Son fundamentales para la vida en el planeta. Polinizan, descomponen y reciclan materia orgánica, forman parte del menú de otras criaturas y son eficientes controladores biológicos que mantienen a raya a otras especies. Si podemos aprovechar suelos sanos para producir alimentos, acceder a fuentes de agua, disfrutar de instrumentos musicales y de tantos beneficios de la naturaleza, es precisamente gracias a insectos, arácnidos, miriápodos (como los ciempiés) y crustáceos (como el chanchito de tierra) que integran el grupo de los animales más biodiversos del planeta.

Sin embargo, su declinación ha encendido las alarmas a nivel mundial. Aunque el mentado “Insectagedón” o “Armagedón de los insectos” todavía es motivo de debate, lo cierto es que muchas personas recuerdan con nostalgia a los bichos que pululaban en su infancia y que hoy ya no se ven.

Abeja esmeralda (Corynura chloris) ©Vicente Valdés
Abeja esmeralda (Corynura chloris) ©Vicente Valdés

No cabe duda de que muchos bichos no abundan como antes. El cambio de uso de suelo, la crisis climática, la agricultura convencional, las especies introducidas, la nitrificación y la contaminación son las fuertes presiones que enfrentan a diario. Así lo explica Constanza Schapheer, entomóloga del Laboratorio de Sistemática y Evolución de la Universidad de Chile: “Las amenazas son múltiples. En nuestro país se ha visto que la destrucción del hábitat es posiblemente la que más impacta. Sin embargo, factores como las especies exóticas invasoras y la contaminación podrían tener un impacto significativo en el declive de los insectos”.

Ante esta situación, muchos buscan tomar cartas en el asunto no solo en áreas silvestres, sino también en zonas urbanas donde “contamos con una mixtura de insectos asociados a nuestras ciudades, es decir, nativos e introducidos que, en conjunto, conforman una sinergia particular. Nuestra fauna de insectos nativos son un grupo antiguo que data de mucho antes del levantamiento de los Andes”, destaca Jaime Pizarro-Araya, entomólogo de zonas áridas y semiáridas de Chile, quien trabaja en el Laboratorio de Entomología Ecológica de la Universidad de La Serena.

Chinita nativa Eriopis chilensis ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba
Chinita nativa Eriopis chilensis ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba

Por ello, basándonos en la columna de Proceedings of the National Academy of Sciences que propone 8 acciones para salvar a los insectos del declive global, entregamos 6 ideas para motivar a la ciudadanía a recuperar a estos pequeños animales en Chile, y fomentar una sana coexistencia entre humanos y entomofauna nativa, sobre todo en lugares con alto potencial como las ciudades.

Al igual que cualquier habitante del planeta, los insectos y otros artrópodos necesitan hábitats variados y de buena calidad para alimentarse, refugiarse, reproducirse y, en definitiva, sobrevivir. Sin embargo, las áreas verdes que abundan actualmente, sobre todo aquellas que se asemejan al fondo de pantalla de Windows, no son muy “amigables” con la naturaleza.

Mosca abeja Eristalis tenax ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba
Mosca abeja Eristalis tenax ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba

De hecho, el césped europeo u occidental que domina en muchos sitios ha sido calificado como “desierto de biodiversidad”, sobre todo cuando se trata de monocultivos que son constantemente cortados o “arreglados”, según la estética humana. Si mantenemos pasto a nivel del suelo y árboles grandes en la parte superior, sin tener vegetación intermedia (como arbustos), formamos paisajes homogéneos y con poca diversidad de plantas, por lo que no ofrecen hábitats, recursos ni “estructuras” suficientes para toda la entomofauna.

La bióloga de Driada, Violeta Sotomayor, sostiene que “la ciudad cuenta con áreas verdes que necesitan ser repensadas considerando la crisis climática, sanitaria y social en que vivimos. Nos hemos acostumbrado a plazas y parques con extensas áreas verdes de altísimo costo de mantenimiento, según el modelo de ciudad-jardín. Es urgente desmantelar este modelo y reeducarnos para aprender a reconocer y valorar nuestro paisaje propio y la vida que conlleva, generando y disfrutando de espacios públicos que sean núcleos de biodiversidad y lugares de juego, arte y aprendizaje”.

Por ello una de las principales recomendaciones consiste en propagar la flora nativa en áreas públicas, jardines, techos y balcones, con el fin de formar corredores biológicos y proporcionar hábitats para distintas especies. Recordemos que las plantas y animales autóctonos han establecido estrechas relaciones durante millones de años. Además, esta vegetación está adaptada a las condiciones locales (como el clima).

Flora nativa Schizanthus tricolor ©Driada
Flora nativa Schizanthus tricolor ©Driada

En ese sentido, la idea es combinar entre distintos tipos de plantas, como árboles, enredaderas, arbustos y especies de menor tamaño.

Pizarro considera importante “que los municipios se avalaran con información científica local, y que las acciones de restauración de áreas verdes se realicen con especies nativas, por ejemplo: Vicia, Calceolaria, Adesmia, Loasa, Eryngium, Lycium, etc., con la finalidad de tener un proyecto de restauración ecológica integrativo, pero por regiones, ya que la fauna difiere en Tarapacá, Coquimbo o el Maule”. Para ese fin recomienda un manual de recolección de semillas de plantas silvestres para eventuales campañas de reforestación y restauración.

Dado que muchas especies de artrópodos necesitan poco espacio para sobrevivir, si transformamos una pequeña porción del césped en un sitio con mayor vegetación, podríamos ayudar a estos diminutos seres y, al mismo tiempo, abaratar costos de mantenimiento al reducir el uso de agua, herbicidas, fertilizantes y pesticidas.

En la misma senda, Pizarro recomienda “fomentar el desarrollo de huertas locales (familiares, comunitarias y escolares), con la finalidad de entregar un aporte floral y de néctar a las especies nativas, permitiendo un posible restablecimiento de sus poblaciones”.

Cosechando en Huerta Comunitaria de Renca ©Municipalidad de Renca
Cosechando en Huerta Comunitaria de Renca ©Municipalidad de Renca

Un aspecto esencial en este asunto es la invitación a “compartir la tierra” (land sharing), propuesta que busca fomentar la coexistencia entre humanos y vida silvestre, incluso en lugares densamente ocupados por nuestra especie, como es la ciudad.

Esto no es banal si consideramos que, en ocasiones, las ciudades pueden convertirse en “un refugio para la biodiversidad, debido al uso intensivo de agrotóxicos y deforestación en sectores rurales y agrícolas”, señala la paisajista de Driada, Aya Hoffmann.

Mariposa Tatochila mercedis ©Vicente Valdés
Mariposa Tatochila mercedis ©Vicente Valdés

Por ello es importante repensar las ciudades y aprovechar su potencial como refugio para especies como los polinizadores, descomponedores, entre otros. Eso parte por considerar a la gran diversidad de animales, por ejemplo, evitando en lo posible la poda de la vegetación, manteniendo la hojarasca, ramitas y frutos caídos, para que los ciclos de la vida sigan su curso.

Un caso interesante proviene de un emblemático lepidóptero de Norteamérica, que ha motivado la creación de “jardines para polinizadores”. Hoffman cuenta que “los pioneros están en California, donde la preocupación comenzó ante la disminución de la mariposa monarca, que justamente se alimenta de una humilde planta nativa de allá, la milkweed (Asclepias syriaca)”.

Con esa inspiración, Driada creó del proyecto “Ecosistemas Urbanos para Polinizadores”, que consiste en un espacio vivo donde pueden cohabitar vecinos, especies vegetales, polinizadores y visitantes florales, ofreciendo una propuesta tipológica para plazas, parques y otros ambientes urbanos. Incluye bancales para especies nativas, hoteles de insectos, sitios de encuentro, aula abierta, etc. Aunque todavía no se ha implementado en áreas públicas, ha servido como insumo para otras iniciativas que han desarrollado con otras instituciones, como parques ecoeducativos, el Plan Maestro del Vivero Educativo del Parque Mahuida, una huerta comunitaria en Renca, los jardines sanadores en terrazas del Hospital Clínico Eloísa Díaz, entre otros.

Diseño tipo “Ecosistemas urbanos para polinizadores” ©Driada
Diseño tipo “Ecosistemas urbanos para polinizadores” ©Driada

Para ello, las voces de distintas disciplinas son fundamentales. “Desde el diseño, el paisajismo y la arquitectura podemos generar un vínculo con el espacio circundante cohabitando con la naturaleza (…) el diseño regenerativo y ecológico implica flexibilidad, adaptabilidad, armonía, eficiencia, utilización de materiales orgánicos y sustentables, reconocimiento y puesta en valor de los atributos de nuestro entorno, participación comunitaria y pertinencia cultural. Hablamos de paisajismo social porque no hay división, realmente, entre nuestra existencia social y la naturaleza, nos encontramos implicados”, asegura la arquitecta Eugenia Gazmuri.

Parque Ecoeducativo en Liceo Emblemático de Santiago ©Driada
Parque Ecoeducativo en Liceo Emblemático de Santiago ©Driada

La educadora en agroecología, Claudia Flisfisch, añade otras ideas que van desde “planes de compostaje a menor y mayor escala para vivificar los suelos, sistemas que permitan reciclar y reutilizar las aguas, así como retenerlas en el suelo y el subsuelo, la creación de ordenanzas municipales que incentiven el uso de flora nativa en el espacio público, la creación de corredores biológicos que conecten plazas y espacios naturales, la creación de parques y jardines botánicos, viveros municipales, huertas comunitarias y educativas (…) son todas acciones que apuntan a crear ciudades más amigables con todas las formas de vida, incluyendo a los insectos”.

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En muchas ocasiones, la falta de educación ambiental, la publicidad y los medios de comunicación han derivado en la caricaturización de la entomofauna como “enemigos” o “seres perjudiciales”. Por lo mismo, muchos no titubean a la hora de rociar insecticidas, incluso con fines cosméticos, es decir, para mejorar la apariencia de los espacios verdes como jardines y parques.

Además, el uso de plaguicidas, herbicidas y fertilizantes es una medida común en la industria agrícola para evitar daños o pérdidas en los cultivos. Esto también se  observa en Chile, donde se han aprobado al menos 44 pesticidas que han sido prohibidos en Europa por sus efectos negativos en polinizadores.

Mariposa colorada Vanessa carye ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba
Mariposa colorada Vanessa carye ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba

Lo preocupante es que se ha constatado cómo los pesticidas suelen dañar a las poblaciones de insectos benéficos que no son el objetivo de la acción, e incluso la presencia de estas sustancias en lugares lejanos a su aplicación, por ejemplo, en arroyos urbanos y otros ecosistemas acuáticos cercanos a zonas agrícolas. Su uso desmedido también puede promover que seres como los mosquitos desarrollen resistencia a estos venenos.

Schapheer reconoce que “donde implica un desafío mayor es a escala productiva, por ejemplo, en la agricultura. Ahí se deben actualizar las prácticas, pero hay alternativas como la agroecología, que prescinde del uso de imputs externos tales como plaguicidas”.

En efecto, la agroecología considera la biodiversidad nativa como parte del sistema agrícola e incluso se beneficia de ella. Por ejemplo, si le brindamos un espacio a la naturaleza local, podemos favorecer la presencia de depredadores (como otros insectos y aves) que actúan como controladores biológicos de otras especies que podrían “dañar” la plantación.

En el ámbito doméstico, las medidas incluyen desde usar mangas largas cuando los mosquitos estén activos, hasta mantener las mallas de las ventanas en buen estado y eliminar el agua estancada en recipientes como baldes, canaletas, etc.

Para Schapheer, “la solución implica un cambio cultural, desarrollar tolerancia y nada más. Para el caso de los insectos nativos en Chile, prácticamente no hay especies que sean verdaderamente nocivas, el conocimiento es nuestro mejor aliado. Debemos aprender sobre su biología y con eso tomar medidas de bajo impacto ambiental, a escala doméstica esto es relativamente simple. Un ejemplo típico son las termitas, las termitas chilenas nidifican en el mismo pedazo de madera del cual se alimentan, por lo que si las detecto en la casa basta con reemplazar la pieza de madera. Otros insectos molestos son los zancudos, en este caso si evitamos tener fuentes de agua estancada no habrá mayores problemas”.

Termita de madera húmeda (Porotermes quadricollis), nativa de Chile ©Vicente Valdés Guzmán
Termita de madera húmeda, nativa de Chile ©Vicente Valdés Guzmán

Por otro lado, se recomienda disminuir el uso de otro tipo de contaminantes, como aerosoles, jabones y productos que son empleados para la limpieza de vehículos y exteriores de edificios, ya que poseen amoníaco, metales pesados, nitrógeno, hidrocarburos, fósforo y surfactantes que pueden escurrir, drenar e impactar en ecosistemas acuáticos y terrestres.

Sotomayor detalla que “se recomienda eliminar el uso de aerosoles, aumentar el uso de bicicletas y transporte público y reemplazar productos de aseo y limpieza por productos biodegradables. Además, es importante disminuir los volúmenes de basura mediante la gestión de nuestros desechos a través del reciclaje y reutilización de desechos orgánicos para vivificar los ecosistemas de los suelos y dejar de verlos como un soporte inerte, carente de vida”.

La luz tiene su lado oscuro, en especial por la contaminación lumínica, que se refiere al uso ineficiente, innecesario o extremo de fuentes de luz artificial, la cual aumenta el brillo del cielo nocturno. Esto desencadena varios efectos no solo en la demanda energética y salud humana, sino también en la biodiversidad, pues los peces, tortugas marinas, aves y bichos son algunas de sus víctimas.

Sobregiro Ecológico – Contaminación Lumínica © WWF
Contaminación Lumínica © WWF

Según algunos cálculos, la contaminación lumínica nocturna ha aumentado de manera considerable desde la década de 1990, llegando a duplicarse en algunas de las áreas con mayor biodiversidad del mundo.

En el caso concreto de la entomofauna, las luces artificiales atraen a insectos nocturnos, erigiéndose como verdaderas trampas sensoriales que pueden matarlos por agotamiento o derivar en su depredación. Esto explicaría, en parte, el declive de algunas polillas “trasnochadoras” en Europa, y la reducción del éxito reproductivo en luciérnagas que se valen, precisamente, de su propia luz para atraer parejas. No hay cómo competir con miles de focos.

Pizarro precisa que “la contaminación lumínica y el efecto en la entomofauna es un tema no evaluado en Chile. Estudios recientes demuestran una reducción de un 50% de la diversidad de polillas por efecto de la contaminación lumínica en su conducta. No olvidemos que las polillas son excelentes agentes de polinización nocturnas en la flora del norte de Chile”.

Polilla nativa Ormiscodes socialis ©Vicente Valdés
Polilla nativa Ormiscodes socialis ©Vicente Valdés

Por ello se invita a la ciudadanía a apagar las luces innecesarias, así como a atenuar las fuentes de luminosidad, usar focos con sensor de movimiento, proteger las bombillas y, para los más comprometidos, recurrir a ampolletas cuya luz sea de color ámbar o rojo, ya que son menos atractivas para estos pequeños invertebrados.

El entomólogo de la Universidad de La Serena destaca otro tipo de iniciativas, como la mesa de trabajo por el Cuidado de los Cielos Nocturnos de la Región de Coquimbo, impulsada por la Seremi de Ciencia de la Macrozona Centro y presidida por el Gobierno Regional, lo que también podría beneficiar a estas pequeñas criaturas.

Muchos desconocen las características, roles y beneficios que brindan los insectos y arácnidos, entre otros artrópodos, mientras las ideas erradas y sensacionalistas son amplificadas de manera constante por los medios de comunicación, alejándose muchas veces de la evidencia disponible.

Bien lo sabe Schapheer, quien está habituada a escuchar comentarios negativos cuando cuenta que trabaja con cucarachas nativas del género Moluchia (benévolas reinas del bosque y matorral esclerófilo que, por cierto, son distintas a las especies introducidas que moran en ciudades, como la famosa Blattella germanica).

Ninfa y hembra de Moluchia, cucharachas nativas ©Constanza Schapheer
Ninfa y hembra de Moluchia, cucharachas nativas ©Constanza Schapheer

Uno de los desafíos más grandes consiste en promover una percepción positiva de la entomofauna nativa, a través de la discusión pública y la educación ambiental desde temprana edad. Lo anterior es fundamental, ya que la conexión emocional con los animales alcanzaría su punto máximo entre los 6 y 12 años de edad.

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Por ello, y al igual que otros colegas, Schapheer ha aprovechado cada oportunidad para dar a conocer a estos desconocidos e incomprendidos animales, ya sea a través de charlas, prensa y actividades en las aulas y al aire libre.

Mosca verde Lucilia sericata ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba
Mosca verde Lucilia sericata ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba

A esto se suma la diferencia de escala. Al ser diminutos, los insectos no se aprecian con facilidad, lo que a veces dificulta el conocimiento y la sensibilización de la ciudadanía. Es ahí cuando entran en escena disciplinas y espacios como la fotografía, las plataformas digitales y las redes sociales. Basta con buscar páginas web, blogs como el «Bicho de la semana» y cuentas de Instagram que nos muestran el mundo en miniatura como nunca lo hemos visto.

Ciervo volante (Chiasognathus grantii) ©Vicente Valdés
Ciervo volante (Chiasognathus grantii) ©Vicente Valdés

Esa es la misión que ha asumido Vicente Valdés, fotógrafo naturalista y fundador de Biodiversidad Chilena: “La macrofotografía básicamente nos sumerge en un ‘universo paralelo’ que está siempre ante nuestros ojos, pero que no conocemos, ya que no siempre desarrollamos el arte de observar en detalle y con detención. Por lo mismo, resulta ser la mejor herramienta para que la gente vea una puerta de entrada más ‘amigable’ a los insectos, arañas, hongos, flores, etc.”.

En ese sentido, el fundador de Biodiversidad Chilena ha visto un cambio en las actitudes de seguidores virtuales y personas que han aprendido en terreno sobre los protagonistas del micromundo. Para retratarlos, recomienda “buscar minuciosamente en todos los rincones, en el follaje, en el suelo, en los troncos, en las piedras, y verán que siempre hay abundante vida, de noche y de día. Luego, siempre acercarse respetuosamente para poder registrar”.

Burrito (Tartarisus signatipennis) ©Vicente Valdés
Burrito (Tartarisus signatipennis) ©Vicente Valdés

Y aunque no siempre logremos postales en alta definición, Valdés alienta a que las “compartan en todas sus redes sociales, independiente de la calidad de la foto. Si bien la gran mayoría de veces una ‘buena foto’ atrae más miradas, cualquier registro sirve para dar a conocer -al menos a tu círculo cercano- las especies que captaste. Y algo muy importante: idealmente la foto siempre debe acompañarse de un texto educativo, informativo o experiencial. Datos de historia natural, hábitos, distribución, etc., junto con lo más valioso, que son las observaciones mismas en campo y cómo uno vivió el encuentro”.

Algo que cobra especial relevancia en el sur de Sudamérica es el rescate de la diversidad biocultural (biológica y cultural) tan propia de nuestro territorio. La entomofauna ha estado en nuestras vidas ahora y siempre, por lo que relevar y resignificar nuestras experiencias, la memoria y los saberes locales y ancestrales (por ejemplo, el vínculo entre el amenazado abejorro colorado y el pueblo mapuche), son algunas formas de valorar, recordar y traer a la palestra a estos terrícolas.

Abejorro colorado o mangangá (Bombus dahlbomii) en Argentina ©Eduardo Zattara
Abejorro colorado (Bombus dahlbomii) ©Eduardo Zattara

“Estas transformaciones requieren de una mirada interdisciplinaria, que contemple además el fomento de espacios inclusivos de educación ambiental y sensibilización al aire libre y en el espacio público, pues no basta con medidas urbanísticas, arquitectónicas o paisajísticas. Lo que realmente necesitamos es construir juntos una cultura del Buen Vivir, que valore en todas sus dimensiones la diversidad biocultural, el Itrofil Mongen. Sólo así podremos apreciar y cuidar todas las formas de vida, pues ‘sólo se puede amar aquello que se conoce’”, señala Flisfisch.

Junto a eso, es importante considerar que en Chile hay más de 10 mil especies descritas de insectos, de las cuales más de la mitad son endémicas, es decir, solo viven en este país. Sin embargo, alrededor de 76 especies están clasificadas según estado de conservación, y más de la mitad están bajo algún grado de amenaza (“vulnerable”, “en peligro” o “en peligro crítico”).

En otras palabras, se sabe menos del 1% de los insectos del territorio chileno, sin mencionar a otro tipo de artrópodos. Con estos vacíos y brechas resulta imposible impulsar acciones contundentes para su protección.

Hesperia del pasto Hylephila fasciolata ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba
Hesperia del pasto Hylephila fasciolata ©Laboratorio de Entomología Ecológica, ULS – Proyecto Artrópodos del Humedal urbano de La Chimba

Una forma de contribuir es a través de iniciativas de ciencia ciudadana, donde las personas pueden colaborar con el levantamiento de datos. Un claro ejemplo es iNaturalist, donde cualquiera puede compartir sus fotos y observaciones, ayudando a las y los científicos a encontrar y utilizar aquellos reportes. Ese es el caso de la Red Chilena de Polinización, la cual acude a esa plataforma para complementar su investigación sobre polinizadores.

Nuestros entrevistados destacan otras cuentas y proyectos de divulgación y ciencia ciudadana, como el de la Chinita arlequín, Salvemos nuestro abejorro, Moscas Florícolas y el Laboratorio de Entomología Ecológica de la Universidad de La Serena.

La toma de decisiones a través de políticas públicas se relaciona con todos los puntos anteriores, ya que es clave para avanzar hacia un modelo económico y de desarrollo que considere las crisis socioambientales actuales, así como la apremiante protección de la biodiversidad.

“Necesitamos que la diversidad de especies nativas en Chile cuente con medidas reales y efectivas para su conservación; actualmente contamos con alrededor de más de 120 especies de insectos y arácnidos protegidos en Chile, lo que nos ha tomado casi 20 años de trabajo”, subraya Pizarro.

Araña saltarina (Trydarssus sp.), Los Molles, Valparaíso ©Vicente Valdés Guzmán
Araña saltarina (Trydarssus sp.), Los Molles, Valparaíso ©Vicente Valdés Guzmán

Existen interesantes referencias internacionales, como la iniciativa nacional BioAlfa de Costa Rica que pretende conocer e identificar la biodiversidad silvestre para así integrarla a la sociedad. Se suma el proyecto «Miles de jardines – Miles de especies» del Ministerio Federal de Medio Ambiente de Alemania. Destacable es la acción ciudadana que logró que la mariposa azul de Miami fuera incluida en la Ley de Especies en Peligro de Extinción en Estados Unidos, así como la reducción o eliminación del uso de plaguicidas de uso cosmético exigida por ley en Nueva Escocia y Ontario.

No olvidemos la prohibición de algunos pesticidas en la Unión Europea, un paso que debería seguir Chile ante una evidente falta de actualización y regulación en esta materia, junto a otras medidas propuestas por la academia, como el control y cese de la importación del abejorro europeo (Bombus terrestris) que amenaza al abejorro colorado o moscardón (Bombus dahlbomii).

En definitiva, el llamado es a participar en instancias políticas; movilizarse e interactuar con autoridades, instituciones y comunidades locales; y dar mayor apoyo y financiamiento a la ciencia y programas de conservación.

Pololo o San Juan (Brachysternus prasinus) ©Vicente Valdés
Pololo o San Juan (Brachysternus prasinus) ©Vicente Valdés

Actualmente estamos viviendo en proceso histórico, la redacción de la primera constitución con participación y representación ciudadana. Por eso quisiera destacar la medida de participar en la política local, apoyar la ciencia y votar. Creo que, de alguna manera, engloba a las demás. Si bien acciones como preferir plantas nativas en los jardines es muy importante, ya que en teoría mantienen una superficie no despreciable de hábitat para los insectos y otros animales, acá hacen falta medidas a mayor escala, que surjan desde las políticas públicas. Es muy importante apoyar y potenciar la ciencia localizada, además, considerando que Chile es un país exportador de materias primas, es necesario y urgente modernizar las prácticas productivas hacia alternativas con bajo impacto ambiental”, concluye Schapheer.

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