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OPINIÓN | El agua olvidada: Lo que Valdivia puede enseñarnos sobre resiliencia urbana
Valdivia ofrece una lección urgente para pensar en la resiliencia de las ciudades del siglo XXI: no basta con reconstruir después del desastre, hay que aprender a leer el pasado. La autora, Angela Delorenzo, Directora de Estrategia Chile Lagos Limpios, CEO de Aire Nuevo y Cofundadora de Land Arquitectos, pone sobre la mesa que no depende solo de infraestructura o normas más exigentes, sino de recuperar la visibilidad de aquello que la ciudad fue ocultando, como sus humedales, sus aguas y las dinámicas naturales que siguen protagonizando y definiendo su futuro.
Chile es un país de extremos, expuesto constantemente a eventos naturales tales como terremotos, aluviones, incendios, entre otros, y, sin embargo, nuestras ciudades se reconstruyen una y otra vez de la misma forma, en su mayor parte sin incorporar las lecciones aprendidas que nos deja la naturaleza. La historia de Valdivia sugiere que la clave de la resiliencia no está solo en normas de construcción más estrictas, sino en volver a ver —todos los días— el territorio dinámico que habitamos, e incorporando estas dinámicas a nuestros diseños de ciudades, con el fin de hacerlas visibles en el día a día. Hoy, tras ser denominada Ciudad Humedal, Valdivia tiene la oportunidad y las herramientas para hacerlo.
La ciudad que olvidó sus aguas
Los mapas históricos de Valdivia cuentan una historia reveladora. Durante siglos fue conocida como “la ciudad de las lagunas”: un núcleo asentado sobre las terrazas altas —el mismo emplazamiento del asentamiento huilliche que la precedió— y rodeado de humedales y cursos de agua que funcionaban como límite natural, vía de circulación e incluso sistema de defensa. Mientras el agua fue un rasgo visible y permanente del paisaje, el crecimiento urbano la respetó: la ciudad creció alrededor de las lagunas, no sobre ellas.
Eso cambió cuando el agua dejó de verse. Desde mediados del siglo XIX las lluvias comenzaron a disminuir, y los humedales pasaron de ser “lagunas” a percibirse cómo “pantanos insalubres”. El gran incendio de 1909, que arrasó cerca del 90% del centro, aceleró una idea que ya rondaba: rellenarlos y drenarlos para expandir la ciudad. Las zonas inundables se volvieron manzanas edificables. Pero el terremoto de 1960 recordó lo que el paisaje no había olvidado: el suelo se hundió hasta casi dos metros y las aguas volvieron, por la vía del tsunami y las inundaciones, exactamente a los lugares que siempre habían ocupado. Hasta hoy, las zonas de mayor riesgo sísmico del centro histórico coinciden con los antiguos humedales rellenados.
Tras la inundación que destruyó Rapid City, en Estados Unidos, el director de obras públicas lo resumió con una imagen certera: nadie se acostaría a descansar sobre una vía de tren y, sin embargo, si construimos sobre planos de inundación existentes. La diferencia es que una se ve y la otra no, dado que los planos de inundación no siempre están cubiertos de agua. En Valdivia esa “vía de tren” —las zonas de subsidencia e inundación— está detectada por estudios existentes, pero permanece oculta bajo la ciudad cotidiana. El peligro existe; simplemente no percibe en el día a día como tal.
Repensar la resiliencia: no volver atrás, sino aprender
La palabra resiliencia tiene diversas definiciones. En ecología, resiliencia no significa resistir sin cambiar, ni “volver a la normalidad” cuanto antes: es la capacidad de un sistema de absorber una perturbación, reorganizarse y aprender de ella conservando su identidad. Aplicada a la ciudad, esta definición tiene una consecuencia profunda: después de un desastre, lo último que deberíamos hacer es reconstruir exactamente igual aquello que falló. Un sistema que vuelve a su estado anterior sin aprender no es resiliente; solo está esperando el próximo evento.
Existe un enorme conocimiento científico sobre estos territorios, pero no se traduce en formas o estructuras que las personas puedan reconocer. El paisaje urbano construido no comunica lo que el suelo sabe.
La ventana de oportunidad
La literatura sobre desastres identifica una “ventana de oportunidad”: el período posterior a una catástrofe en que el cambio es más fácil de lograr, porque el desastre cuestiona el status quo. Pero esa ventana es breve: aunque la reconstrucción completa toma entre 8 y 10 años, el cambio real solo ocurre cuando los proyectos se inician dentro del primer año. Chile ofrece dos ejemplos opuestos. Tras el terremoto y tsunami de 2010, Constitución elaboró un plan maestro en 60 días y comenzó a implementarlo ese mismo año. Chaitén, tras la erupción de 2008, entró en un proceso de estudios y concursos para relocalizar la ciudad que tomó años; mientras tanto, sus habitantes volvieron y reconstruyeron donde siempre habían vivido, dejando el plan obsoleto antes de nacer. La lección: los grandes planes suelen ser demasiado lentos para la ventana de oportunidad, y las intervenciones locales, que pueden implementarse por etapas o proyectos piloto, que no necesariamente sean los definitivos, pero más rápido de ejecutar, tienen más posibilidades de perdurar.
Del reconocimiento a la certeza: el agua vuelve a verse
Aquí la historia de Valdivia da un giro que abre nuevamente la ventana de oportunidad. La Ley de Humedales Urbanos de 2020, reconoció el valor de los ecosistemas que la ciudad pasó un siglo rellenando, adicionalmente Valdivia fue distinguida internacionalmente como Ciudad Humedal. Por primera vez en más de un siglo, el agua vuelve a ser un rasgo que la ciudad está obligada a mirar. Y en un contexto de creciente escasez hídrica, proteger humedales y acuíferos dejó de ser solo una precaución sísmica: es una estrategia de futuro.


Pero el reconocimiento trajo consigo un “desastre” o “terremoto” para el desarrollo de la ciudad, en respuesta a la incertidumbre que instaló. Muchos humedales son ambientalmente clave —regulan inundaciones, recargan acuíferos, sostienen biodiversidad—, pero algunos ocupan suelos relevantes para el desarrollo urbano y económico que la ciudad también necesita. La ley protege, pero no siempre precisa: ¿dónde exactamente se puede construir y con qué estándares?, ¿qué sitios son intocables porque prestan servicios irreemplazables? Sin datos finos, cada proyecto se vuelve una disputa entre quienes quieren desarrollar y quienes quieren preservar, negociando desde la desconfianza más que desde la evidencia. Y esa incertidumbre es la misma que atraviesa toda esta historia: la de un territorio cuya dinámica no logramos ver con claridad.
Resiliencia en los tiempos de la visibilidad que trae la IA y tecnología
La resiliencia del siglo XXI se está redefiniendo, bajo los conceptos de smart cities o ciudades inteligentes y la llegada de la IA, justamente, como una capacidad de ver: recolectar, simular y decidir con datos. Por ejemplo, un gemelo digital —un modelo virtual de la ciudad que se actualiza de forma continua— permite someter una propuesta de desarrollo a un modelo de crecida de cien años y ver el resultado de manera más eficiente. Es, en software, modelar y hacer permanentemente visible lo temporal: mostrar hoy lo que el paisaje solo revela durante un evento. Ciudades como San Antonio, Texas, ya los usan como plataforma común donde agencias, desarrolladores e investigadores exploran escenarios en base a gemelos digitales, y trabajan con las comunidades locales para validar e implementar soluciones específicas para problemas ambientales, evitando futuros costos para la ciudad de reparar, y así construir una ciudad más resiliente.
Lo que sí debemos considerar, es que estas herramientas solo se vuelven eficaces cuando se integran en la gobernanza —en cómo se otorgan permisos, se fijan estándares y se implementan soluciones—. La tecnología aporta la capacidad de ver; la gobernanza decide si eso se traduce en mejores decisiones. Es, de nuevo, la “ventana de oportunidad”: tener la herramienta no basta si no se la usa a tiempo y con reglas claras.
Seis principios para diseñar en un paisaje resiliente
Diseñar en miras de construir resiliencia, exige, ante todo, hacer permanentemente visible lo temporal: las condiciones de riesgo que solo se manifiestan durante los eventos deben tener presencia en el paisaje cotidiano, y hoy la calidad de los datos y los gemelos digitales nos entregan certezas para lograrlo. Ese principio se apoya en intervenciones escalables, capaces de funcionar a escala de sitio y, a la vez, de leerse como parte de un sistema mayor —tomando conciencia de una cuenca, un acuífero, una vía de circulación de agua—, del mismo modo en que entendemos que una estación de tren pertenece a un sistema urbano más amplio de transporte clave. Se trata además de resolver funciones ecológicas y humanas de manera simultánea: un espacio público que también es humedal integra ambas y le da al sistema la flexibilidad de lo natural, porque diversidad y biodiversidad son, ambas, estrategias de resiliencia. A esto se suma la necesidad de anticiparse para prepararse, diseñando y simulando escenarios post-desastre antes de que ocurran, de modo que, llegado el momento, la reconstrucción no parta de cero.

El valor económico de la tierra como principio estructural
Y nada de esto se sostiene si la gobernanza no integra el negocio de la tierra como parte de la solución. La palabra negocio, carga para algunos una connotación negativa, pero en su raíz busca satisfacer una necesidad a cambio de una ganancia. Por lo que alinear las necesidades de los distintos actores ubicando los incentivos en el lugar correcto es lo que permite operar el territorio de forma integral y generar bienestar a largo plazo; bien encauzado y actualizado a las nuevas necesidades, el negocio no es el obstáculo de la sostenibilidad, sino una de sus herramientas, y debe estar en la planificación desde el principio. Considerando además la agilidad que usualmente agrega a los procesos de reconstrucción una gobernanza integrada, lo que permite optimizar la ventana de oportunidad mediante fases y proyectos piloto: cubrir la emergencia con soluciones locales y luego iterar el diseño según las prioridades que emerjan, promoviendo a su vez desarrollo de nuevas soluciones o modelos de negocios más sostenibles, dentro de ese breve lapso en que el cambio es posible.
El hilo que une toda esta historia es la capacidad y herramientas con que hoy contamos para leer e incorporar con mayor certeza las dinámicas del territorio al diseño y desarrollo de ciudades. Valdivia se volvió vulnerable el día que dejó de ver su agua; puede volverse resiliente el día que aprenda a verla de nuevo. Su condición de Ciudad Humedal le da el mandato de hacerse cargo de las dinámicas de su territorio de forma informada. Así mismo, debemos hacernos la pregunta de cuáles son las dinámicas en otras partes de nuestro diverso territorio chileno, a las que debemos prestar atención e incorporar, cual es el mandato que la misma naturaleza dicta en diferentes localidades. Porque la resiliencia es la capacidad de leer un territorio que cambia y decidir, entre todos y a tiempo, cómo habitarlo: diseñar para escuchar el paisaje todos los días, y no solo cuando la tierra tiembla o las aguas se desbordan.
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Angela Delorenzo, Directora de Estrategia Chile Lagos Limpios