OPINIÓN | El mensaje del termómetro planetario
El Planetary Health Check 2026 advierte que siete de los nueve límites planetarios ya fueron sobrepasados, reduciendo el margen de seguridad para la vida humana y los ecosistemas. Más que anunciar un colapso inminente, el informe plantea una urgencia: actuar con base en la ciencia, restaurar los sistemas naturales y acelerar las decisiones capaces de revertir las tendencias más críticas. Revisa todos los detalles en esta columna escrita por el Dr. Ricardo Barra Ríos, profesor titular de la Facultad de Ciencias Ambientales y del Centro de Ciencias Ambientales EULA-Chile de la Universidad de Concepción.
Imaginemos un termómetro que no mide la fiebre de una persona, sino la salud de todo el planeta. Eso es, en esencia, el Planetary Health Check 2026, el informe publicado esta semana por el Potsdam Institute for Climate Impact Research (PIK). Su diagnóstico es claro y preocupante: siete de los nueve “límites planetarios” —los umbrales que mantienen estable el funcionamiento de la Tierra— ya fueron sobrepasados. El más reciente en caer fue la acidificación de los océanos, un proceso que amenaza las cadenas alimentarias marinas y reduce la capacidad del mar de absorber carbono.

¿Qué son estos límites planetarios? En palabras simples, son las “reglas del juego” que ha seguido la Tierra durante los últimos diez mil años, el período en que floreció la civilización humana. Incluyen el clima, el agua dulce, los bosques y suelos, la biodiversidad, e incluso la presencia de sustancias fabricadas por el ser humano, como plásticos y pesticidas. Mientras nos mantengamos dentro de esos límites, el planeta funciona como un sistema estable y predecible; al cruzarlos, entramos en un terreno de mayor incertidumbre y riesgo.
Lo importante de este informe no es anunciar un colapso inminente, sino mostrar que el margen de maniobra se está reduciendo, tanto para los gobiernos como para las empresas. Y hay algo clave: estos límites no actúan de forma aislada, sino interconectada. El cambio climático, la pérdida de bosques y biodiversidad, la escasez de agua dulce y la contaminación química se potencian entre sí tal como lo advirtiéramos en el informe GEO 7. Cuando un sistema se debilita, los demás pierden parte de su capacidad de amortiguar el daño, y las transgresiones se aceleran.


Un ejemplo concreto: los bosques y los océanos han sido, históricamente, los grandes filtros que absorben buena parte del exceso de dióxido de carbono que generamos. Pero sequías más largas e incendios más intensos están saturando esa capacidad. Esto pone en jaque las metas de neutralidad climática de países y empresas, que dependen justamente de que la naturaleza siga cumpliendo ese rol.
No todo son malas noticias. El informe también destaca que la capa de ozono continúa recuperándose de forma sostenida, gracias al Protocolo de Montreal, firmado hace casi cuatro décadas. Es la prueba de que, cuando la ciencia orienta acuerdos internacionales vinculantes, es posible revertir incluso las tendencias más críticas.

Los científicos Boris Sakschewski y Johan Rockström, autores principales del informe, insisten en que el desafío actual no es la falta de soluciones técnicas —esas existen—, sino la velocidad con que gobiernos, empresas y sociedad las incorporan a sus decisiones. Se necesita una gobernanza basada en evidencia científica y una inversión decidida en restaurar los sistemas naturales que nos sostienen.
Porque, en definitiva, este termómetro planetario no solo mide fiebre: también mide nuestra capacidad de reacción. Exigir a nuestros gobiernos que cumplan los compromisos internacionales, respaldar la ciencia y la restauración de ecosistemas, y reducir nuestra propia huella ambiental son pasos que, sumados, pueden devolverle margen de maniobra a la Tierra. El tiempo para actuar no es ilimitado, pero tampoco se ha agotado: depende de nosotros que este diagnóstico se convierta en el punto de partida de una respuesta real, y no en una alarma más que dejamos pasar.


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Dr. Ricardo Barra Ríos