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Bosques, pomponales, güiñas y monitos del monte: Explorando el Refugio Butamanga, hogar de la nueva población de ranita de Darwin
En el norte de la Isla Grande de Chiloé, el Refugio Butamanga resguarda una sorprendente biodiversidad. Entre bosques y humedales habitan pudús, güiñas e incluso monitos del monte. En 2025, el hallazgo de una población de ranita de Darwin -una de las especies más amenazadas de Chile- encendió una alerta: el descubrimiento ocurrió muy cerca del trazado de una línea de transmisión eléctrica que pretende atravesar el refugio.
Al norte de la Isla Grande de Chiloé, se encuentra el Refugio Butamanga, un predio de 18 hectáreas donde sus gestores han impulsado durante más de una década un proyecto de conservación en un territorio marcado por la fragmentación del bosque y la expansión de infraestructura. En este espacio, que reúne bosques, humedales, esteros, pomponales, praderas y matorrales, han ido registrando una diversidad de especies que incluye anfibios, aves rapaces, mamíferos y polinizadores nativos.

El hallazgo más reciente ocurrió en 2025, cuando registraron una población de ranita de Darwin, una especie en peligro de extinción. El descubrimiento se produjo muy cerca del trazado de una línea de transmisión eléctrica proyectada por la empresa Transelec, que atravesaría parte del refugio, afectando bosques y humedales, hábitat de las especies de la zona.

El Refugio Butamanga es una iniciativa de conservación familiar ubicada en la localidad del mismo nombre, al norte de Chiloé, cerca del canal de Chacao. Detrás del proyecto no hay grandes instituciones ni financiamiento permanente, sino el trabajo directo de sus gestores, quienes han desarrollado distintas actividades productivas y de restauración para sostener el predio y sus acciones de conservación.
“Llegamos a Butamanga hace poco más de diez años, atraídos por el bosque, los humedales y la posibilidad de hacer conservación aplicada, además de la aspiración de construir una vida en el campo. Los primeros años nos concentramos en hacer agroecología, apicultura y crianza de ovejas para poder sostener el proyecto”, recuerda Andrés Lagarrigue, gestor del refugio. Con el tiempo, comenzaron también a desarrollar acciones de conservación, como restauración, reforestaciones y actividades de investigación y educación ambiental en el predio.

Con el paso de los años, la riqueza de la biodiversidad comenzó a hacerse evidente en los registros que fueron acumulando. Enormes ulmos, coigües y mañíos, pudús, aves rapaces, güiñas, abejorros nativos y un coro permanente de ranas y sapitos se fueron haciendo presentes, revelando el valor ecológico que aun persiste en un sector marcado por un largo historial de explotación del bosque y, más recientemente, por la expansión de infraestructura.


A esta diversidad de especies, se suman registros recientes de ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii), una especie en peligro de extinción. Con este descubrimiento, el refugio completa el registro de al menos ocho especies de anfibios presentes en esta zona de Chiloé. Además, en el refugio han logrado registrar una población de monito del monte (Dromiciops gliroides) que aún debe ser estudiada. Así, con el tiempo, lo que comenzó como un proyecto de vida en el campo, fue adquiriendo cada vez más sentido como iniciativa de conservación.



A medida que fueron conociendo mejor la biodiversidad del lugar, también se hizo más evidente el desafío de sostener ese trabajo de conservación sin financiamiento estable ni apoyo institucional. En ese contexto, en el 2019 participaron de la conformación de la Red de Iniciativas de Conservación Privada de Chiloé, una comunidad orientada al apoyo mutuo y al intercambio de experiencias entre iniciativas que buscan proteger espacios de alto valor en el Archipiélago.
A través de talleres, encuentros y colaboración entre proyectos, comenzaron a compartir aprendizajes y a explorar distintas formas de fortalecer su trabajo de conservación, incorporando herramientas como la ciencia ciudadana, el arte, el turismo científico, la innovación y el trabajo en red.

Sin embargo, este camino de conservación se vio interrumpido para el Refugio ese mismo año, cuando la empresa Transelec presentó un proyecto para construir una línea de transmisión que atravesaría el predio, afectando bosque y humedales. El proyecto contempla en el lugar, una torre de casi 60 metros de altura -similar a un edificio de 20 o 24 pisos- y una faja de servidumbre de 55 metros de ancho -más ancho que la mayor parte de la Alameda en Santiago-. Esto se sumaría a los 30 metros de servidumbre de una línea de transmisión preexistente, que genera procesos de fragmentación en el área.
“Cuando tu identidad se construye en torno a un lugar, ya sea por un sueño, un proyecto de vida, o cosmovisión -, iniciativas como estas que niegan la existencia de todo aquello que estas defendiendo, tienen un impacto enorme. Estas líneas de transmisión, que supuestamente son para conectar, muchas veces terminan haciendo lo contrario: desconectan ecosistemas, comunidades, y también a las personas de los lugares que intentan cuidar», asegura Andrés.
Frente a esta situación, decidieron participar en reuniones y actividades de participación ciudadana, entre pandemia y los confinamientos. Con el paso del tiempo, percibieron que los estudios del proyecto no recogían muchas de sus preocupaciones ni su conocimiento del lugar, mientras la evaluación ambiental continuaba avanzando.

Pese a asumir que sería una disputa difícil, decidieron no abandonar sus esfuerzos de conservación, aun cuando muchas de las decisiones de lo que pasaría en Chiloé se estaban tomando lejos del territorio.
“Pese a lo que se ha dicho oficialmente, esta línea busca habilitar una gran cantidad de mega-proyectos energéticos en la isla, cuyo impacto acumulativo es difícil de dimensionar”, comenta Andrés.
En paralelo, continuaron fortaleciendo su trabajo de conservación. En 2020 iniciaron el proceso para ser reconocidos como “Refugio de Ranitas”, en el marco del programa de conservación de tierras de la ONG Ranita de Darwin. Tras realizar líneas de base y monitoreos, obtuvieron el reconocimiento mediante la firma de un acuerdo de conservación, que incluye seguimiento periódico de los anfibios y asesoría. También postularon al programa +Bosques de FAO y CONAF, con el cual iniciaron la reforestación de 3,5 hectáreas, cercaron el bosque bajo conservación y comenzaron la construcción de un sendero destinado a investigación y educación ambiental. Fue durante la ampliación de ese sendero, en una zona poco explorada del refugio, cuando ocurrió un hallazgo inesperado: una población de ranita de Darwin, que no tenía registros previos en el lugar, ubicada a unos 100 metros del trazado proyectado para la línea de transmisión, en un sector del pomponal. El hallazgo fue corroborado en terreno por la ONG Ranita de Darwin, y actualmente está siendo estudiado por investigadores de la Universidad de Concepción.


“Estos hallazgos -primero las ranitas de Darwin y luego los monitos del monte- no son pura casualidad. Desde el principio dijimos que el estudio de la línea de transmisión omitía humedales, esteros, y distintos aspectos ecológicos y sociales del territorio. También advertimos que las metodologías y el esfuerzo de muestreo para fauna era muy insuficiente. A pesar de eso, el proyecto obtuvo su autorización ambiental y presentamos una reclamación que finalmente fue rechazada por el Comité de Ministros sin acoger ninguno de nuestros argumentos”, comenta Andrés.
“Después de eso perdimos la confianza en la institucionalidad, así que decidimos redoblar nuestros esfuerzos por conocer mejor el bosque antes de que ocurra la intervención».”, indicó Andrés. «, continúa.
Desde el Refugio cuentan que tan solo con la compra de una cámara trampa pudieron registrar güiñas, monito del monte, y un sinfín de aves en el área de servidumbre que no fueron consideradas en los estudios ni en las medidas de mitigación o reparación. Además, señalan que el hallazgo de la ranita de Darwin es particularmente relevante, ya que se trata de una especie en peligro de extinción altamente sensible a las alteraciones de su hábitat. También sostienen que su presencia no fue considerada en la evaluación ambiental del proyecto de la línea de transmisión, cuyo trazado se extiende por casi 100 kilómetros en el continente y en la isla de Chiloé.

Actualmente el proyecto ya cuenta autorización ambiental y ha comenzado sus obras. Por ello, el futuro del Refugio Butamanga -y de la población de ranita de Darwin recientemente registrada- es incierto.
Desde el refugio señalan que, más allá de lo avanzado del proyecto, esperan que se reconozca la presencia de esta fauna crítica que no fue considerada en la evaluación ambiental, y que las instituciones hagan valer la normativa vigente, incluso si eso implica revisar o paralizar las obras.
“No se trata solo de lo que ocurre dentro de nuestro refugio, sino también de toda esta zona de Chiloé, donde muchas especies están quedando cada vez más restringidas y aisladas entre líneas de transmisión, carreteras y otros proyectos de infraestructura.”
Asimismo, quienes impulsan el refugio aseguran que continuarán las acciones de monitoreo, restauración y educación ambiental, convencidos de que conocer mejor este bosque sigue siendo una forma de defenderlo.


“Esperamos que esta experiencia sirva a otras personas y comunidades en Chiloé. Muchas veces es difícil dimensionar la escala de los proyectos que se están planificando en el territorio, y el impacto que pueden tener en los ecosistemas locales. Por eso no podemos esperar a tener las torres o los aerogeneradores encima. Es urgente repensar qué significa hacer conservación en un escenario como este.”
Mientras el proyecto de transmisión avanza, en el bosque del Refugio Butamanga continúan los monitoreos y las caminatas por el sendero que permitió descubrir esta nueva población de ranita de Darwin, una especie que hoy depende —en parte— de que ese mismo bosque logre seguir en pie.


*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Gabriela Simonetti