Ladera Sur Aún podemos recuperar al bosque esclerófilo: la sequía y el cambio climático no son los únicos culpables
Aún podemos recuperar al bosque esclerófilo: la sequía y el cambio climático no son los únicos culpables

Medio Ambiente

Aún podemos recuperar al bosque esclerófilo: la sequía y el cambio climático no son los únicos culpables

Si bien la sequía y la crisis climática han contribuido a su deterioro, no son las únicas amenazas que enfrenta el bosque mediterráneo. Entre las principales presiones se encuentra la industria forestal y agrícola, así como la urbanización y los incendios forestales. Sin embargo, la deforestación continúa. Para hacerse una idea, la tasa de pérdida de este ecosistema tuvo un aumento de 187,5% según un reporte reciente, y mantiene, además, una baja representación en el sistema de áreas protegidas. Por ello, el llamado es a implementar medidas contundentes antes de que el escenario se agrave aún más, hasta el punto de lo irreparable.

Solo en cinco lugares del mundo existen los ecosistemas de clima mediterráneo, los cuales reúnen alrededor del 20% de la flora global en un 5% del planeta. La zona central de Chile es, justamente, una de las cuatro cunas de estos escasos sitios, donde habitan más de la mitad de las plantas y animales vertebrados nativos del país, ostentando una alta presencia de especies endémicas o únicas, es decir, que solo viven en este lugar: nos referimos al bosque esclerófilo.

©Jorge León Cabello
Parque Nacional La Campana ©Jorge León Cabello

No obstante, este singular bosque enfrenta actualmente un grave y complejo escenario, lo que se vio reflejado en las recientes declaraciones del director de la Corporación Nacional Forestal (Conaf) sobre la posible extinción de sus especies. El deterioro se observa a simple vista: muchos árboles – caracterizados por ser perennes – presentan en sus hojas tonos cafés o rojizos, lo cual está lejos de ser normal.

“Es difícil prever con certeza la capacidad de resiliencia de las especies del bosque esclerófilo ante reducciones marcadas de precipitaciones y exposición a altas temperaturas dadas por las olas de calor”, sostiene Marianne Katunarić Núñez, coordinadora del proyecto GEF Montaña.

En efecto, los embates de la crisis climática son evidentes. Además, Chile central se ha visto afectado desde el año 2010 por la megasequía, siendo la más extensa, prolongada y cálida desde 1900, según un informe del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR)2.

Recordemos que ya se observaron los efectos de la sequía y olas de calor en un estudio realizado entre enero de 2018 y marzo de 2019, por la Universidad Católica de Chile y la Universidad Mayor, en 78 parcelas de vegetación de GEF Montaña. En ese entonces, se constató la muerte paulatina del follaje en árboles de este bosque, como el quillay, litre y peumo, en la cuenca de Santiago.

Árboles de hoja perenne evidencian el daño foliar que ha causado la sequía ©Proyecto GEF Montaña
Árboles de hoja perenne evidencian el daño foliar que ha causado la sequía ©Proyecto GEF Montaña

En la actualidad, Katunarić agrega que “lo que se puede apreciar es que no están desapareciendo, sino más bien se están modificando en su composición y estructura”. Por ejemplo, el bosque esclerófilo en Coquimbo posee una estructura adaptada con árboles más bajos, donde la presencia de especies que requieren más humedad, como el peumo, es baja o inexistente, mientras que en las regiones de Valparaíso y Metropolitana los árboles suelen presentar mayor altura y composición de especies, aunque es probable que estos ecosistemas se vayan pareciendo más a los del norte debido a las condiciones actuales.

En ese sentido, han observado “árboles que están perdiendo sus ramas más altas con rebrotes en sus bases, mostrando el inicio de un proceso adaptativo provocado por los cambios en los patrones del clima”, puntualiza la coordinadora de GEF Montaña.

Sin embargo, la sequía y la crisis climática no son los únicos factores que han diezmado al bosque esclerófilo. La zona central es la más poblada del país, concentrando un alto nivel de construcción de ciudades o caminos, así como distintas actividades económicas como las agrícolas y forestales. A esto se suma la mayor ocurrencia de los incendios forestales, que están asociados a la presencia humana, a la modificación del paisaje y a la interfaz urbano-rural.

El científico y académico de la Universidad Católica, Juan Armesto, advierte que “el bosque esclerófilo y sus especies leñosas y herbáceas, son capaces de resistir la sequía y las variaciones del clima, y también otras amenazas del impacto humano, a escalas espaciales pequeñas. Pero frente a la escala de deforestación y degradación actual, por incendios, inmobiliarias, y plantaciones con alta extracción de agua del subsuelo, que son condiciones inéditas en la historia evolutiva del bosque, las opciones son limitadas”.

Reserva Nacional Río Clarillo 2015- GEF Montaña
Reserva Nacional Río Clarillo en 2015 ©GEF Montaña
Reserva Nacional Río Clarillo 2019 – GEF Montaña
Reserva Nacional Río Clarillo en 2019 ©GEF Montaña

El declive

Fue en el año 1974 cuando el Ministerio de Agricultura aprobó el Decreto Ley N°701, el cual fijó el régimen legal de los terrenos forestales o preferentemente aptos para la forestación. Desde ese entonces, se le atribuye a esta legislación gran parte de la superficie de plantaciones forestales exóticas que existen en el país.

De hecho, una de las principales presiones que enfrenta el bosque nativo en la zona central ha sido el desarrollo de la industria forestal, que trajo consigo la creciente sustitución de la vegetación nativa por plantaciones de especies exóticas de crecimiento rápido, como pinos y eucaliptos, según indica el “Informe país: estado del medio ambiente 2018”, elaborado por el Centro de Análisis de Políticas Públicas, del Instituto de Asuntos Públicos de la Universidad de Chile.

Un ejemplo patente es lo que ocurre en el ecosistema mediterráneo costero.

“Las quebradas costeras de Chile central han sido destruidas no por la sequía actual sino por los seres humanos, debido a extracción de agua desde quebradas a zonas de riego y ciudades (la población humana ha crecido en toda la zona costera), los incendios que han afectado toda la zona, y las plantaciones de pino, que ahora son causa de riesgo en las zonas periurbanas”, agrega Armesto, quien también es investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad.

©Proyecto GEF Montaña
©Proyecto GEF Montaña

De esa forma, esta actividad forestal ha impactado a los ecosistemas no solo por el cambio de uso de suelo y la fragmentación del hábitat, sino también por aumentar el riesgo de incendios por su inflamabilidad, y por afectar la disponibilidad de agua. Un detalle no menor al respecto es que, aparte de la sequía, que es un fenómeno meteorológico, en Chile hay escasez hídrica, la cual depende, en parte, del uso del agua y las decisiones humanas, llegando a un déficit cuando la demanda de este elemento supera a la oferta disponible en determinado territorio.

Similar es lo que ocurre con la agricultura y ganadería. A modo de ejemplo, las plantaciones de paltos se han triplicado en los últimos 20 años, reduciendo y confinando a los ecosistemas mediterráneos a cerros isla sin conexión entre ellos. Pese a la aplicación desde 2009 de la Ley sobre Recuperación del Bosque nativo y Fomento Forestal, el mismo reporte de la Universidad de Chile sostiene que la tasa anual de deforestación se ha mantenido.

Por ello, no es de extrañar la cifra entregada hace pocos días por el Sexto Informe de Biodiversidad del Ministerio del Medio Ambiente, el cual calificó el caso del bosque esclerófilo como el más preocupante, en especial porque la tasa de pérdida de su superficie anual tuvo un aumento de 187,5%, luego de analizar los periodos 2006-2014 y 2014-2018. Adicionalmente, su superficie remanente al año 2018 es menor al 50% de su superficie potencial, mientras sigue manteniendo una baja representación en el sistema de áreas protegidas.

Ese mismo documento indica que para el año 2050, las formaciones vegetales más vulnerables serían los bosques esclerófilo, caducifolio y laurifolio.

Parque Mahuida 17_03_2009- GEF Montaña
Parque Mahuida en 2009 ©GEF Montaña
Parque Mahuida 04_04_2019 – GEF Montaña
Parque Mahuida en 2019 ©GEF Montaña

Por ello, Armesto acentúa que “estos impactos humanos son todos controlables, o regulables si es que tenemos el propósito de modificar el curso de cambio histórico que lleva a un aumento de la degradación y los riesgos de incendios. Es necesario que un sistema de áreas protegidas que cuente con recursos para proteger las áreas críticas que ya han sido identificadas y mapeadas en Chile central”. El investigador alude a sitios y quebradas que se ubican en Zapallar, Cachagua, Cuesta El Melón y en parques nacionales como La Campana.

La expansión urbana es otro elemento que requiere de un manejo adecuado al concentrar los riesgos de incendios, la acumulación de basuras, entre otros. “Es necesario que cuenten con zonas buffer [de amortiguamiento] frente a incendios, y que haya un cuidado común de estas áreas de valor, así como la creación de nuevos parques nacionales”, agrega.

Aún hay tiempo

Para la coordinadora del proyecto GEF Montaña, “entre las medidas a implementar debe considerarse la restauración activa de nuestros bosques, detener su sustitución por la agricultura en ladera, la actividad ganadera sin manejo y la habilitación de segundas residencias de habitantes urbanos. Ante presiones de mayor envergadura, se encuentran la minimización y reducción de impactos negativos de grandes proyectos de inversión, y si se hace inevitable, hacer las compensaciones en biodiversidad apropiadas y equivalentes”.

Katunarić detalla que, para la restauración activa, “es importante considerar acciones de prevención de incendios, la exclusión de la ganadería, probar la migración asistida de especies del bosque esclerófilo desde más al norte, y el manejo restaurativo del bosque bajo criterios de Ordenación Forestal, como es la reducción de los vástagos por árbol. Esto último ha demostrado que los individuos manejados en nuestros pilotos han respondido de mejor manera al impacto de las olas de calor de la última temporada, que aquellos sin intervención”.

Bosquete esclerófilo costero en Santo Domingo ©Fundación Cosmos
Bosquete esclerófilo costero en Santo Domingo ©Fundación Cosmos

Por otro lado, Armesto recalca la necesidad de reducir la expansión de plantaciones de pinos y eucaliptos, evitando ambientes más propicios a incendios, entre otros riesgos, en especial en áreas periurbanas. Además, apunta a proteger no sólo los componentes leñosos del bosque sino toda la flora de hierbas acompañantes, especialmente en las zonas de quebradas costeras.

“Para la restauración de áreas dañadas se requieren acciones de gran escala y costo, con participación de distintos grupos de interés y autoridades, que sean suficientes para contrarrestar la tendencia a la pérdida de especies nativas y degradación que predominan hoy en Chile central. Estas acciones requieren conocimientos técnicos para la propagación de especies, mantención de bancos de semillas, etc., que deben hacerse de manera planificada, con apoyo de investigadores y expertos en el tema”, agrega el profesor titular de la Universidad Católica.

©Proyecto GEF Montaña
©Proyecto GEF Montaña

De esa manera, se necesitan medidas contundentes para la conservación y recuperación del cada vez más menoscabado bosque mediterráneo. De esa forma, se perpetuará su presencia en el territorio nacional, y se resguardarán los beneficios o servicios ecosistémicos que brindan, como la captura de dióxido de carbono y la purificación del aire de la contaminación atmosférica, o la protección de los suelos y la mantención del agua que constituye un alivio frente a la actual sequía.

“Queremos destacar el valor de la biodiversidad de Chile central, son especies exclusivas con distribución muy restringida y que habitan ecosistemas cada vez más reducidos y degradados, con insuficiente protección, debido a la escasez y pequeño tamaño de las áreas protegidas. Por ello, es evidente la alta prioridad de salvaguardar el bosque esclerófilo y sus especies. Los esfuerzos deben provenir de todos los chilenos, no hay una agencia de protección ambiental fuerte”, señala Armesto.

“La pérdida del bosque nos hace más pobres”, subraya.

 

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