A los 86 años, Yvon Chouinard —que de chico fue criado en la fé católica y con el tiempo se acercó al budismo zen, aunque su única divinidad, si así puede llamarse, siempre fue la naturaleza— dice que cree en el karma. Por lo menos, en el suyo. Lo confiesa entre risas y, a modo de argumento, comparte una anécdota personal: “¡No te imaginas el buen karma que tengo! Por ejemplo, hace poco volaba desde el este de Canadá a Boston, y después tenía que seguir a Denver y de ahí a mi casa en Jackson Hole, Wyoming. Pero el primer vuelo salió con demora. Cuando llegué a Boston, el otro avión ya tendría que haber despegado. Igual, corrí y corrí hasta llegar a la puerta de embarque que, claro, estaba cerrada. Entonces veo a un tipo ahí, que me dice: ‘Sé quién eres. Aprecio todo lo que haces por el medio ambiente. Detuve el avión. Les dije que estabas viniendo. Buen vuelo’. Me dejó pasar y subí al avión, donde todos los pasajeros y la tripulación ya llevaban quince minutos esperándome para despegar. ¡Ese tipo sí que fue un ángel!”.

Yvon remata con una carcajada y sacude la cabeza, como si él mismo no terminara de creer lo que acaba de contar. El rigor periodístico, sin embargo, me obliga a llegar a otra conclusión: no se trata de “la” gran historia si tengo en cuenta que estoy frente a una de las leyendas vivas más relevantes del último siglo, un hombre con un bagaje incalculable de experiencias y hazañas increíbles, insólitas, extraordinarias.

Intentar resumir las casi nueve décadas de vida de Yvon Chouinard es una tarea prácticamente tan ardua como emular alguna de sus aventuras más extremas. Como escalador, fue capaz de inventarse rutas imposibles en montañas míticas; como surfista, tuvo la irreverencia de abandonar cualquier compromiso para perseguir una buena ola; como pescador con mosca, sigue obsesionado con alejarse del mundo conocido para perderse en soledades inmensas.

Yvon Chouinard
Yvon Chouinard

De ese impulso por adentrarse siempre un poco más en lo salvaje, surgió su propósito de vida: porque fue notando de primera mano cómo los glaciares retrocedían, cómo los bosques caían y cómo la fauna silvestre desaparecía que entendió, antes que la gran mayoría, que esa naturaleza que tanto amaba estaba en riesgo inminente. Y que había que defenderla a toda costa.

Por eso, cuando en 1973 fundó Patagonia, su marca de ropa y equipamiento outdoor, no solo creó una estética sino también una ética: puso la calidad del producto y la sustentabilidad del proceso en el corazón del negocio, convirtiéndose en una rara avis de la industria de la moda. Sus innovaciones cambiaron para siempre la forma de pensar y diseñar ropa para deportistas. Sus campañas de comunicación, radicalmente contraintuitivas, resultaron sorprendentemente efectivas. Por ejemplo, uno de los pocos anuncios pagos en toda la historia de la marca, publicado en The New York Times durante el Black Friday de 2011, rezaba “No compres esta chaqueta”. Fue un gesto que marcó un hito publicitario y que, paradójicamente, disparó las ventas.

North America Wall team
Royal Robbins, Yvon Chouinard, Tom Frost, and Chuck Pratt. The North America Wall Team. Créditos: Tom Frost.

El valor de las cosas

Con principios inquebrantables de base, Patagonia cimentó una comunidad de seguidores que no hizo más que crecer año tras año. En 2017, ese éxito llevó a que la revista Forbes valuara la compañía en US$ 3.000 millones, lo cual ubicó a Yvon, con 79 años, en la lista de las personas más ricas del mundo. La distinción, en su caso, no funcionó como coronación sino como condena. La odió desde el primer minuto: para una persona como él, que seguía viviendo en la misma casa que hace cuarenta años, decorada con muebles heredados o comprados en tiendas de segunda mano, el título de “multimillonario” era el peor de los insultos.

Yvon Chouinard
Yvon Chouinard

Y algo más. Estaba convencido, como dice la calcomanía que pegó en el parachoques de su viejo Toyota, de que “cada multimillonario es un fracaso de las políticas públicas”. Por eso, no pensaba convertirse en uno de ellos al final de su vida. Pero ¿qué podía hacer? ¿Vender Patagonia y donar todo ese dinero? Esa era la salida más obvia, sin embargo, ¿cómo se aseguraría de que los nuevos dueños mantendrían vivos los valores de la marca y cuidarían de sus casi tres mil empleados?

Después de un largo proceso de búsqueda de alternativas, dio con una totalmente inaudita. En 2022, anunció que donaba su empresa a un fideicomiso dedicado a proteger la naturaleza y combatir la crisis climática. A partir de entonces, todas las ganancias que no se reinvirtieran en el negocio se destinarían como dividendos a la protección del planeta. “Nuestro único accionista es la Tierra”, celebró, en un anuncio que se volvió viral en redes sociales y llegó a la tapa de los diarios internacionales.

Esa jugada sin precedentes borró a Yvon Chouinard del ranking de multimillonarios, pero lo llevó a otra lista: la de las cien personas más influyentes del mundo de la revista Time. Más importante aún, fue su singular manera de intentar reinventar el capitalismo. Luego de años de preguntarse qué hacer con su patrimonio y no dar ninguna salida que lo convenciera, había encontrado, una vez más, su propio modo de hacer las cosas.

“La vida es mucho más fácil si rompes las reglas que si intentas adaptarte. Esto aplica a todos los ámbitos. Por ejemplo, nunca quise competir en deportes, sino hacer cosas en las que pudiera competir conmigo mismo: kayak en aguas rápidas, escalada, pesca submarina, surf… siempre contra mí mismo. Inventa tu propio juego y siempre vas a poder ganar. Si tienes que jugar el juego de otro, pierdes”, dice, para explicar cómo fue que llegó a idear una nueva y revolucionaria estructura societaria que ya está inspirando a otros: decenas de personas con patrimonios de alto calibre se pronunciaron a favor de seguir sus pasos, entre ellos, el magnate y ex alcalde de Nueva York Michael Bloomberg.

Así las cosas, uno podría imaginar que Yvon, al fin, se permitió descansar y dormirse en los laureles. Todo lo contrario. “Lo que hacíamos hace veinte años ya no funciona. Los deportes cambiaron por completo. La gente anda en bici o surfea, pero con motor. Todo es electrónico. Los jóvenes no salen de casa: tienen el celular y eso les alcanza. Todo cambió. Y yo no quiero hacer ropa para jugar al pickleball (deporte de paleta que mezcla elementos del tenis, el ping-pong y el bádminton, poco exigente, que se volvió muy popular en Estados Unidos). Así que estoy trabajando más duro que en mucho tiempo. ¿Qué va a hacer Patagonia en el próximo medio siglo? Cada diez años, las empresas necesitan una revolución. Pero es como la selección natural: esa transformación profunda no pasa sin estrés de por medio. Así que eso es lo que estoy generando en Patagonia. Pero como no puedo cambiar todo de una vez, empecé por el área de pesca: volvimos a desarrollar producto por producto ¡y ahora es la categoría que más crece en ventas! La idea es replicar este proceso en todas las demás líneas”, se entusiasma.

El desafío es enorme, pero también lo es su motivación. Si ya antes su aporte era significativo (en 2002, Yvon cofundó 1% for the Planet, que alienta a las empresas a donar al menos el 1% de sus ventas anuales a organizaciones ambientales; Patagonia daba un 10%), ahora cada centavo que factura se destina a enfrentar la crisis climática y ecológica. Eso implica mucho dinero y, por ende, gran poder de cambio. En su primer reporte global de impacto, publicado en noviembre, la empresa reveló que, en los últimos tres años, destinó nada menos que US$ 180 millones a acciones ambientales, desde la protección de humedales hasta la defensa de comunidades afectadas por la contaminación del aire.

Yvon Chouinard en su juventud

En ese documento, titulado Trabajo en progreso, Yvon escribió una carta en la que, fiel a su estilo, no anduvo con rodeos: “Después de traspasar Patagonia en 2022, trabajé mucho más de lo que debería trabajar una persona de 86 años. Las amenazas sobre la salud del planeta van en aumento. Las crisis climática y de la naturaleza están empeorando y la verdad se diluye en un mar de mentiras y desinformación. Aunque volví a mis raíces diseñando y trabajando en la calidad de nuestros productos, veo que las cosas cambiaron. Siento una responsabilidad todavía más grande de ayudar a que la empresa tenga éxito y ofrecer una alternativa al modelo de capitalismo extractivo imperante. Y se siente más difícil que nunca”.

Los logros de Yvon Chouinard son numerosos y notables, pero hay uno que probablemente lo define mejor que ninguno: incluso cuando su lectura del mundo —precisa hasta la crudeza— bastaría para desanimar a cualquiera, él siempre eligió, y sigue eligiendo, estar en movimiento.

Génesis de una leyenda

Podría decirse que Yvon Chouinard aprendió a escalar antes que a caminar. Es que, siendo aún un bebé, sus padres hospedaban a un sacerdote en el piso de arriba de su casa, que le daba una cucharada de miel cada vez que lograba subir la escalera. Inducido por esa dulce recompensa, el pequeño Yvon conquistó una y otra vez aquella primera cumbre de madera.

Fue apenas el comienzo de una lista interminable de hazañas. Aprendió a surfear, a bucear en apnea, a entrenar halcones y a escalar rocas de granito antes de terminar la secundaria. La escuela era su terra incómoda: solo en el mar, en el bosque o en la montaña sentía que era verdaderamente él mismo, libre, feliz.

A los 16 años, ya pasaba sus vacaciones en soledad, en territorios salvajes y remotos. Dormía bajo las estrellas y, solo si llovía, usaba una vieja cortina de ducha como carpa improvisada. Se alimentaba de puercoespines y ardillas que él mismo cazaba o, por qué no, de latas de comida para gatos: en una ocasión, rumbo a internarse todo un verano en la montaña, las encontró en oferta en un supermercado —¡cinco centavos cada una!— y llenó su mochila con ellas. Se convirtió, lisa y llanamente, en un dirtbag: este término de tinte romántico, sin traducción exacta al español, se usaba por entonces en Estados Unidos para describir a una persona nómada, austera y completamente entregada a la montaña

Por su particular comportamiento, Yvon empezó a llamar la atención donde fuera: en las Rocallosas canadienses, en el valle de Yosemite, en la cordillera Teton. Pero no fue su excentricidad lo que lo puso en el centro de la escena del montañismo de su época, sino el hecho simple y evidente de que era un escalador excepcional; técnicamente impecable, fuerte y rápido, audaz pero nunca imprudente. Y, sobre todo, era un buscador incansable de la belleza natural, que defendía una ética de mínima intervención -dejar la roca intacta, evitando deformar la pared con pitones; escalar “como invitado”, es decir, con humildad-. Con el tiempo, esa reflexión instintiva suya se transformaría en una revolución con nombre y apellido: el clean climbing, o escalada limpia.

Yosemite en los 50. Créditos Robbins.
Yosemite en los 50. Créditos Robbins.

Influenciado por sus voraces lecturas de John Muir, Ralph Waldo Emerson y Henry David Thoreau, Yvon se lanzó a la escritura de ensayos. Sobre el clean climbing, elaboró: “Ya no podemos asumir que los recursos de la Tierra son ilimitados, que existen cordilleras de picos vírgenes extendiéndose sin fin más allá del horizonte. Las montañas son finitas y, a pesar de su apariencia imponente, son frágiles (…). El deterioro es doble: involucra tanto el aspecto físico de las montañas como la integridad moral de los escaladores (…) armados con dispositivos y técnicas cada vez más avanzados, el estilo de la escalada técnica se está degradando gradualmente, hasta el punto de que elementos vitales para la experiencia —la aventura y la apreciación del entorno montañoso— están quedando enterrados. El estilo de la ascensión, y no la conquista de la cumbre, es la medida del éxito personal (…) la clave es la simplicidad. Cuantos menos dispositivos se interpongan entre el escalador y la escalada, mayor será la posibilidad de alcanzar la comunicación deseada con uno mismo, y con la naturaleza”.

Esta filosofía, combinada con su talento como escalador, lo llevó a codearse con los mejores montañistas de su generación. Junto a figuras como Tom Frost, Royal Robbins o TM Herbert, fue el primero en abrir dos nuevas rutas en El Capitán, el mítico monolito de Yosemite. No obstante, su gran desafío llegaría cuando su amigo y también escalador Douglas Tompkins lo convenció de acompañarlo en una aventura que resultaría épica.

Una aventura extraordinaria

“En 1968, Doug me habló de la Patagonia. En ese momento, nadie sabía dónde quedaba. Cuando le preguntabas a alguien ‘¿dónde estuviste?’, y te respondía ‘en la Patagonia’, quería decir ‘por ahí, lejos, en cualquier parte’.  La Patagonia era como decir Timbuktú, o sea, un lugar remoto, desconocido. Doug me dijo: ‘Tienes que venir conmigo a la Patagonia. Es el lugar más increíble del mundo’. Y yo le contesté: ‘OK’”. Lo que sucedió después es bien conocido. Sin embargo, escuchar el relato de Yvon —aunque lo haya contado infinidad de veces— tiene algo irresistible. Y se nota que él también lo disfruta. No se percibe nostalgia en su voz, sino pura pasión y picardía, como si fuese un niño confesando una travesura en la que se salió con la suya.

Douglas Tompkins e Yvon Chouinard
Douglas Tompkins e Yvon Chouinard

“Dos semanas después, salimos. Compramos una camioneta vieja y manejamos todo el camino, que era de tierra, ni un kilómetro de pavimento, desde Ciudad de México hasta Punta Arenas. Tuvimos mil aventuras y surfeamos siempre que pudimos. Cuando llegamos a Chile, escalamos y esquiamos los volcanes Osorno y Yates. Después cruzamos a Argentina, aunque no teníamos el permiso correspondiente para entrar con el vehículo. ¡En la frontera, nos decían que había que pagar tres mil dólares! No teníamos ese dinero ni aunque vendiéramos la camioneta. Así que, en Puerto Montt, fuimos a una librería, compramos un sello de goma y elaboramos nuestro propio permiso. Nos costó tres dólares.”

Después de pasar algunas semanas en Bariloche, encararon hacia el destino final de su travesía de más de ocho mil kilómetros: el majestuoso Cerro Fitz Roy, que, a fines de los años sesenta, solo otras dos expediciones habían logrado conquistar. El francés Lionel Terray, miembro de la primera, había dicho tras el ascenso que “esta es la montaña que nunca quiero volver a escalar”. Es que el Fitz Roy presentaba una combinación implacable de factores. Por un lado, su roca extremadamente lisa y vertical, con pocas fisuras para asegurar el ascenso. Por otro, condiciones climáticas brutales, con vientos huracanados, cambios repentinos de temperatura y nubosidad constante.

80's Rick Ridgeway e Ivon celebrando su ascenso a Denali.
80’s Rick Ridgeway e Ivon celebrando su ascenso a Denali.

El ascenso de Yvon y compañía —además de Tompkins, formaban parte del temerario grupo Chris Jones, Dick Dorworth y Lito Tejada-Flores— fue documentado por ellos mismos con una cámara Bolex de 16 milímetros. Se convirtió en el imperdible film Montaña de tormentas (disponible en YouTube), que demuestra que la hazaña fue no solo una prueba de resistencia física, sino también mental y emocional.

Ivon Chounard y su collar de hexes. Créditos Tom Frost
Ivon Chounard y su collar de hexes. Créditos Tom Frost

Llegaron a pasar treinta y un días viviendo y durmiendo en una cueva de hielo, cerca de la cima, esperando que llegara el buen tiempo, alimentándose con raciones diluídas de sopa. Yvon cumplió los treinta años encerrado en esa cueva, sin hacer mucho más que leer el único libro que tenía consigo (El héroe de las mil caras, de Joseph Campbell) y afilar una y otra vez las puntas de sus botas. Finalmente, el 20 de diciembre de 1968, el cielo se despejó y los cinco amigos pudieron completar el tercer ascenso al Cerro Fitz Roy. Cuando llegaron a la cima, Yvon exclamó: “Bueno, ahora nos hemos ganado nuestra libertad por un buen rato”.

Sin embargo, aquella experiencia límite le dio a él algo más…una idea o, mejor dicho, una revelación. A merced de un frío implacable y del agua que se filtraba por cada mínima rendija —porque, cada vez que encendían el fuego, las paredes de la cueva “sudaban”, empapando sus sacos de dormir y su ropa—, tomó conciencia de lo peligrosa que puede ser la naturaleza cuando uno no cuenta con el equipamiento adecuado. Esa fue la chispa para crear Patagonia.

Para entonces, emprender no era algo nuevo para él. Nunca en su vida había tenido un trabajo formal, porque a los diecinueve años ya se había convertido en herrero autodidacta. Empezó fabricando pitones trepadores (las clavijas de metal clavadas en las rocas para asegurar las cuerdas y poder subir) en el patio de la casa de sus padres, que luego cargaba en el baúl de su auto y vendía por ahí. La calidad de sus pitones superaba con creces cualquier otra opción del mercado y el boca a boca empezó a crecer. Ese chico Chouinard sabía lo que hacía.

En el transcurso de pocos años, Yvon llegó a rediseñar y mejorar prácticamente todas las herramientas de escalada para hacerlas más resistentes, más livianas, más simples y más funcionales. Cuando decidió iniciar un nuevo negocio dedicado a la producción de indumentaria, lo hizo con el mismo espíritu. “Quería hacer ropa para surfear, esquiar, escalar, para todos los deportes al aire libre. Y me preguntaba: ¿cómo lo vamos a llamar? Lo llamé Patagonia porque quería hacer ropa para el Cabo de Hornos, para el Chaltén, para el Aconcagua y para las olas grandes de Chile”, recuerda.

Rick Ridgeway, Ivon Chouinard y Timmy Oneill. Créditos: Jimmy Chin
Rick Ridgeway, Ivon Chouinard y Timmy Oneill. Créditos: Jimmy Chin

El mismo hombre que, en su juventud, no necesitaba más de un dólar por día para arreglárselas terminó convirtiéndose en el dueño de una empresa con ventas anuales de US$ 1.000 millones y locales en todo el mundo, de San Francisco a Johannesburgo, de Buenos Aires a Tokio. “Nunca quise ser un hombre de negocios, pero lo he sido durante casi 60 años. Es tan difícil para mí decirlo como para alguien admitir ser alcohólico o abogado”, afirma con total seriedad. Pero aceptar finalmente esa identidad —y permitirse redirigir la fortuna que generó hacia las causas en las que creía— lo devolvió al lugar donde todo comenzó.

Regreso al origen

“Se preguntarán qué hago acá”, dice Yvon, micrófono en mano, frente a un centenar de invitados reunidos en el amplio jardín de Casa Frey, un paraíso verde poblado de rosales, peonías, arbustos y árboles, con vistas impactantes hacia el Lago Nahuel Huapi, en la ciudad argentina de Bariloche. La gente sonríe, ¿acaso hay algo más natural que encontrar al fundador de Patagonia en la Patagonia?

Yvon Chouinard
Créditos: Lucía Coronel.

Yvon se ve exultante, y motivos no le faltan: Casa Frey es la más reciente tienda de la marca, y han venido amigos y empleados de todas las latitudes para celebrar junto a él la inauguración oficial. “Se trata de nuestra tienda insignia a nivel mundial, la número uno del mundo”, anuncia con orgullo.

Casa Frey debe su nombre a Emilio Frey, topógrafo, explorador y ambientalista pionero de su época. Nacido a fines del siglo XIX en la provincia de Buenos Aires pero formado como ingeniero en Suiza, Frey regresó a su país natal para liderar expediciones por la entonces “terra incognita” de la Patagonia, con el objetivo de cartografiar el territorio y resolver las disputas fronterizas que existían entre Chile y Argentina. Tiempo después, eligió establecerse con su familia en Bariloche, donde llegó a ser el primer superintendente del flamante Parque Nacional Nahuel Huapi -cargo que le permitió establecer las pautas que marcarían la gestión de todos los parques nacionales del país- y cofundó el Club Andino Bariloche, el primer club alpino argentino.

Ahora convertida en local de Patagonia, Casa Frey viene a cerrar un círculo: se trata de la primera tienda de la marca en la región que inspiró su nombre. Por si fuera poco, Yvon quedó ligado a Frey desde su primera incursión por estas tierras. “En medio de nuestra travesía hacia el Fitz Roy, cuando cruzamos a Argentina desde Chile, Doug tuvo que volver unas semanas a Estados Unidos. El resto de nosotros nos quedamos esperándolo en Bariloche. Entonces, fuimos al Refugio Frey y escalamos todos los días. Claro que ahí yo no tenía idea de quién era Emilio Frey…”, confiesa, y continúa con un “fast forward” al presente. “Hace tiempo que quería tener una tienda en alguna parte del mundo que contara quiénes somos y mostrara los valores en los que creemos. Cuando supe que la casa de Frey estaba a la venta y que él fue uno de los primeros esquiadores y montañistas de Argentina, con un legado tan fuerte en la conservación y el amor por la naturaleza, no tuve ninguna duda. Su espíritu está en total sintonía con nuestra filosofía. Así que, ni bien vimos este lugar, dijimos: ‘Es acá’”.

Patagonia Casa Frey / Opening

Si bien la casa estaba en venta hace años, los descendientes de Frey no se encontraban dispuestos a entregarla a un nuevo dueño que quisiera demolerla. Por eso, cuando se enteraron de que Patagonia estaba buscando un espacio en Bariloche, se contactaron ellos mismos con la marca. El match fue instantáneo. “Pero el precio de venta era un poco más alto de lo que podíamos pagar. ¡Y ahí apareció de vuelta mi buen karma! La familia Frey conocía lo que hacemos y quiénes somos. Ellos sabían que no íbamos a tirar la casa abajo para hacer un edificio de vidrio moderno y sin sentido. Así que nos la vendieron a un muy buen precio y no pusieron otra condición más que tener mi palabra de honor de que la cuidaremos”, revela.

Durante meses, se llevó adelante un cuidadoso proceso de restauración para preservar el carácter histórico de la casona y respetar los materiales originales de construcción. Profesionales locales como carpinteros, artesanos y artistas utilizaron ciprés y alerce para reparar los daños estructurales y emplearon técnicas propias de la época para realizar el trabajo. Los objetos hallados durante el proceso —entre ellos, esquíes de madera y viejas fotografías de Frey y su familia— cuelgan ahora sobre la escalera principal de la casa, mientras que cartas y documentos se exhiben para que los visitantes puedan conocer la historia de su antiguo dueño. De alguna manera, esta tienda es también un museo. Y el homenaje continúa en el espacio exterior: los jardines del predio, en donde la esposa de Emilio Frey, María Rosa Schumacher, se abocaba al cuidado de flores y plantas con un esmero singular, también revivió gracias al meticuloso trabajo de paisajistas y jardineros.

“Tener una base perfecta como esta y poder restaurarla ha sido un sueño. Mi esposa Malinda siempre dice que nuestras tiendas deben ser un regalo para la comunidad en la que se instalan, y eso esperamos que sea este lugar”, anhela Yvon, y su deseo ya se está cumpliendo. A menos de un año desde su apertura, Casa Frey ha sido anfitriona de decenas de eventos y encuentros, desde ferias de productores orgánicos, proyecciones de películas a cielo abierto, clases de tópicos tan variados como yoga y fotografía de naturaleza, charlas con activistas y deportistas, y jornadas de reparación gratuita de prendas.

De la mano de Yvon, recorrer Casa Frey, detenerse en cada rincón y contemplar cada detalle, es una lección magistral de lo que significa “la forma Patagonia de hacer las cosas”: honrar la naturaleza, hacer solo lo necesario y hacerlo bien, y regenerar todo aquello que merece seguir existiendo, para dejar este lugar, la Tierra, nuestro hogar, mejor de como los encontramos.Yvon Chouinard

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