La puerta apenas se ha cerrado cuando empieza el movimiento. Un niño pequeño cruza la sala con una energía imposible de ignorar. En una mano lleva una bolsa de dulces ya abierta; en la otra, una taza de café que nunca debió llegar hasta ahí. En cuestión de minutos cambia de lugar los cojines, abre una llave, tira una maceta y desaparece por el pasillo. Nadie sabe cuál será su siguiente destino. Lo único evidente es que la casa entera tendrá que reorganizarse alrededor de esa presencia.

Así entiendo yo al fenómeno de El Niño. No como una tormenta que llega desde lejos con un catálogo predeterminado de daños, sino como una redistribución abrupta de energía que obliga a todo el sistema a acomodarse. Algo se mueve en una parte de la casa y, aunque no todas las habitaciones responden igual, ninguna queda completamente intacta. El Niño hace algo parecido en el clima del planeta: altera la distribución de calor entre el océano y la atmósfera y, con ello, cambia las probabilidades de lluvias, sequías, huracanes, incendios, cosechas, pesquerías y precios. No deja el mismo desorden en todos los cuartos, pero obliga a todos a reaccionar.

Eso es justamente lo que estamos empezando a ver. Las observaciones muestran que El Niño ya está activo y que no se trata solo de una mancha de agua cálida en el Pacífico. El océano y la atmósfera ya están respondiendo juntos: hay calentamiento sostenido en el Pacífico ecuatorial, cambios en los vientos y un acoplamiento fuerte entre la circulación oceánica y atmosférica. NOAA prevé que el fenómeno continúe fortaleciéndose durante el resto de 2026 y que persista hasta comienzos de 2027. Su pronóstico más reciente asigna una probabilidad de 81 por ciento a que alcance una categoría muy fuerte hacia finales del año.

El Niño no produce una sola clase de desorden. En México, por ejemplo, puede reducir las lluvias de verano en algunas regiones y favorecer más precipitación invernal en el noroeste. Tiende a dificultar la formación de ciclones tropicales en el Atlántico y a volver más favorable su desarrollo en el Pacífico oriental. Puede traducirse en presas con menos agua en un lugar y lluvias más intensas en otro. Puede sentirse en la pesca, en el precio de los alimentos, en la agricultura de temporal o en la tensión de una red eléctrica que trabaja al límite durante olas de calor. El mismo fenómeno que seca un cuarto puede inundar otro. Por eso la pregunta realmente importante no es solo qué tan fuerte será El Niño, sino qué casa encontrará cuando entre.

México ya tuvo una respuesta parcial a esa pregunta en 1998. El Niño de 1997-1998 fue uno de los más intensos del registro moderno y coincidió con una de las peores temporadas de incendios de nuestra historia reciente. Ese año se registraron 14,445 incendios forestales y 849,632 hectáreas afectadas, la mayor superficie quemada en una sola temporada en el país hasta entonces. Murieron 72 personas durante las labores de combate. Los números suelen citarse como prueba del poder del fenómeno, y lo son, pero también revelan otra cosa: la catástrofe no fue creada únicamente por el clima. El Niño cargó los dados; el desastre dependió además de la cantidad de combustible acumulado, del uso del suelo, de las fuentes de ignición, de la debilidad institucional y de las decisiones tomadas mucho antes de que apareciera la primera llama.

Ésa es, a mi juicio, la lección más importante. Cuando el niño hiperactivo entra en casa, el problema no es solo lo que él trae, sino el estado en que ya estaba la casa. Si había una llave floja, una maceta al borde de la mesa, una instalación eléctrica vieja o una puerta que no cerraba bien, su energía hará visibles esas fragilidades. El Niño no llega a un planeta vacío; llega a sociedades desiguales, a ciudades con infraestructura precaria, a sistemas alimentarios tensos, a presas mal gestionadas, a comunidades con acceso muy distinto a protección y recursos. Llega, además, a un mundo que ya hemos calentado.

Ahí se vuelve difícil separar del todo El Niño y cambio climático. No porque sean lo mismo. El Niño es un fenómeno natural que existe desde mucho antes de que nosotros comenzáramos a alterar la composición de la atmósfera. Pero ahora ocurre sobre un sistema ya más caliente. El niño entra en una casa donde alguien dejó prendida la calefacción durante décadas. Eso no cambia su identidad, pero sí modifica el contexto de sus movimientos. Lo que antes era un desorden difícil puede convertirse ahora en una prueba más dura para ecosistemas, ciudades y comunidades que ya venían bajo presión.

Por eso me importa tanto no pensar la adaptación solo como una colección de obras o dispositivos. Prepararnos para El Niño no consiste únicamente en tener más pronósticos, más alertas o más helicópteros para combatir incendios. También implica preguntarnos qué tan flexibles son nuestros sistemas humanos y qué tan empáticos somos al diseñarlos. La flexibilidad importa porque no todos los impactos pueden anticiparse con detalle. La empatía importa porque el mismo desorden no se vive igual en todas partes. Una familia con ahorros, seguro y aire acondicionado recibe de una manera un verano más caliente o una subida en el precio de ciertos alimentos; otra, sin agua suficiente, sin transporte seguro o sin margen económico, lo recibe de una manera mucho más brutal.

La historia del fuego en México ofrece un espejo incómodo de esa discusión. Después de temporadas graves como la de 1998, la reacción más obvia ha sido tratar toda llama como enemiga y a quienes históricamente la utilizaban como parte del problema. Sin embargo, en comunidades como Tziscao, Chiapas, existían personas conocidas como corredores de fuego: ancianos y expertos locales que sabían conducir una quema, observar el viento, preparar la guardarraya y decidir cuándo era posible utilizar el fuego sin que escapara hacia el bosque. No se trataba de romantizar la quema, sino de reconocer una especialización construida a través de experiencia, observación y responsabilidad colectiva. Cuando las políticas públicas excluyen de manera indiscriminada estos conocimientos, corren el riesgo de hacer exactamente lo que no deberíamos hacer cuando el niño entra en casa: quitarle las llaves a quienes mejor conocen las habitaciones.

No propongo volver acríticamente a toda práctica tradicional ni suponer que cualquier uso comunitario del fuego es necesariamente benigno. Las quemas mal manejadas pueden provocar daños muy serios. Lo que me interesa subrayar es algo distinto: los sistemas humanos se vuelven más flexibles cuando combinan conocimiento técnico, capacidad institucional y experiencia territorial, no cuando aplastan una de esas dimensiones en nombre de las otras. En años recientes, incluso instituciones mexicanas han comenzado a moverse hacia un manejo integral e intercultural del fuego, reconociendo que la prevención, la reducción de combustibles y la colaboración con comunidades forman parte de una respuesta más inteligente que la supresión pura y simple.

El Niño que se fortalece ahora pondrá a prueba exactamente eso. No solo la calidad de nuestros modelos, sino la plasticidad de nuestros sistemas. No solo la resistencia de las presas o de los cultivos, sino la capacidad de nuestras instituciones para cambiar a tiempo y la disposición de nuestras sociedades para proteger primero a quienes están más expuestos. No se trata únicamente de saber cuántos grados por encima de lo normal está una región del Pacífico, sino de preguntarnos qué comunidades verán alterada su pesca, qué productores resentirán primero una sequía, qué ciudades soportarán peor una lluvia extrema y quién tendrá margen para responder cuando suban los precios de la comida o falle la electricidad.

El niño ya está en la casa. No sabemos todavía cuántos cojines moverá, qué llave dejará abierta ni qué habitación exigirá más atención. Pero sí sabemos algo sobre la casa que encontrará: es una casa más caliente, más desigual y, en demasiados casos, más rígida de lo que debería ser. La diferencia entre una temporada difícil y un desastre mayor no dependerá solo de la energía que traiga El Niño. Dependerá también de si aprendimos a construir sistemas capaces de absorber el cambio sin romperse y, sobre todo, de si entendimos que prepararse no consiste en concentrar todas las llaves en pocas manos, sino en mantenerlas cerca de quienes realmente conocen la casa.

*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.

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