“Qué lástima que la vida es tan corta, y la cordillera tan larga”.

Así expresaba Fiedrich Reichert, explorador alemán del siglo XX, llamado el padre de los andinistas, su emoción por los Andes. ¿Cuántas vidas harían faltar para subir todas las montañas que llenan dos tercios del territorio continental chileno? ¿Hacia dónde llevaríamos nuestra sed de aventura sin esa loca geografía?

A diferencia de Reichert, yo soy parte de la gran mayoría de chilenos que veía la montaña como una proyección del cielo, algo inexplorable, lejano, un telón de fondo abstracto que solo cobraba vida con la llegada del invierno y la nieve. ¿Por qué aprendimos a asociar la cordillera con palabras negativas? Recuerden lo que escuchábamos en el colegio cuando éramos niños. Que la cordillera era peligrosa, inhóspita, un muro que divide países. Durante la conquista, los españoles inmortalizaron esa imagen en sus relatos: un sitio de penurias, un lugar de paso. ¿Y ahora?

Ahora su imagen ha cambiado. Cada vez más, la gente va a la cordillera en busca de algo vital que no encuentra en la ciudad. “Casi todos los días en Santiago”, escribía el poeta Luis Oyarzún, “el habitante sufre consciente o inconscientemente la falta de paisaje, la asfixiante plenitud atmosférica y urbana”. Y lo primero que observan, con el deseo de llenar ese vacío, no es la sierra de Ramón ni el cerro El Plomo ni el Cajón del Maipo. Son los cerros que tenemos al alcance.

Los cerros isla.

Desde el gobierno regional hemos impulsado su recuperación para acortar la brecha territorial de áreas verdes de Santiago, donde las comunas más vulnerables tienen hasta 11 veces menos cobertura verde que las de mayores ingresos. Lo paradójico es que más del 70% de la superficie total de los cerros isla se encuentra en comunas de estratos socioeconómicos medios y bajos, es decir, están ahí, a la espera de que aprovechemos su potencial para devolverles a las personas el acceso a la naturaleza. Por eso, en esta séptima versión de la Semana Internacional de la Montaña, que se llevará a cabo el 1 y el 2 de octubre en el GAM, vale la pena pensar en el futuro de estos cerros.

Lo que me gusta de los veintiséis cerros isla de Santiago es su cercanía. No es lo mismo convencer a alguien de pasar tres horas en micro y otras dos de caminata en el Cajón del Maipo que convencer a esa misma persona de ir a un cerro isla en su comuna, al que se puede llegar caminando en una fracción del tiempo. Ya me imagino la alegría de los vecinos de San Bernardo cuando se inaugure el Parque Metropolitano Sur Cerro Chena, y los vecinos de Renca cuando terminen las obras del proyecto Mirador Cumbre Cerros de Renca (dos nuevos pulmones verdes para la ciudad). La historia cambia cuando la cordillera viene a ti.
Tiempo atrás, en el lanzamiento de un libro de la Editorial Chilena de Montaña, una señora que nunca había subido un cerro levantó la mano y dijo:

—Yo no sé qué pensarán ustedes, pero para mí, solo por ser chilenos, somos montañistas. Todos somos montañistas.

En la actualidad, muchos de estos cerros se encuentran abandonados y heridos, ya sea por la extracción de madera, incendios, motociclismo o depósitos ilegales de basura, que disminuyen su cobertura vegetal, la que tarda –lean bien– ¡más de dos siglos en crecer un centímetro de espesor! Pero no tiene que ser así. Si les devolvemos su lugar, si dejamos de mirarlos como accidentes, los cerros isla se convierten en mucho más que un paseo o un lugar donde descansar la mirada.

Se convierten en ese lugar del que uno siempre vuelve un poco mejor de como llegó.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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