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Petroglifos y biodiversidad: Descubriendo el fascinante valle de Chalinga en el Choapa
El Valle de Chalinga, en el corazón del Choapa, es un territorio donde el paisaje natural y la memoria humana se entrelazan desde hace miles de años. Con cerca de 170 sitios arqueológicos y una de las mayores concentraciones de arte rupestre de Chile, el valle da cuenta de una ocupación humana prolongada y diversa. Ríos, cerros y quebradas no solo sostuvieron la vida en un entorno semiárido, sino que también fueron cargados de sentido simbólico por distintas culturas a lo largo del tiempo. Hoy, Chalinga destaca por su riqueza patrimonial, su biodiversidad y sus relatos, como un paisaje que invita a ser recorrido con atención, lejos de la prisa y del turismo masivo.
Al amanecer, cuando la luz comienza a deslizarse entre los cerros y el río Choapa avanza silencioso entre vegas y quebradas, el Valle de Chalinga parece suspendido en un tiempo propio. No es un lugar que se imponga de inmediato: se revela de a poco, en los colores de la tierra, en los senderos que se internan en los faldeos y en los relatos que aún circulan entre quienes lo habitan. Aquí, el paisaje y la memoria se entrelazan, dando forma a un territorio donde la naturaleza, la historia y el imaginario cultural conviven de manera inseparable.
Ubicado en el corazón de la provincia del Choapa, en la Región de Coquimbo, el Valle de Chalinga ha sido históricamente un espacio de tránsito, asentamiento y encuentro. Mucho antes de la llegada de los españoles, este territorio fue ocupado de manera sistemática por comunidades prehispánicas que supieron leer el entorno, aprovechar sus recursos y construir una relación profunda —material y simbólica— con el paisaje.
Hoy, Chalinga no solo destaca por su belleza escénica y su biodiversidad, sino también por la profundidad de su patrimonio cultural. Senderos cordilleranos, vestigios arqueológicos (cerca de 170 sitios arqueológicos), cursos de agua y cerros cargados de relatos conforman un paisaje que invita a ser recorrido con atención, lejos de la prisa y del turismo masivo.


El Valle de Chalinga: Geografía, origen e historia
El Valle de Chalinga se abre paso siguiendo el curso del río del mismo nombre, que nace en la Cordillera de los Andes y desemboca en el río Choapa. En medio del paisaje semiárido del Norte Chico, este valle aparece como una franja de agua y verdor que contrasta con los cerros secos que lo rodean.
Su geografía, marcada por terrazas fluviales, quebradas cordilleranas y cerros de mediana altura, ofreció desde temprano condiciones favorables para la vida humana. El acceso permanente al agua, la posibilidad de cultivar y la existencia de rutas naturales de circulación convirtieron al valle en un lugar estratégico para el asentamiento y la comunicación entre distintos territorios del Choapa.
«El valle de Chalinga es un valle interior de la provincia de Choapa, menos conocido que otros como Illapel, pero extraordinariamente significativo desde el punto de vista histórico y cultural. Es un territorio marcado por un río de curso más bien irregular, cerros escarpados y numerosas quebradas, lo que le da un carácter más áspero y fragmentado, lo que sin duda le entrega una belleza escénica bien particular, que contrasta bastante con otros valles de la región», señala Felipe Armstrong, jefe de Curaduría del Museo Chileno de Arte Precolombino y arqueólogo que ha trabajado en la zona.

«Su relevancia radica en que concentra una gran cantidad de evidencias arqueológicas —en especial arte rupestre— que permiten construir una historia de ocupación humana muy larga, diversa y poco lineal. Chalinga ha sido un espacio activamente habitado, recorrido y significado por distintas comunidades a lo largo de miles de años. El cuantioso arte rupestre de este valle es evidencia de vínculos históricos entre los seres humanos y ese paisaje», añade.
La ocupación humana del territorio que hoy comprende el Valle de Chalinga se inscribe en una larga historia de uso y significación del espacio, evidenciada, entre otros aspectos, por la producción de arte rupestre en la Región de Coquimbo desde al menos el 2.000 a. C. hasta los tiempos de la Colonia. A lo largo de este extenso período, los grupos humanos que habitaron la zona desarrollaron diversas formas de expresión gráfica, cuyos diseños, técnicas y emplazamientos fueron cambiando en función de contextos sociales, culturales e históricos específicos.
Hacia el 200 d.C., el valle comenzó a ser ocupado de manera más densa por comunidades de tradición alfarera, particularmente durante el Período Alfarero Temprano (200 a.C.–1000 d.C.), cuando los asentamientos se concentraron en las tierras altas con fines habitacionales, mientras que las terrazas fluviales y sectores bajos se destinaron a actividades específicas, como la explotación de madera, aprovechando la cercanía a los cursos de agua. En este mismo período se consolidó también la elaboración de herramientas de piedra a partir de materias primas locales, como basalto, andesita y granito, reflejando un conocimiento detallado del entorno y sus recursos.


«Es una de las cuencas en la provincia del Choapa que ha tenido más ocupación, junto con el río Choapa y el río Illapel, de habitantes originarios, habitantes prehispánicos. Esa es una de las cosas. También, el río Chalinga es muy importante hablando del flujo de agua en tiempos más antiguos. Es uno de los ríos que alimenta también el río Choapa, junto con el río Illapel. El valle de Chalinga se encuentra al norte de la provincia del Choapa, y la provincia del Choapa se encuentra al sur de la Región de Coquimbo. Entonces, este valle y el río de Chalinga nacen como a los 3.000-2.500 metros de altura de la Cordillera de Chalinga», indica Jorge Sebastián Hernández, fundador de la ONG Petroglifos del Choapa Chile (@petroglifoschoapa_conservacion).
«Los primeros habitantes de acá fueron cazadores recolectores. Eran bandas que recorrían más que nada siguiendo a los animales, los guanacos. Y lo otro, recolectaban diferentes plantas para su uso, para alimentación. De hecho, se sabe que comían flores. También para la parte medicinal, el uso de plantas. Se han encontrado vestigios de algunas piezas Huentelauquén, piedras horadadas. También se han encontrado piedras agujereadas y algunas puntas de flechas, que son típicas de la cultura Huentelauquén. Es una cultura milenaria, donde también se encontró el Hombre de los Vilos, el esqueleto más antiguo de Chile. Entonces, eso te habla mucho de la ocupación que ha tenido Choapa, porque era una ocupación milenaria», añade.


En este sentido, hacia el Período Intermedio Tardío (1000–1500 d.C.), pequeños grupos diaguitas se establecieron de manera más dispersa en las terrazas fluviales. La ocupación del valle tuvo entonces un carácter estratégico, orientado a la comunicación con valles aledaños más que a un poblamiento intensivo. En este contexto aumentó el acceso a materias primas no locales, como rocas silíceas, producto del contacto con el Imperio inca, que integró el territorio a una red más amplia de intercambio y circulación.
«Pasando ya al período alfarero temprano, que se habla como de 400-500 años antes de Cristo, o 200 después de Cristo dependiendo del texto. Pero lo que podemos mencionar es que el Valle de Chalinga es una frontera territorial, entre el sur-sur y el norte-norte. Entonces, de las culturas que se sabe que habitaban en los primeros períodos del siglo temprano, es la cultura Molle, hacia el norte, y la cultura Llolleo hacia el sur. Era una frontera cultural, donde se juntaban estos pueblos, incluso, más al sur con los mapuches», comenta Hernández.
«Lo que se ha encontrado de estos grupos Molle ha sido cerámica y puntas de flecha. Bueno, la cerámica Molle era muy característica, porque era bien negra, era bien cocida, la cocían bien, y de boca angosta. Se denomina cerámica monocroma, o sea, la cerámica de los primeros pueblos no tenía más colores que uno. Eran negras o eran rojas. Y, la otra característica importante de estos pueblos, es que tenían tembeta. Eso es algo muy interesante, alucinante, porque esa como deformación que ocupaban viene de la selva amazónica», agrega.

Durante el Período Incaico (1400–1600 d.C.), la utilización del espacio en Chalinga combinó funciones prácticas de tránsito y comunicación con un fuerte componente simbólico y ceremonial. En el curso superior del río se emplazó un importante cementerio, lo que da cuenta del valor ritual que adquirió el territorio en esta etapa. A diferencia de otros valles del Norte Chico, la presencia incaica en Chalinga fue acotada, ya que el imperio privilegió asentamientos en zonas con mejores condiciones agrícolas y mayor conectividad con sus centros administrativos.
Antes y durante estos períodos, el valle fue escenario de una intensa construcción simbólica del paisaje. El arte rupestre, particularmente abundante en Chalinga, comenzó a desarrollarse desde el Período Alfarero Temprano como parte de un proceso de “monumentalización del paisaje”. Petroglifos con motivos geométricos, antropomorfos y zoomorfos se distribuyen en bordes de cerros, quebradas y rutas naturales, generalmente asociados a cursos de agua y puntos de dominio visual del territorio. Estas manifestaciones no solo marcan presencia humana, sino que expresan una forma de habitar el espacio donde lo cotidiano y lo espiritual se encuentran.

«El arte rupestre se clasifica en figurativo y no figurativo. Figurativo viene de la palabra figura, por lo que encontramos animales, personas, símbolos, escenas de pastoreo, y lo otro que es bien importante son las máscaras. En lo no figurativo podemos encontrar líneas de diferentes formas. Después, el último gran cambio que hubo con el arte precolombino, con la llegada del Inca, podemos encontrar símbolos de poder inca, cuadrados de lado oscuro, el tumi, que es un cuchillo sagrado», afirma Hernández.
«Hubo una proliferación con la llegada del pueblo Diaguita. De hecho, acá en la Región de Coquimbo, de acuerdo con lo último investigado por arqueólogos importantes que estudian la Región de Coquimbo, se habla de 5.300 bloques de arte rupestre. Entonces, la Región de Coquimbo es la región que tiene más arte rupestre de todo Chile, siendo Choapa la que más tiene dentro de las provincias», agrega.
Los grupos diaguitas, cuya presencia en Chalinga fue relativamente tardía y limitada en comparación con otros valles como Illapel, dejaron huellas claras en el registro arqueológico. Sus ocupaciones, verificadas principalmente en sitios domésticos y funerarios, datan aproximadamente del año 1000 d.C. Entre sus rasgos más distintivos se encuentran la cerámica finamente decorada en rojo, blanco y negro, el desarrollo de la metalurgia del cobre —con la fabricación de aros, pinzas y cinceles— y el tallado de instrumentos de hueso, como espátulas y cucharas. La menor intensidad de ocupación en Chalinga se explicaría por su mayor altura y el escaso desarrollo de terrazas fluviales aptas para la agricultura.

«A diferencia de otros valles del Choapa, la presencia de poblaciones agrícolas más tardías —como las asociadas a la cultura Diaguita— parece haber sido más acotada y localizada, sin borrar completamente las tradiciones previas. Esto hace de Chalinga un caso muy interesante para entender procesos de convivencia, superposición y continuidad cultural antes de la llegada de los españoles. Es interesante pensar que en ese valle pudieron convivir pueblos tan distintos», explica Armstrong.
«El valle de Chalinga destaca especialmente por su arte rupestre: petroglifos grabados en rocas, con una gran variedad de diseños geométricos, figuras y composiciones complejas, parte de sistemas visuales con reglas, repeticiones y variaciones que reflejan formas de pensar el mundo, el cuerpo y el territorio. Varios colegas arqueólogas y arqueólogos han trabajado en este valle, atraídos por la riqueza visual con la que se marcó el paisaje por cientos de años. Junto a esto, hay evidencias de cerámica, instrumentos líticos y otros restos que permiten conocer aspectos de la vida doméstica, las tecnologías, las formas de movilidad y las relaciones entre distintos grupos humanos. En conjunto, estos materiales muestran comunidades con una fuerte relación con el paisaje y con una larga memoria territorial», añade.

En sitios como Loma El Arenal, ubicados en la parte alta del río y al pie de cerros de baja altura, pequeños grupos diaguitas construyeron viviendas y enterraron a sus muertos. Los espacios funerarios contenían ofrendas cuidadosamente dispuestas, entre ellas vasijas cerámicas ubicadas cerca de la cabeza, brazos y pies, además de instrumentos de hueso y piedra, evidenciando complejas prácticas rituales asociadas a la muerte.
Otro sitio de especial relevancia es la Quebrada El Tomé, un espacio de carácter sagrado cuya ocupación fue mínima debido a sus condiciones poco aptas para el asentamiento permanente. Allí se concentran materiales cerámicos de época incaica y una notable cantidad de piedras grabadas con arte rupestre. La presencia de una pequeña cascada y un ojo de agua refuerza su carácter simbólico, ya que estos elementos naturales tenían un alto contenido mitológico en la cosmovisión andina.
«La geografía ha sido clave. El río, las quebradas y los cerros no solo ofrecían recursos, sino también rutas de desplazamiento, puntos de encuentro y lugares significativos. Muchos sitios arqueológicos —especialmente los de arte rupestre— se ubican en sectores estratégicos del paisaje, visibles desde rutas naturales o asociados a zonas de tránsito. Esto sugiere que el valle se organizó fundamentalmente a partir de recorridos, estancias temporales y usos reiterados del espacio. Este vínculo entre arte rupestre y movilidad se ha visto en otros valles de la región de Coquimbo, como lo muestran los trabajos del equipo liderado por Andrés Troncoso y del que tengo la fortuna de ser parte», apunta Armstrong.



Tras la llegada de los españoles en el siglo XVI, el valle fue reorganizado bajo nuevas lógicas productivas, principalmente ligadas a la ganadería y a la conformación de grandes propiedades rurales. Aunque muchos espacios de importancia para las comunidades indígenas perdieron visibilidad, sus huellas materiales y simbólicas continuaron formando parte del paisaje y de la memoria local.
En la actualidad, el Valle de Chalinga es un territorio donde conviven distintas capas de tiempo. La vida rural actual se superpone con vestigios prehispánicos y con una historia colonial que aún marca el paisaje. Esa continuidad, perceptible tanto en las rocas grabadas como en los relatos locales, es parte esencial de la identidad del valle y de su valor cultural.
Biodiversidad, naturaleza y senderos del valle
El Valle de Chalinga es un territorio donde la vida se organiza en torno al agua. En medio del paisaje semiárido de la Región de Coquimbo, el río Chalinga y sus afluentes permiten la existencia de un sistema ecológico diverso, que contrasta con la aridez de los cerros y planicies que lo rodean. Este equilibrio entre escasez y abundancia ha definido tanto la biodiversidad del valle como las formas de habitarlo a lo largo del tiempo.
En el área se ha documentado una alta diversidad biológica. La flora está representada por un conjunto de plantas vasculares, entre las cuales se identifican 48 especies endémicas y 42 especies nativas. En cuanto a la fauna, se ha registrado la presencia de vertebrados nativos, con un predominio de aves (49 especies), junto a 6 especies de reptiles, 2 de anfibios y 3 de mamíferos. Cabe destacar que tanto los reptiles como los anfibios presentan elevados niveles de endemismo, lo que refuerza el valor ecológico del territorio.

La vegetación responde a las condiciones propias del Norte Chico, con especies adaptadas a largos periodos de sequía y a suelos de baja humedad. En las zonas ribereñas aparecen algarrobos, chañares, espinos y otras especies nativas que históricamente fueron utilizadas como fuente de alimento, leña y refugio. Estas plantas, además, jugaron un rol clave en la dieta de las poblaciones prehispánicas, junto con el aprovechamiento de frutos silvestres y el cultivo limitado de especies como la quinoa, detectada en contextos habitacionales y funerarios diaguitas.
La fauna del valle también refleja esta adaptación al entorno. El guanaco fue un elemento central en la alimentación prehispánica, aportando carne, cuero y huesos para la confección de artefactos. En períodos posteriores se sumó la captura de aves pequeñas y roedores como la chinchilla, así como la caza del zorro chilla. Hoy, el valle alberga una rica avifauna, además de pequeños mamíferos, reptiles y anfibios que encuentran refugio en quebradas, vegas y bordes de río.

«Si hablamos de la naturaleza de Poza Azul, podríamos hablar de, por ejemplo, bosque esclerófilo y matorral. Hay mucho litre, espino, quillay, canelos. En el Valle de Chalinga se encuentra un bosque relicto de canelo. Muy inusual, porque no hay canelos tan al norte de Chile, aunque en el sur hay mucho. No deja de ser, porque el canelo tenía todo trasfondo espiritual para los pueblos ancestrales», señala Hernández.
«Se habla de más de 32 especies de diferentes plantas y animales. Por ejemplo, está el sapito de Atacama. Hay mucho lagarto, anfibios, mamíferos. A todo esto, Manquehue significa nido de cóndores. Entonces, en esta gran pared, que es la Raja de Manquehua, en la cima hay cóndores», agrega.
En este sentido, un hito reciente en la protección de esta riqueza natural fue la declaración del Santuario de la Naturaleza Raja de Manquehua y Poza Azul, ubicado en el Valle de Chalinga, en la comuna de Salamanca. Esta área protegida reconoce el alto valor ecológico, geológico y paisajístico del territorio, resguardando un espacio donde convergen formaciones rocosas singulares, cursos de agua permanentes y hábitats fundamentales para la flora y fauna local.




Poza Azul, uno de los puntos más emblemáticos del valle, se ha convertido en un símbolo de esta relación entre agua y paisaje. Alimentada por deshielos cordilleranos, su caída de agua crea un entorno de alto valor ambiental y escénico, además de funcionar como refugio para diversas especies. La Raja de Manquehua, por su parte, destaca por su particular geología y su paisaje abrupto, estrechamente ligado a la identidad del valle, formando parte de una estructura llamada Falla Manquehua, que se extiende por más de 50 km.
«En el 2018 se denominó Santuario de la Naturaleza Raja de Manquehua, que es un lugar que tiene características geológicas particulares, de biodiversidad, y también ancestral. Ahí está la Poza Azul. La Raja de Manquehua, que es una pared gigante, que alcanza como los 2.300 metros de altura, donde se hace como un microclima, como una especie de gran cerro isla. En ese lugar se encuentran diferentes especies de flora y fauna, algunas que son endémicas. También hay harto arte rupestre en esa parte. En Poza Azul hay bastante arte rupestre de diferentes comunidades, que es como una línea de tiempo de ocupación. Se pueden ver diferentes manifestaciones de diferentes tiempos», comenta Hernández.
Finalmente, los senderos que recorren Chalinga siguen muchas veces antiguas rutas de tránsito humano, utilizadas históricamente para el pastoreo, la recolección y el desplazamiento entre sectores del valle. Hoy, estos caminos permiten una aproximación directa a la biodiversidad y al paisaje cultural del territorio, ofreciendo una experiencia de turismo de naturaleza de bajo impacto, basada en la observación y el respeto por los ciclos naturales.


Mitos y leyendas del Valle de Chalinga
El Valle de Chalinga no solo se recorre con los pies: también se transita a través de relatos. Cerros, quebradas, cuevas y cursos de agua han sido, por generaciones, espacios donde el paisaje se carga de sentido simbólico. En este territorio, la naturaleza ha sido entendida como un espacio vivo, habitado por memorias, presencias y fuerzas que exceden lo visible.
«Estos relatos tienen un enorme valor cultural porque expresan una relación viva con el territorio. Las leyendas y mitos locales son por lo general formas de explicar, transmitir y cuidar lugares específicos del paisaje, anclando la memoria», afirma Armstrong.
«Muchas veces, esos relatos se asocian precisamente a espacios donde también hay evidencias arqueológicas, lo que propone continuidades en la forma de otorgar significado a lugares específicos del paisaje. De alguna forma es información sobre la densidad de capas de sentido que tiene el paisaje, memorias que, aunque transformadas, mantienen una profunda conexión con el territorio», añade.

Las leyendas del valle se inscriben en una tradición oral que mezcla elementos indígenas, coloniales y campesinos. Relatos sobre cuevas, espacios ocultos y lugares de poder dialogan con sitios arqueológicos de uso ceremonial, como la Quebrada El Tomé, reforzando la idea de ciertos espacios como umbrales entre distintos mundos. En este contexto aparece la figura de la Salamanca, entendida no como un lugar fijo, sino como una manifestación del paisaje, asociada a cerros, quebradas profundas o sectores de difícil acceso.
Las historias hablan de fiestas nocturnas, aprendizajes prohibidos y pactos que otorgan habilidades especiales, siempre a cambio de un riesgo. Un motivo recurrente señala que quienes acceden a estos espacios no pueden llevarse nada consigo: los bienes pierden su valor fuera de ese mundo, recordando que el conocimiento obtenido allí no puede ser utilizado sin consecuencias.
«A Salamanca le dicen la cueva de los brujos. Eso ya dice mucho. Hay unas Salamancas que están en Argentina o las que están en España, que son como un lugar de sanación. Lo que se sabe, es que había mucho chamanismo. Por eso también existe tanto arte rupestre, porque en el arte rupestre se ven muchas situaciones chamánicas: hombres vestidos con ropas de jaguares. Entonces, estas personas practicaban mucho la medicina. La medicina para cosas espirituales y también para cosas de salud. Por lo mismo, cuando llegaron los españoles y vieron a toda esta gente que se comportaba de esa forma, ellos a todo ese tipo de manifestaciones le llamaron brujería. Por eso es probable que el nombre de cueva de brujos tenga un origen ancestral», relata Hernández.

«El tema de la Raja de Manquehua es bien particular, porque la peregrinación que supuestamente hacían los brujos, la hacían a fines de junio, que justamente es el año nuevo indígena. Entonces, probablemente también los indígenas hacían peregrinaciones. Bueno, lo que se dice es que se ven son antorchas. Yo también las vi cuando era chico. Como a medio cerro, un lugar donde es muy difícil que ande alguien. No sé cómo explicarlo, como una corrida de luces. Mucha gente ha visto esa manifestación extraña en la noche de San Juan», agrega.
Otros relatos mencionan la capacidad de transformación de ciertos personajes, asociados a saberes considerados peligrosos o ambiguos. Estas narraciones reflejan tensiones históricas en el mundo rural, donde los mitos funcionaron como formas de explicar el poder, la enfermedad, la fortuna o la desgracia.
Hoy, aunque muchas de estas historias ya no se narran con la misma fuerza, siguen influyendo en la manera en que el valle es percibido y recorrido. Senderos evitados de noche, cerros señalados con respeto y quebradas cargadas de significado dan cuenta de una geografía simbólica que aún persiste.

De esta manera, el Valle de Chalinga se revela como un territorio donde la naturaleza, la historia y la cultura dialogan de forma permanente. Reconocer su valor arqueológico, ecológico y cultural es clave para proyectar su futuro en un contexto donde la conservación y el desarrollo conviven en tensión. Visitar Chalinga no es solo recorrer un paisaje del Norte Chico: es internarse en un espacio donde el territorio habla y donde cada piedra, sendero y relato recuerda que este valle es mucho más que un lugar de paso.
Jǒzepa Benčina Campos
