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OPINIÓN | Usos consuetudinarios o lo que significa vivir el mar
Para la comunidad kawésqar, el mar no es solo un espacio geográfico, sino parte de una forma de vida transmitida durante miles de años. Navegar, pescar, recolectar, bucear, tejer y habitar el territorio forman una trama inseparable que depende de un ecosistema sano. Esta columna aborda la necesidad de reconocer estos usos ancestrales y la tensión que existe con actividades que, desde la perspectiva de la comunidad, amenazan las condiciones que permiten mantenerlos.
«Para nuestro la comunidad kawésqar, un uso consuetudinario no es un dato que se anota en un formulario. Es la manera en que hemos vivido el mar durante más de siete mil años, y que seguimos viviendo hoy. No es folclore que se muestra en una fecha, ni una costumbre del pasado que se recuerda con nostalgia. Es lo que hacemos cuando navegamos nuestros canales, al bajar a las riveras, sumergirnos en el agua o en el bosque. Vivir el mar, para nosotros, es todo eso junto, y no se puede separar en partes sin dejar de ser lo que es.
Navegamos, como lo hizo siempre un pueblo canoero, y mientras navegamos pescamos lo que necesitamos: no una faena industrial, sino lo justo, cuando hace falta, para seguir camino. Recolectamos en la marea baja, entre las rocas, el erizo y el marisco que el mar deja al descubierto. Buceamos en apnea, como bucearon nuestras abuelas, para alcanzar lo que la orilla no da. Recogemos el junquillo y lo tejemos, y en ese tejido —cestería, adornos— se sostiene no solo un oficio sino un bienestar del espíritu. Del bosque tomamos alimento y medicina, y los materiales con que se levanta el At, nuestra vivienda. Encendemos fuegos donde hubo campamentos antiguos, y alrededor de ellos traspasamos a los niños, hablando, la memoria de quiénes somos. Cazamos, también, como parte de esta vida. Cada una de estas prácticas es una hebra; ninguna se entiende sola, así son nuestras economías.

Porque en nuestra cosmovisión todo está conectado. De lo humano se pasa a lo animal, y de lo animal al territorio, en un círculo que no se puede romper. El mar y la tierra no son dos cosas: son un mismo cuerpo del que formamos parte. Por eso cuidar el territorio no es para nosotros una política ambiental, sino una forma de cuidarnos a nosotros mismos. Dañar el agua es dañar al pez, y dañar al pez es dañarnos. Esa es la ley más antigua que conocemos, y es anterior a cualquier reglamento.
Conviene decir con claridad algo que se tergiversa a propósito: esta forma de vivir el mar es compatible con casi todo lo que ocurre en el borde costero. Convivimos, y queremos seguir conviviendo, con la pesca artesanal, con la pesca recreativa, con la navegación, con el turismo que respeta el lugar, con la investigación científica. Nada de eso nos estorba, y a nada de eso le cerramos el paso. Un Espacio Costero no expulsa a nadie ni levanta un cerco sobre las aguas: reconoce un uso ancestral y lo hace convivir con los demás. Quien diga que pedir nuestro reconocimiento es cerrar el mar, miente, y lo sabe.
Hay una sola actividad con la que no podemos convivir, y no es por competencia ni por capricho: la salmonicultura. No la rechazamos porque ocupe un espacio, sino porque rompe el círculo. Sus centros de cultivo cargan el agua de materia orgánica hasta dejar el fondo sin oxígeno, vuelcan antibióticos que alteran la vida marina, y sus escapes de salmones golpean a las especies nativas de las que dependemos. Donde eso ocurre, el mar deja de ser el mar que conocemos: el pez se va o enferma, la orilla se empobrece, y la vida que describimos más arriba se vuelve imposible. No es que no queramos a la industria en «nuestro» territorio. Es que su forma de operar y la vida que defendemos no pueden ocupar el mismo lugar, porque una destruye las condiciones de la otra.

Eso es lo que el Estado vendrá a comprobar en las próximas semanas: no un catálogo de costumbres pintorescas, sino una vida entera que sigue en pie y que pide, apenas, que se la deje seguir. Comprobar nuestros usos debería ser reconocer esta trama —el que navega y pesca lo justo, la que bucea, quien teje el junquillo, el fuego que enseña— y entender que todo eso se sostiene sobre un mar sano. Venir a comprobar quiénes somos y, al mismo tiempo, permitir que se destruya el agua sobre la que existimos, sería negar con una mano lo que se reconoce con la otra. Nosotros llevamos siete mil años probando que existimos. Lo seguimos haciendo cada vez que salimos a navegar.«
*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Comunidad Indígena Kawésqar Grupos Familiares Nómades del Mar