Chile central es una de las cinco grandes regiones de clima mediterráneo del planeta y forma parte de un hotspot mundial de biodiversidad. Son territorios excepcionales: concentran una enorme riqueza natural y, al mismo tiempo, ofrecen condiciones especialmente favorables para vivir, producir y desarrollarse. Esa misma hospitalidad, sin embargo, ha generado una presión creciente sobre sus ecosistemas.

Santiago es uno de los mejores ejemplos de esta tensión. Solemos pensar la región Metropolitana desde su ciudad, pero territorialmente es, en gran medida, una región de montaña. De sus aproximadamente 1,54 millones de hectáreas, más del 85% corresponde a sistemas montañosos de las cordilleras de los Andes y de la Costa. La huella urbana continua de Santiago alcanza unas 87 mil hectáreas. Frente a ella existe una extensión montañosa varias veces mayor que no es simplemente el paisaje que observamos desde la ciudad: es parte de la infraestructura natural que permite que Santiago funcione.

El agua es quizás el ejemplo más evidente. La cuenca del Maipo sostiene buena parte del abastecimiento de la capital y el Embalse El Yeso constituye su principal reserva regional de agua potable. Pero la cordillera entrega mucho más: biodiversidad, regulación climática, paisaje, recreación, turismo, educación y protección frente a distintos riesgos.

Este sistema, sin embargo, está bajo presión. En Quinta Normal, la serie meteorológica desde 1961 muestra una tendencia descendente de la precipitación anual del orden de 12,7 milímetros por década. A ello se suma la pérdida de aproximadamente 2,4 gigatoneladas de masa de los glaciares de la cuenca del Maipo entre 1955 y 2013, con una aceleración de su adelgazamiento desde 2010.

Frente a este escenario, la conversación sobre la cordillera no puede limitarse a la conservación. La pregunta es más amplia y también más urgente: ¿cómo mantenemos en el tiempo los servicios que este territorio presta a millones de personas? Y, sobre todo, ¿cómo organizamos los recursos, las capacidades y los acuerdos necesarios para lograrlo?

Desde Parque Cordillera hemos entendido que ninguna institución puede resolver este desafío por sí sola. Actualmente administramos alrededor de 27 mil hectáreas de parques naturales y recibimos cerca de 300 mil visitas anuales, considerando accesos pagados y no pagados. Las siete municipalidades que integran nuestra institucionalidad tienen una referencia territorial cordillerana cercana a 700 mil hectáreas. La dimensión del desafío deja claro que nuestra tarea no puede ser administrar todo ese territorio, sino articular a quienes pueden contribuir a protegerlo y ponerlo en valor.

Eso significa conectar municipios y propietarios, sociedad civil, empresas y financiamiento, y sumar cada vez con mayor fuerza a la ciencia, los datos y la evidencia. Porque las decisiones sobre el territorio deben permitirnos saber dónde intervenir, por qué hacerlo y, posteriormente, medir si aquello que hicimos produjo el resultado esperado.

En esa dirección estamos trabajando, por ejemplo, con cinco universidades a través de Aula Natural, una red que busca que la investigación, la observación territorial y los proyectos concretos se alimenten mutuamente. Hoy contamos además con herramientas que hace algunos años parecían difíciles de imaginar: observación satelital, ingeniería geoespacial, nuevos sistemas de medición e inteligencia artificial que permiten integrar información territorial y aprender a una velocidad y escala radicalmente distintas.

Invertir en este conocimiento no es solo una decisión ambiental. El capital natural de la cordillera también tiene una dimensión económica. Solo la industria chilena del turismo de nieve generó en 2025 un impacto económico directo estimado en US$283 millones. Esto demuestra que proteger los ecosistemas cordilleranos no significa ponerlos al margen del desarrollo, sino reconocer que parte importante de nuestro bienestar económico y social depende de que estos territorios sigan funcionando.

El desafío, entonces, es cambiar la manera en que entendemos la cordillera. No como un espacio distante de la ciudad, ni únicamente como un lugar para visitar, sino como una infraestructura natural esencial para la vida de Santiago.

La pregunta que debemos hacernos es concreta: ¿cómo organizamos al sector público, al sector privado, la academia y la sociedad civil para invertir inteligentemente en el capital natural de la cordillera, de manera que siga generando bienestar para Santiago durante las próximas décadas?

Responderla exigirá colaboración, evidencia y una mirada de largo plazo. Pero, sobre todo, exige reconocer algo fundamental: cuidar la cordillera no es sólo proteger lo que está allá arriba. Es también cuidar las condiciones que hacen posible la vida de quienes estamos aquí abajo.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur


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