Durante los últimos años hemos sido testigos de una abundante proliferación de incendios forestales. Las condiciones climáticas, con  temperaturas cada vez más altas registradas en verano, sumadas a acciones irresponsables por parte de las personas –sobre todo por quienes inician incendios intencionalmente–lamentablemente ponen en la contingencia, cada año, el asunto del control y la prevención de incendios. En distintos niveles de gobernanza, el Estado se hace cargo del problema a través de instituciones públicas como la Corporación Nacional Forestal (CONAF) o las municipalidades, mediante el despliegue de infraestructura, financiamiento y capacitaciones en materia de control del fuego y prevención dirigida hacia la población.

Tales esfuerzos son valiosos y necesarios en la materia. No obstante, existen otros espacios para la toma de decisiones y acciones igualmente válidos, incluso más necesarios de atender, con el fin de alcanzar una prevención fundamentada en el saber socioecológico de los territorios afectados: los espacios protegidos – generalmente rurales – en donde conviven humanos y ecosistemas.

©Francisca Vergara
©Francisca Vergara

Los incendios tienen impactos particulares según el lugar en donde se producen, aunque los daños suelen ser casi siempre muy altos tanto para los pueblos como para la biodiversidad. En 2015, por ejemplo, fuimos testigos del gran incendio de la Reserva Nacional China Muerta, Región de La Araucanía, que arrasó con más de 3.000 hectáreas de bosque nativo. Junto con Noelia Figueroa, economista, visitamos el área con el propósito de estudiar y comprender los impactos sociales y culturales del incendio en las comunidades afectadas. Este incendio recién fue público luego de transcurridos tres días, a través de distintos medios de comunicación y tardó más de veinte días en ser controlado. Al mismo tiempo, y desde las primeras horas de iniciado el incendio, en distintos sectores cordilleranos de Melipeuco y Lonquimay, comunidades mapuche pewenche comenzaban a organizarse conformando una brigada pewenche para combatir el avance del fuego.

Lo que hallamos, entre varios resultados, fue el crucial significado que adquirieron las araucarias (Araucaria araucana) envueltas por el fuego. El incendio consumió miles de hectáreas de bosque, causando la muerte de muchas especies nativas de fauna y flora, todas ellas muy importantes para el pueblo mapuche pewenche. Pero fue especialmente la araucaria la especie que movilizó a las comunidades a detener el avance del incendio.

¿Por qué ocurrió esto? La araucaria es una especie forestal sagrada, de alto valor simbólico y también ecológico, económico y alimentario para las comunidades pewenche que habitan en la cordillera. Estuvo por muchos años asociada a la explotación maderera; su madera era altamente codiciada. La explotación fue tanta que, en las décadas de 1980 y 1990, las mismas comunidades pewenche que combatieron el incendio de 2015, se reunieron y lucharon por acabar con la explotación de la araucaria, teniendo como resultado de sus esfuerzos la promulgación del Decreto Supremo N° 43 de 1990 que declara como monumento natural a la araucaria, prohibiendo su tala hasta entonces indiscriminada.

Perder bosques de araucarias tiene altos impactos ecológicos. La restauración ecológica de la R.N. China Muerta tardará cientos de años, según estudios realizados en el área afectada. Eso es evidente. Pero la pérdida de araucarias tiene también altos impactos sociales y culturales. Este pueblo originario estableció hace cientos de años como base de su cultura una relación socioecológica entre humanos y una especie forestal: la araucaria.  Por ello es que los incendios forestales no sólo pueden verse en términos de daño a la naturaleza, sino además a la cultura.

La araucaria en lengua mapuche es llamada pewen, y pewenche significa “gente de las araucarias”. El despliegue indígena en el caso del incendio de 2015 nos permitió observar esto, entender que cuando ocurre un incendio forestal (en este caso en áreas protegidas) en lugares donde conviven humanos y bosques nativos, se debe tener en cuenta que muy probablemente exista un bagaje de conocimientos situados con relación a la naturaleza, el territorio, sus caminos, las fuentes de agua, las quebradas, la proximidad de sus casas, la localización de lugares significativos, etc. Conjunto de conocimientos que de ser considerados y puestos en práctica, pueden disminuir las proporciones de un incendio, incluso proteger la vida de quienes, sin conocer los territorios a donde son enviados (como brigadistas, bomberos o voluntarios), arriesgan sus vidas.

Bandera mapuche ubicada en lugar donde se estableció la brigada pewenche para combatir el incendio, en las cercanías de Icalma ©Francisca Vergara
Bandera mapuche ubicada en lugar donde se estableció la brigada pewenche para combatir el incendio, en las cercanías de Icalma ©Francisca Vergara

Tras casi cuatro años de aquel incendio, creemos que hoy es necesario recordarlo. Fue considerado una catástrofe ecológica, como probablemente lo será el actual incendio en la comuna de Cochrane, Región de Aysén. Sobre todo para recordar cómo fue enfrentado no sólo por expertos técnicos, sino también por expertos territoriales, es decir, por habitantes que conocen plenamente sus territorios y los bosques con los cuales conviven, quienes fueron capaces de contribuir al control del fuego y a su prevención; quienes, desde entonces, anhelan ser incorporados a la gestión de las áreas que protegen a las araucarias, a través de un rol activo como recorredores o inclusive mediante el co-manejo de las reservas (iniciativa necesaria de evaluar).

Los incendios pueden evitarse tomando una actitud realmente sencilla: respetando las otras formas de vida con las cuales compartimos esta biosfera; mediante el respeto por sus hábitats y por el valor que tienen para ciertos grupos humanos que mantienen una relación profunda con la naturaleza, como aquella construida entre comunidades pewenche y las milenarias araucarias. Cuando ocurren incendios forestales, perdemos todos. Aunque mucho más aquellas poblaciones que en los bosques tienen sus medios de vida. Cuando los prevenimos, todos ganamos. No es difícil entender por qué los pueblos originarios – de Chile y el mundo – protegen con tanto ahínco los ecosistemas con los cuales conviven. Prevenir los incendios forestales es una tarea colectiva, hay mucho que aprender de los pewenche, y seguro que de otros pueblos y comunidades de nuestro país también.

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