Ladera Sur Dunas litorales: arena para conservar
Dunas litorales: arena para conservar

Naturaleza

Dunas litorales: arena para conservar

¿Qué función cumplen las dunas litorales y por qué son tan importantes para el ecosistema costero? Aquí nuestra colaboradora invitada Annelore Hoffens, Directora de Comunicaciones de Fundación Cosmos, nos entrega las respuestas. 

Las dunas litorales son mucho más que montículos de arena en los que alguna vez hemos jugado estando en la playa; más que esos relieves arenosos entretenidos de escalar y bajar, dejándose resbalar. Estas acumulaciones de arena, que pueden tener miles de años, se han formado a partir de sedimentos transportados o removidos por acción del viento y cumplen un rol fundamental en la protección de zonas costeras pobladas y en la mantención del equilibrio ecológico.

Las dunas actúan como un biombo natural entre el océano y las zonas interiores. Son infraestructura verde que aminora o detiene los efectos de los temporales y de las crecidas del mar, como aquellas que azotaron la costa central de Chile el año pasado. Además, filtran agua y recargan las napas freáticas; son el hábitat de plantas y animales muy particulares, suelen contener restos arqueológicos y, sin duda, son fuente de recreación y belleza paisajística, lo que incentiva el turismo. Las dunas, también funcionan como bancos para proveer de arena a las playas y permitir que se recuperen después de erosionarse.  Al modificarse o destruirse, por ende, las playas se quedan sin reservas de arena y, por lo tanto, más expuestas a su deterioro.

Campo dunar Santo Domingo ©Fundación Cosmos
Campo dunar Santo Domingo ©Fundación Cosmos

Las dunas pueden ser activas e ir cambiando de forma con el viento, o bien, pueden ser estables gracias a una capa vegetal que impide el desplazamiento de la arena. A medida que las dunas se forman se inicia una sucesión vegetal natural sobre ellas, con especies muy particulares y verdaderamente pioneras, que deben ser capaces de desarrollarse en un ambiente salino, con escasa disponibilidad de agua y nutrientes en el suelo, y expuestas a un viento abrasivo cargado de arena. Para superar esas condiciones, estas plantas tienen gran capacidad de fijar nitrógeno, bajos niveles de transpiración y raíces profundas capaces de aglutinar la arena, evitando su desplazamiento hacia zonas pobladas, suelos agrícolas o, en general, tierras fértiles. Por eso se llaman dunas inactivas.

Distinto a lo que pudiera pensarse de un país como el nuestro, las dunas de arena son un bien sumamente escaso: de los 4.200 kilómetros de costa lineal que tiene Chile, apenas un 5% corresponde a playa y dunas; el resto es rocoso, según indica el Instituto de Geografía de la Universidad Católica de Chile.

Son importantes y escasas y, sin embargo, están expuestas a una serie de amenazas antrópicas como la expansión inmobiliaria, que permanentemente muestra interés por construir sobre las dunas, como ha ocurrido en Ritoque; o la industria minera que, como en el caso de las dunas de Putú, quiso extraer litio, hierro, titanio y vanadio; o el tránsito de vehículos motorizados que destruyen la vegetación de dunas como las de Santo Domingo.

El caso del campo dunar en Santo Domingo

Campo dunar y bosque esclerófilo Santo Domingo ©Fundación Cosmos
Campo dunar y bosque esclerófilo Santo Domingo ©Fundación Cosmos

En el litoral sur de Santo Domingo existe una extensa área de dunas, un verdadero campo formado por 5 cordones dunarios pleistocénicos que, además de su función como infraestructura verde, son el hábitat de especies de flora como la doca, el  vautro, el junquillo, chocho y quinchihue. Éstas están dispuestas en al menos 4 cordones transversales de comunidades biológicas que se encuentran en distintas etapas de sucesión ecológica, importantes para la investigación científica de estos fenómenos.

Este campo dunar y su matorral dunario colindan con un pequeño bosque esclerófilo costero –hoy casi relictos- y un matorral estepario de secano costero. La suma e interacción de estos tres ecosistemas forma una zona de gran importancia biológica; un ensamble diverso de flora y aves, muy particular y único.

Así lo demostró un reciente estudio hecho en el área por Avitreck –por encargo de Fundación Cosmos-, señalando que el 55% de la flora presente en estos tres ecosistemas en conjunto es nativa, y un 23,2% es endémica. En relación a la avifauna, en tanto, se encontraron dos especies endémicas y 30 nativas, entre ellas el lile, declarado en estado de Amenaza Cercana por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).

Mapa campo dunar, bosque esclerófilo costero y matorral secano Santo Domingo ©Fundación Cosmos
Mapa campo dunar, bosque esclerófilo costero y matorral secano Santo Domingo ©Fundación Cosmos

Es importante destacar que dentro de las especies vegetales encontradas aquí, hay  4 que están catalogadas en alguna categoría de conservación del Reglamento de Clasificación de Especies Silvestres del Ministerio de Medio Ambiente. Estas son el chagual, el palito negro, el lirio costero y el cacto rosado.

A pesar de su importancia como soporte de biodiversidad,  esta área no tiene ningún tipo de protección, es más, está a merced de proyectos inmobiliarios que ya han mostrado interés por construir sobre las dunas, así como a las motos y cuadrimotos que suelen verse por estos lados.

No por nada los vecinos de la comuna de Santo Domingo han comenzado a organizarse y a levantar la voz manifestando su preocupación por la vulnerabilidad de las dunas y del bosquete costero tras ellas, exigiendo a la Municipalidad acciones para congelar el otorgamiento de permisos de construcción.

Bosquete esclerófilo costero en Santo Domingo ©Fundación Cosmos
Bosquete esclerófilo costero en Santo Domingo ©Fundación Cosmos

El plano regulador de esta comuna, que data de 2002, de hecho permite la construcción inmobiliaria en el sector. Actualmente se está iniciando el proceso de modificación de este plano y, en base a la nueva información disponible, esperamos que la Municipalidad prohíba el uso del campo dunar para otra cosa que no sea conservación, recreación, educación, investigación  y turismo.

Motivos para ello sobran, así como sobran también las ganas –y argumentos– para transformar este lugar en un parque abierto a la comunidad; un parque para ir a observar aves endémicas como el canastero, el churrín o la tenca y conocer árboles –endémicos también– como el lilén, el molle, el vautro o el corralillo. Un parque para conectarnos con la naturaleza propia de los ecosistemas costeros, que tanto debemos aprender a valorar para proteger.

La próxima vez que vayamos a playas con dunas, en vez de escalarlas y con ello aportar a su erosión, mirémoslas con respeto y valorémoslas, porque nacieron hace miles –incluso millones– de años, y porque ahora ya sabemos lo importantes que son para mantener el equilibrio ecológico de la costa, y conocemos los servicios que nos brindan y que, de otra forma, tendríamos que suplir artificialmente.

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