Las especies pirófitas o pirófilas, son especies vegetales a las que, como su etimología dice, les «gusta el fuego» (del griego pyrós, que significa “fuego”, y philia, que significa “amistad y afecto”). Esto se explica, básicamente, porque son capaces de soportar un incendio, lo que supone una ventaja en sitios y climas donde los incendios son recurrentes. 

Alerces en Parque Nacional Alerce Costero ©Diego Bravo Gómez
Alerces en Parque Nacional Alerce Costero ©Diego Bravo Gómez

Estas especies evolucionan junto al fuego, adaptándose a la dinámica de los incendios y siendo capaces de soportar grandes siniestros. Incluso, en muchos casos, se favorecen de la destrucción que trae consigo el fuego

En ese sentido, las especies pirófitas pueden manifestarse de diferentes formas. Están aquellas cuyas cortezas son muy gruesas y pueden soportar fuegos, mientras no sean catastróficos. Otras que están adaptadas para sobrevivir en ambientes afectados periódicamente por el fuego ya que sus raíces logran sobrevivir si el incendio no fue catastrófico. Desde ellas brotan nuevas plantas a los pocos días del evento. Asimismo, existen aquellas que tienen otras estrategias para protegerse del fuego, como producir o liberar semillas al momento del siniestro, o desarrollar semillas resistentes a las altas temperaturas, pudiendo volver a ocupar rápidamente el sitio quemado. Dentro de esta clase de pirófitas, además, podemos encontrar las propagadoras de incendios, que fomentan la agresividad de los incendios ya que estos favorecen su germinación, les permite eliminar a la competencia y les entrega nutrientes. 

Así lo indica Eduardo Peña, Doctor en Ciencias Forestales y académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción: “Las especies pirófitas tienen por lo menos tres características. Por ejemplo, es una especie pirófita aquella que tiene una corteza gruesa y que puede resistir la acción de fuego de mediana y baja intensidad, también es una especie pirófita aquella que después del incendio sus semillas pueden ocupar rápidamente el sitio, y también es una especie pirófita aquella cuya parte aérea puede morir durante el incendio, pero rebrota desde la base del tronco o desde las raíces”.

Araucaria araucana ©Javiera Zerene
Araucaria araucana ©Javiera Zerene

De esta forma, existen especies pirófitas que se favorecen de los incendios, e incluso, hay algunas que necesitan del fuego para que sus semillas puedan germinar. Estas son conocidas como pirófitas activas, Aquellas especies que son capaces de sobrevivir a los incendios, pero no se favorecen de ellos, son conocidas como pirófitas pasivas

“Las especies pirófitas también pueden ser aquellas que resisten al fuego, pero a estas les llaman pirófitas pasivas. En Chile hay especies pirófitas pasivas; es decir, que resisten el fuego porque pueden rebrotar o germinar tras el fuego, pero la frecuencia de estas especies es mucho más baja que en otros ecosistemas mediterráneos donde la flora está adaptada a fuegos naturales desde el Plioceno, aproximadamente (5,3 millones de años atrás). Luego están las pirófitas activas, que su dispersión o germinación se estimula con el fuego, y que, además pueden tener una alta inflamabilidad por acumular materia muerta en sus tejidos e incluso emitir compuestos volátiles inflamables (ej. Pinus radiata y eucaliptus). Es decir, son especies que favorecen que ocurra el fuego. Estas especies sí que son muy poco frecuentes en Chile y la mayoría son especies exóticas (Teline monspesulana, Ulex europaeus)”, agrega Susana Gómez-González, doctora en ciencias biológicas y académica del departamento de biología de la Universidad de Cádiz.

Lo cierto es que si bien en Chile existen especies pirófitas pasivas, estas no deben ser consideradas como «amantes o que les gusta el fuego». En este sentido, pueden resistirlo y, en algunos casos, regenerar después de un siniestro, pero no dependen de los incendios para reproducirse o persistir.

Quillay ©Amelia Ortúzar
Quillay ©Amelia Ortúzar

Un ejemplo de ello es el alerce (Fitzroya cupressoides) y la araucaria (Araucaria araucana), que poseen una corteza muy gruesa que les permite sobrevivir a los incendios; así como algunas especies del bosque esclerófilo y algunas especies del bosque Nothofagus. Eso sí, es necesario aclarar que el fuego no es beneficioso para las especies nativas. En este sentido, si bien alerces y araucarias -por ejemplo- pueden resistir incendios de hasta ciertas intensidades por su corteza, su persistencia no depende de estos incendios. Al contrario, los incendios pueden ser una gran amenaza para su conservación. Otra especie considerada como pirófita pasiva es la palma chilena (Jubaea chilensis).

Palma chilena (Jubaea chilensis) en Parque Nacional La Campana. Créditos: ©Tamara Núñez
Palma chilena (Jubaea chilensis) en Parque Nacional La Campana. Créditos: ©Tamara Núñez

Chile Central: el hermano raro de los climas mediterráneos

Las áreas geográficas con más especies pirófitas son aquellas con climas áridos y semiáridos, como el clima mediterráneo. Esto debido a que existen periodos estivales de altas temperaturas y baja humedad, lo que favorece la ocurrencia de incendios forestales. Por tanto, en estos climas van a existir muchas especies pirófitas, que con el tiempo han desarrollado un método adaptativo a estos fenómenos y han aprendido a sobrevivir a las inclemencias de estos siniestros. 

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Sin embargo, hay una gran diferencia entre Chile Central y las otras áreas geográficas donde existe clima mediterráneo en el mundo – la Cuenca Mediterránea, Sudáfrica, Australia y California -, y es que en nuestro país prácticamente no existen incendios forestales de origen natural. Según cifran de CONAF, el 99,7% de los incendios se inician ya sea por descuidos o negligencias en la manipulación de fuentes de calor, o por prácticas agrícolas o por intencionalidad, originada en motivaciones de distinto tipo, incluso la delictiva.

En cambio, en los otros ecosistemas mediterráneos del mundo existen de manera recurrente incendios forestales de origen natural, que además pueden ser predecidos producto de que siempre ocurren en las mismas condiciones. 

Espino (Acacia caven). Créditos: ©Martin del Rio
Espino (Acacia caven). Créditos: ©Martin del Rio

“La diferencia que tiene Chile respecto a los otros ecosistemas mediterráneo es la historia de fuego. En los otros ecosistemas mediterráneos ha habido incendios naturales recurrentes durante los últimos 4 o 5 millones de años y esto ha generado adaptaciones en la flora, por esta presión ambiental que es recurrente, y que además es predecible, porque ocurre durante los veranos. La característica del ecosistema mediterráneo es que tiene una sequía estival muy marcada, donde se seca la vegetación y es más propensa de incendio, pero para que haya un incendio tú tienes que tener una fuente de ignición y en esos ecosistemas históricamente ha habido incendios naturales asociados a tormentas secas y tormentas eléctricas que han sido más frecuentes. Chile central tiene clima mediterráneo pero por determinadas características como la elevación de la Cordillera de los Andes y la corriente de Humboldt, que es muy fría, no tiene tormentas convectivas tan frecuentes al finalizar el verano como en otros ecosistemas mediterráneos. Sí se cree que en el Mioceno, hace como 23 millones de años, que no estaba la Cordillera de los Andes elevada, si podrían haber habido muchos incendios y quizá ese rebrote que tienen algunas especies leñosas podría venir de adaptaciones muy muy pasadas, pero eso es una hipótesis, no lo sabemos bien”, agrega la Dra. Gómez-González, quien además es investigadora asociada de la Líneas de Servicios Ecosistémicos del CR(2).

Lo cierto es que las adaptaciones se dan cuando las especies se ven expuestas a disturbios o alteraciones frecuentes, que hacen que la planta se vea obligada a desarrollar estrategias para poder sobrevivir.  Por ello, es muy entendible que en los ecosistemas  que tienen incendios naturales recurrentes existan especies que amen el fuego. Sin embargo, este no es el caso de Chile, por lo que la resiliencia que puedan tener nuestras especies pirófitas no tiene mucho que ver con una historia de fuego, al menos no reciente. Y lo cierto es que existen varias teorías, pero aún no se sabe a ciencia cierta a que se deben estas adaptaciones. Hay quienes creen que se debe a la época volcánica, otros que es una adaptación a eventos de sequía, a las heladas, a regímenes de fuego anteriores o a todas las anteriores, pero lo cierto es que la interrogante aún no tiene una respuesta.

Alerces. Parque Nacional Hornopirén - bosque templado del Sur. Créditos: ©Guy Wenborne
Alerces. Parque Nacional Hornopirén – bosque templado del Sur. Créditos: ©Guy Wenborne

“Las adaptaciones se dan cuando hay lo que nosotros llamamos disturbios o alteraciones frecuentes, que hacen de que la planta tenga que desarrollar estrategias para seguir presente en el sitio. En la zona mediterránea tradicional, por ejemplo, si consideramos la zona mediterránea de California, de España o de Sudáfrica, allí son frecuentes los incendios naturales cada 30, 35 o 50 años, y claro, las especies tienen que adaptarse para esa condición. En el caso de Chile se dice que las especies tienen una buena respuesta ante los incendios porque, por ejemplo, después del incendio de 2017 aquí en la zona de Concepción, estudiamos la respuesta del bosque nativo post incendio, y de 46 especies nativas que habían en los bosques caducifolios de Concepción, todas rebrotaron. En ese sentido, el profesor Donoso de la Universidad Austral decía que esa gran capacidad regenerativa que tenían nuestras especies mediterráneas, más que una reacción al fuego, era una redacción por heladas. Y tenía el mismo efecto, se moría la parte aérea, pero la planta respondía rebrotando”, puntualiza el académico de la Universidad de Concepción.

Por otro lado, es importante mencionar que, si bien las especies pirófitas de Chile son capaces de rebrotar luego de un incendio, si estos eventos son muy frecuentes la planta terminara muriendo. “El fuego, generalmente, es un elemento negativo para la conservación de la biodiversidad, porque la mayoría de las especies leñosas no tienen semillas que soporten las altas temperaturas. Muchas de ellas rebrotan, pero tras incendios frecuentes, terminan muriendo. Y también favorece la invasión de especies exóticas más adaptadas a fuegos (ejemplo las que provienen de la Cuenca Mediterránea, Sudáfrica, Australia o California)”, agrega la académica de la Universidad de Cádiz. 

Araucaria (araucaria araucana). Créditos: ©Javiera Zerene
Araucaria (araucaria araucana). Créditos: ©Javiera Zerene

Las especies pirófitas exóticas y su relación con el fuego

Muchas veces cuando pensamos en especies pirófitas se nos vienen a la mente las grandes plantaciones forestales que llenan de monocultivos de pinos y eucaliptos diferentes zonas de nuestro país. Y eso se debe a que normalmente suele relacionarse a las especies pirófitas con especies altamente inflamables y que producen un fuego explosivo, lo que muchas veces provoca que las miremos con desconfianza y malos ojos. Pero la explosividad es solo un componente de la inflamabilidad que pueda tener una especie y las especies pirófitas son más que solo inflamabilidad.

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Como señala el Dr. Peña: “La inflamabilidad también tiene varios componentes, por ejemplo, el primer componente de la inflamabilidad es el tiempo que demora en encenderse un material como las vesículas de pino, después está el tiempo que va a permanecer ardiendo y después está la explosividad de ese proceso. Y claro, como en los casos del pino y el eucalipto, efectivamente pueden ser bastante explosivos producto de los aceites esenciales que tienen, pero también algunas especies nativas como el boldo son altamente explosivas. Entonces el concepto de inflamabilidad es mayor que solamente la explosividad y las especies introducidas no son las únicas altamente inflamables”. 

En ese sentido, una especie pirófita no es aquella que arde fácil y descontroladamente. Sino que todas las especies arden sometidas a una fuente de radiación constante y elevada. Entonces, sería erróneo culpar a las especies pirófitas exóticas de los incendios forestales que ocurren con frecuencia durante los veranos en Chile, ya que estos están dados por muchos otros factores que van más allá de la inflamabilidad de las especies.

Eucaliptos. Créditos: ©Matías Guerrero
Eucaliptos. Créditos: ©Matías Guerrero

Si bien, cuando hay grandes extensiones de especies pirófitas plantadas, la frecuencia de incendios suele incrementarse, y está comprobado que tanto los pinos como los eucaliptus arden con más facilidad. Sin embargo, el riesgo de incendio está dado más por la homogeneidad del paisaje, que por la presencia de especies exóticas. 

“En el caso de algunas especies exóticas y sobre todo las especies de las plantaciones forestales, tenemos muchas especies pirófitas que germinan muy bien después del fuego y además presentan una gran inflamabilidad en sus tejidos, como el pino radiata, que es una de las plantaciones más abundantes en Chile y es una especie pirófita propagadora de fuego, que requiere fuego para su dispersión. Lo mismo ocurre con los eucaliptos que vienen de Australia, que es el ecosistema más inflamable del mundo. En ese sentido, el problema, en materia de incendios, no es cuál especie es más inflamable o propensa al fuego. El riesgo no viene dado solo por la inflamabilidad de las especies, el problema es la distribución que tienen en el paisaje. Los mega incendios solamente ocurren cuando hay una distribución muy homogénea del paisaje y más cuando son especies inflamables”, señala la Dra. Gómez-González.  

Por otro lado, un elemento que hay que tener en cuenta al momento de la ocurrencia de un incendio es el ingreso de especies invasoras a los sectores quemados, ya que muchas de estas vienen de ambientes mediterráneos más propensos al fuego, por lo que tienden a asentarse mejor en un territorio quemado y terminan ahogando a muchas de nuestras especies nativas. 

Bosque de pinos (Referencial). Créditos: pxhere.com
Bosque de pinos (Referencial). Créditos: pxhere.com

“Los ecosistemas chilenos son muy propensos a tener plantas invasoras después de los incendios ya que, como la especie nativa resisten, pero muy poco, las especies invasoras, que la mayoría proceden de la cuenca mediterránea, tienen una oportunidad para llegar y eso hace que se degrade el ecosistema. Entonces una importante acción de manejo es limitar la entrada de especies invasoras después de un incendio. Después de un incendio en un ecosistema nativo, lo que hay que hacer es esperar a que se regenere de forma natural, hacer monitoreos de las especies que están recolonizando el lugar y eliminar las especies invasoras. Y si es necesario, sembrar o plantar especies nativas que sean más vulnerables al fuego. La palma chilena, por ejemplo, resiste bastante bien y puede rebrotar luego del fuego. Pero igualmente una proporción de la población de palmas puede morir y quizá es necesario hacer alguna medida de restauración”, finaliza la investigadora.

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