Horacio Larraín (95) se sienta en el living de su casa, en Las Canteras de Colina, ubicada en el mismo sitio donde se encuentra el hogar del reconocido entomólogo Luis Peña. Detrás suyo hay más de 10 pinturas que decoran la pared, la mayoría de paisajes. Entre medio hay una virgen. “Aquí podemos conversar”, comenta, “está calentito”. Dice ser friolento y que este lugar siempre está agradable por su estufa. El ambiente cálido se siente. Su perro, el “Benja”, lo acompaña, pidiendo cariño cada unos cuantos minutos, quizás secretamente ofreciendo ser su guatero.

Horacio se quita sus audífonos. Asegura escuchar mejor sin ellos, al menos de cerca. En ese momento empieza a recordar su historia. O, al menos, parte de ella.

Un pasado desconocido

«Yo era profesor en el colegio San Ignacio, en aquellos años. Yo era Jesuita. No sé si usted sabía», comienza diciendo.

Él es uno de los antropólogos más longevos de Chile, impulsor de la disciplina conocida como «eco-antropología», a la cual dedica un blog que sigue escribiendo. Ahí la define como un campo de la antropología cultural que “se ha ido perfilando como una instancia tanto de reflexión e investigación, como de comentario y denuncia, ante la incuria de muchas instituciones sociales que han dejado de lado su preocupación con el medio ambiente”.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

En sus cientos de entradas, habla de los muchos intereses que lo han conquistado a lo largo de su vida: la antropología, la historia, la arqueología, la geografía y, en general, las ciencias naturales. Pero, fuera de eso, don Horacio es parte de un grupo de profesionales que, durante mucho tiempo, se dedicó a acercar sus conocimientos de una forma más didáctica a las personas.

Pero algo que quizás no se conoce tanto es su pasado como jesuita.

En sus propias memorias, escritas en su blog, recuerda que ingresó al Noviciado de los Jesuitas en Estación Marruecos el 8 de junio de 1944. Tenía 13 años. Su “padre espiritual” fue el sacerdote jesuita Alberto Hurtado Cruchaga, quien le infundió un fuerte sentido de responsabilidad social. “Mi vocación religiosa, en aquellos años, surgió como una necesidad de ayudar a esa humanidad doliente, abandonada de la sociedad”, escribe Horacio en su blog.

Ya siendo jesuita, sus intereses por la antropología empezaron a surgir. Las clases sobre la materia a las que asistió siendo un estudiante lo apasionaban, así como lo relacionado con la biología y la naturaleza. Era algo así como un interés innato. Por esto, cuando desempeñó su magisterio en el colegio San Ignacio, en los primeros años de los 50’, le encomendaron enseñar ciencias naturales, donde les hablaba a sus alumnos sobre insectos. En eso, un alumno de esa época le habló de Luis Peña, amigo de su padre, que lo solía acompañar a excursiones. Conoció a Luis en 1953 y su amistad nunca terminó. No solo empezó su propia colección de insectos, sino que gracias a él conoció a distintos profesionales y asistió a charlas de notables exponentes, como el antropólogo Martín Gusinde y sus estudios de los pueblos fueguinos.

Ahora, comenta con seguridad que Lucho fue uno de los que lo orientó hacia su vocación. Y, en otra faceta, está el padre Gustavo Le Paige.

Los primeros diarios de campo

Horacio toma su bastón, va a su pieza y vuelve con un cuaderno antiguo. “Recuerdos de ultramar. P. Horacio Larrain.-Desde set.1955.-. DIARIO VOL I.a.”, se lee en la portada.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

Ese es su primer diario de campo. Fue Lucho Peña quien le enseñó a hacerlo. Desde entonces ha publicado, según su propia cuenta, 107 cuadernos. Lo hojea y muestra las plantas que recolectó hace más de dos décadas y se mantienen perfectamente prensadas.

“Se lo debo a Lucho. A él le debo mucho de lo que he sido, mi primera vocación ecológica y mi interés por la biología”, dice. A él, lo define en su blog como “un gran entomólogo chileno, el más grande -al decir de investigadores de la Smithsonian Institution- después del gran maestro, don Claudio Gay”. Pero también, como alguien de quien tuvo la dicha de ser uno de sus muy pocos confidentes íntimos, y de quien siempre había un constante aprendizaje.

Fue Lucho quien lo invitó a ser parte de la revista Expedición a Chile— pionera en la comunicación científica del país— en 1975, que para Horacio fue la experiencia que cambió su visión de la antropología hacia un sesgo ambiental y ecológico. Además, desde que se conocieron —cuando Horacio era jesuita— compartieron por cartas e inolvidables momentos y expediciones, que significaron una gran amistad unida por la naturaleza.

Cinco de los 48 números de la revista. ©Rodrigo Hernández Del Valle.

Al otro lado de sus grandes inspiradores, el antropólogo menciona al sacerdote Gustavo Le Paige, con quien conoció la arqueología en San Pedro de Atacama. “Era una cosa extraordinaria salir a hacer excavaciones con el padre”, recuerda. Con él surgió su amor por el norte de Chile. Ese es otro episodio importante de su vida.

Llegar al norte de Chile

«Un día, yo cursaba mi último año de estudio en el Colegio Loyola y llegó un jesuita de Antofagasta de apellido Claps. Él reunió a la comunidad y nos explicó que estaban fundando una universidad en el norte y necesitaban voluntarios. Yo levanté la mano. ¿Por qué levanté la mano? No sé, pero lo hice y partí. Yo era un sacerdote muy joven, venía llegando de estudiar en Europa (…). No me va a creer usted: pero me acuerdo la fecha: llegué el 8 de junio del año 1963», recuerda Horacio.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

A la primera o segunda semana de llegar, Horacio solía agarrar su mochila, un poco de agua, un par de sándwiches y pasaba todo el día en terreno. Iba a buscar insectos porque, según asegura, Lucho lo había “contagiado”. Era, de corazón, un verdadero explorador y colector. Muchos años después, en 2016, donaría al Museo de Antofagasta una gran colección, con más de 100 cajas de distintos objetos recolectados en sus más de 40 años de trabajo de campo.

El mismo año en que Horacio llegó a Antofagasta, Gustavo Le Paige, pionero en investigaciones arqueológicas en el norte de Chile, inauguraba el primer pabellón del Museo Arqueológico de San Pedro de Atacama, con apoyo de la Universidad Católica del Norte. Ellos ya se conocían; su primer encuentro fue en 1945 en Padre Hurtado, mientras el padre Le Paige, de origen belga, practicaba su español. Pero fueron estos años en el norte los que realmente marcarían notablemente su amistad y trabajo.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

Durante los años en que Horacio estuvo en Antofagasta, viajó constantemente a San Pedro de Atacama, donde acompañaba al padre y lo ayudaba en las tareas diarias de su “polvoriento museo”, según recuerda, además de ir a expediciones a lugares lejanos y de difícil acceso. También revisaba los borradores de sus trabajos, ayudándolo a traducirlos al español o acompañarlos de dibujos. En ese tiempo, realizó los primeros descubrimientos arqueológicos en conchales cercanos a la quebrada de la Chimba y los faldeos de cerro Moreno.

“Escaparme de Antofagasta esos meses para mí era una verdadera delicia, un atractivo singular. Aquí fraguó mi vocación antropológica y mi pasión por la arqueología. Reconozco, agradecido, que la debo ciertamente a Le Paige”, escribió alguna vez en su blog.

La última entrevista que realizó a Le Paige fue en 1979, un año antes de que este falleciera. En la larga entrada, recuerda su aporte a San Pedro de Atacama y su misión por revelar este lugar y su cultura al mundo entero. “Le Paige transformó a San Pedro en el baluarte del conocimiento arqueológico del Norte Grande de Chile. Ningún arqueólogo chileno o extranjero -me atrevería a decir- ha logrado hacer en nuestro país por esta ciencia como este humilde y pequeño sacerdote católico de sotana gris y rostro curtido por las arenas del desierto”, recuerda.

Una vida de investigación

Horacio cierra su antiguo Diario de Campo y muestra uno nuevo. Este otro es el último que tiene, el más reciente. Cuando lo hojea, un pequeño recuerdo contenido en una bolsa resalta ante sus ojos. Cuenta que es algo inédito, que hace mucho tiempo no le mostraba a alguien: la tarjeta que tenía cuando era sacerdote. Hace años, probablemente, él mismo no la tomaba entre sus manos. Era un gran recuerdo para él.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

Horacio recuerda por qué dejó de ser sacerdote. «Hubo dos motivos— dice mientras mira su recuerdo— Uno, tuve problemas con uno de mis rectores. Yo estaba en Padre Hurtado, y salía. Todos los sábados o domingos agarraba mi mochila y me iba a los cerros con sotana a buscar insectos. El padre Correa me llamó la atención y me dijo que tenía que elegir: o me dedicaba a ser sacerdote, a estar al cuidado de la gente, o me dedicaba a la ciencia. Y la idea me empezó a rondar a la cabeza. Cuando llegué a Antofagasta, me encuentro con el padre Le Paige, que me muestra esta perspectiva de la arqueología, y todas las glosas, como la de los insectos. Al final opté por eso, pero además me enamoré».

A fines de 1964, según hace memoria, Horacio habló con su provincial y le comunicó que se quería retirar. El padre José Aldunate lo comprendió y lo ayudó a conseguir una beca de la OEA para estudiar antropología en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estuvo cinco años. Debía haber tenido unos 36 años.

Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann
Horacio Larraín. Créditos Verónica Droppelmann

“Con los jesuitas comparto una gratitud inmensa porque me formaron, imagínate todos los estudios, toda mi vida de estudios (…). Eso fue valiosísimo”, dice. Entre medio, se casó, se separó y se volvió a enamorar de Marta, con quien vive todavía en su casa en Colina.

Se tituló de arqueólogo, con un magíster en Arqueología de la Universidad Autónoma de México, con una tesis enfocada en culturas arqueológicas de Chile (1970). Tuvo estudios de Antropología y Antropología Cultural en Nueva York, con una tesis publicada en 1984. Entre medio, participó de la revista Expedición a Chile (1975 – 1979) y creó, mientras trabajó en el Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Chile, la revista Norte Grande (1974), la que continúa existiendo hasta la actualidad. Además, fue coordinador regional en Iquique del Centro Desierto de Atacama, figurando como responsable del Oasis de Niebla Alto Patache, sumado a sus notables trabajos científicos, ahora almacenados en libros y artículos. Fue profesor de muchos estudiantes, incluyendo jóvenes aymaras y atacameños. En resumen —si es que se puede resumir— dedicó más de decenas años de experiencia en la antropología social, la etnohistoria andina, arqueología y educación étnica.

Pero él, al menos en esta conversación, más que enumerar sus propios logros, recuerda humildemente a aquellos que fueron clave en su camino ligado a la antropología.

El eterno escritor

En invierno, Horacio se despierta tarde, aclara. La hora en su reloj marca las 10:30. Vive en su casa con Marta Peña, su segunda compañera, explica, porque con la primera se separó, pero nunca se hizo legalmente efectivo. “Mi primera mujer nunca quiso separarse”, bromea. Toma desayuno en su cama. Y se sienta a escribir en el computador.

Sagradamente, escribe todos los días. “Más encima con mi sordera, me cuesta comunicarme. Con mayor razón escribo mucho”, dice, “ahora estoy trabajando en otro capítulo sobre distintas cosas”.

Horacio hojea su último diario de campo. Créditos: Verónica Droppelmann
Horacio hojea su último diario de campo. Créditos: Verónica Droppelmann

Su última publicación, es del domingo 30 de junio. Narra el esfuerzo que significó crear la revista universitaria de geografía Norte Grande. Es una narración larga, completa, impecable y llena de detalles.

Él está orgulloso de su trabajo, y con justa razón. Ha recibido más de un millón visitas a su blog, con cerca de seis mil o siete mil al mes, según ha calculado. Con 40 de sus más de 300 entradas en el blog publicará un libro con la editorial Pampa Negra.

“Me encanta escribir”, comenta mientras termina de hojear su último libro de campo. Después, cuando termina la entrevista, deja los dos diarios de campo históricos en la mesa. Ambos son así como el inicio y el presente de una historia que don Horacio sigue escribiendo, marcada por la pasión por la antropología.  

Horacio hojea su último diario de campo. Créditos: Verónica Droppelmann
Horacio hojea su último diario de campo. Créditos: Verónica Droppelmann
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