA).
Chile discute hoy, con razón, cómo devolverle poder a los municipios y a las regiones. Pero descentralizar bien no es simplemente transferir competencias hacia abajo: es encontrar la escala justa en la que debe tomarse cada decisión —lo suficientemente local para responder a la realidad de cada barrio, y lo suficientemente articulada con una visión regional y nacional para no fragmentar el desarrollo del país—. Esa fue la lección central aprendida hace un año en el programa
International Visitor Leadership Program (IVLP) del Departamento de Estado de Estados Unidos, donde tuve el privilegio de participar, como una de ocho delegados latinoamericanos seleccionados a través de las embajadas de Chile, Perú, Colombia, El Salvador y Honduras, un programa dedicado a planificación urbana y smart cities.
Recorrimos Washington D.C., Buffalo, San Antonio y Denver, y en cada ciudad encontré la misma respuesta a esta tensión: lo local nunca funciona aislado. En Washington, el exgobernador de Maryland Parris Glendening explicó cómo, dentro de un sistema federal, una política nacida a escala municipal puede escalar hasta tener impacto nacional cuando existe un marco que la conecta con los niveles regional y federal. Tracy Loh, de Brookings Metro, lo confirmó desde el otro extremo: el trabajo hiperlocal —placemaking, soluciones rápidas y de bajo costo a escala de barrio— es más potente cuando se inserta en una visión metropolitana más amplia, no cuando compite con ella.


El instrumento que hace posible esa conexión lo vimos con mayor claridad en Denver. Jerry Tinianow, durante siete años jefe de sustentabilidad de esa ciudad, nos mostró la metodología de visión estratégica que hoy usan numerosas ciudades estadounidenses para informar su regulación: definir con claridad el “por qué”, distinguir lo que el municipio controla de lo que solo puede influir, y fijar plazos y recursos concretos para lograr avances visibles dentro de cada ciclo político. Es una visión que ordena antes de normar, y creo es una pieza clave a integrar en la planificación chilena.
Este tipo de modelos ya han comenzado a emerger en nuestro país. Como recordaba hace poco Pablo Allard en su columna de opinión en La Tercera, hoy “gobiernos regionales, metropolitanos y municipales se empoderan y organizan en nuevas plataformas de colaboración pública, privada y cívica”. Mencionando como uno de los ejemplos la Agencia Local de Inversiones de Renca, unidad técnica capaz de articular inversión privada con la visión de desarrollo de un territorio. El desafío es no multiplicar estas experiencias comuna por comuna, sino replicarlas dentro de un marco regional y nacional que las coordine.


San Antonio Texas, de hecho, ofrece ese modelo de coordinación. Conocimos en detalle el proyecto The Pearl, con arquitectura de primer nivel de la oficina LakeFlato, que integra patrimonio histórico con el desarrollo de un nuevo barrio culinario y residencial para la ciudad. Ahí, la alianza público-privada demostró que puede transformar positivamente el paisaje urbano cuando se piensa como revitalización inclusiva y no como gentrificación: a través de cambio incremental mediante pequeños movimientos estratégicos, y grandes espacios públicos que refuerzan la identidad y el propósito único de cada lugar, sostenidos con asociaciones entre ciudades, incentivos fiscales para la colaboración privada y rehabilitación de paisaje. Es un modelo especialmente relevante para Chile y el resto de Latinoamérica, donde el capital importante está concentrado en las empresas, motores del desarrollo y la prosperidad local.
Esa misma lógica de coordinación la vimos también en la Universidad de San Antonio, donde el enfoque Smart City se trabaja mediante simulación de posibles escenarios y uso de inteligencia artificial para la recopilación de datos, complementado con herramientas como Metaroom para la ciencia comunitaria; y en CENTRO San Antonio, la corporación que gestiona el centro histórico como “el barrio para toda la región”, que mostró cómo una coordinación de escala metropolitana puede convivir con una ejecución hiperlocal, sin que una le reste autonomía a la otra.
En Buffalo, en cambio, aprendimos que hay decisiones que exceden por naturaleza el límite comunal: la gestión de sus cuerpos de agua como recurso estratégico —para agua potable, energía renovable y refugio climático— exige mirada regional o nacional. El paralelo con nuestra Norpatagonia y la Patagonia austral, donde se concentran reservas hídricas clave para el país, es directo.
Descentralizar bien, entonces, no es debilitar la mirada de país; es la única forma de construirla desde abajo. Requiere una visión de desarrollo que se construya desde la proximidad —física, emocional y cultural— pero que se articule, como un clúster de estados, hasta alcanzar competitividad regional y nacional. Esa visión se hace con la sociedad, no para ella, y solo la fuerza de una comunidad organizada, junto con voluntad política sostenida, puede asegurar que los planes estratégicos informen y transformen la regulación, en lugar de quedar rezagados frente a ella.
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Angela Delorenzo