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“Pequeños Cuidadores de la Selva”: una guardia indígena infantil recorre la Amazonía para aprender a defenderla en Ecuador
En la comunidad a’i cofán de Sinangoe nació la guardia infantil Chipiri Kuirasunde’khu ,“Pequeños Cuidadores de la Selva”, integrada por 47 niños y niñas de entre tres y 15 años que, a través del contacto directo con el territorio, buscan revitalizar su lengua y prácticas culturales. Impulsada por una niña de 12 años que hoy la coordina, la iniciativa forma parte de una propuesta de educación propia —aún no reconocida oficialmente pese a ser un derecho constitucional— y apunta a preparar a nuevas generaciones para proteger las 64.000 hectáreas de selva amazónica frente a amenazas como la minería ilegal y las concesiones inconsultas. La nota fue publicada originalmente en Mongabay Latam por Ana Cristina Alvarado.
A 15 minutos de caminata del centro comunitario de Sinangoe, en la Amazonía ecuatoriana, se encuentra el río Segueyo. Es de color esmeralda y sus aguas son tranquilas. A sus orillas, unos 50 niños de la guardia indígena infantil Chipiri Kuirasunde’khu escuchaban historias alrededor del fuego.
“Ahí está lo que quedó del árbol de pescado”, dice Melany Guaramag, de 12 años. Se refiere a un mito que da cuenta del origen de los a’i cofán y de la riqueza de peces que una vez hubo en la zona. Ella es la coordinadora de los Chipiri Kuirasunde’khu, un nombre en a’ingae que quiere decir “Pequeños Cuidadores de la Selva”.
La sabia Graciela Quenamá relató la historia en su lengua materna. “Los abuelos se encargan de enseñar de dónde son nuestras raíces para que los niños sientan que debemos ser nosotros, a’i cofán”, puntualiza Érika Narváez, miembro de la guardia adulta de la comunidad y quien se encarga de coordinar las actividades de la guardia infantil.

Guaramag ya había acompañado en algunas ocasiones a la guardia indígena adulta cuando propuso la creación de un grupo para niños y niñas. Habló con Alexandra Narváez, reconocida por haber ganado el Premio Goldman en 2022, pero quien tuvo que enfrentarse a la negativa inicial de su pueblo para convertirse en la primera mujer guardiana de su territorio.
“Le decía que podíamos hacer otro grupo, uno de semilleros”, cuenta la niña. En esta ocasión, la idea fue bien recibida por la comunidad desde un inicio. Un diagnóstico del territorio revelaba que la cultura y el idioma se estaban perdiendo y con ello el conocimiento que les ha permitido conservar cerca de 64 000 hectáreas de selva amazónica. Después de debates en la asamblea comunitaria, se llegó al consenso de que la guardia adulta lleve adelante el proceso.
Diseñaron la metodología y los padres de familia la aceptaron. “El 7 de febrero de 2025 comenzamos a caminar con los Chipiri”, relata Alexandra Narváez. “Estuvimos caminando por el territorio, jugando, escuchando las historias de los abuelos alrededor de una fogata, fue un primer encuentro muy bonito”, añade.

La creación de la guardia infantil se vincula al proyecto de educación propia de Sinangoe. “Buscamos que la educación no solo se imparta entre cuatro paredes como lo establece el Ministerio”, señala Wider Guaramag, presidente de la comunidad. Para los a’i cofán, explica, la enseñanza debe realizarse en todo el territorio y con la pedagogía propia, es decir, aprendiendo con la práctica.
El idioma: una herramienta para mantener viva la cultura
Para el campamento en Segueyo, los niños pidieron carpas y hamacas a la guardia adulta. Prepararon una mochila con alimentos y calzaron sus botas de caucho. A las cuatro de la mañana se reunieron en la casa de toma de medicina, donde los mayores prepararon yokó, una bebida natural energizante. “Mientras tomamos meditamos sobre qué vamos a hacer, qué vamos a encontrar en el bosque, si habrá peligros o no”, relata Érika Narváez.
Partieron a Segueyo en la tarde y al llegar se refrescaron en el río y armaron las carpas. Prepararon juntos los alimentos y comieron mientras los mayores contaban historias.

Al día siguiente, se levantaron temprano e hicieron ejercicio. Después, caminaron por la selva en busca de plantas medicinales. El grupo de Melany encontró yokó, la planta cuya raíz se usa de manera ritual al amanecer. “Vimos cómo se lo corta, cómo se lo cosecha y si es que está listo para cortar”, cuenta la pequeña.
La agrupación se conforma por 47 niños, de entre tres y 15 años. Están divididos en tres grupos: de tres a siete años; de ocho a once años; y de doce a quince años. Miembros de la guardia adulta, los sabios de la comunidad y algunos padres de familia apoyan durante este tipo de actividades.
“Este año, que estamos enseñando en el semillero, los niños ya han empezado a hablar el idioma, porque se estaba perdiendo”, dice Érika Narváez. La abuela Graciela no habla español, entonces los niños que quieren hablar con ella y escuchar sus historias tienen que aprender el idioma. Mientras tanto, Narváez hace de intérprete.

“Hablo algunas palabras con mi papá en casa, pero no entiendo muy bien”, reconoce Melany Guaramag. Pero no se desanima. “Como algunas veces cuentan las historias en a’ingae, más o menos entiendo, si no, les digo a mis compañeros que me traduzcan”, cuenta.
Hablar el idioma materno es fundamental para comprender la cultura, los conocimientos propios y el territorio, de acuerdo con Érika Narváez. “En el semillero se enseña a tener una conexión con el territorio, a protegerlo. Sí es posible que los niños aprendan a mantenerlo vivo, porque si se acaba ya no seremos a’i cofán”, dice.
Los abuelos como base de la educación
En el diagnóstico se identificó además que los más jóvenes estaban perdiendo prácticas culturales relacionadas a la soberanía alimentaria y a la salud, dice Patricia Peñaherrera, líder de educación de Amazon Frontlines y asesora técnica de Sinangoe. Para la especialista, la educación institucionalizada separa a los pueblos indígenas de la familia, del territorio y de la comunidad.

Al revisar el tejido curricular, especialmente el Modelo del Sistema de Educación Intercultural Bilingüe (MOSEIB), los miembros de Sinangoe identificaron temáticas que no encajaban con su realidad. “Es bastante andino y no acorde con nuestra Amazonía”, puntualiza Wider Guaramag. Por ejemplo, los materiales educativos incluían textos e imágenes de plantas medicinales de la Sierra, en lugar de promover que los estudiantes conozcan su entorno.
Entonces, trabajaron en la construcción de una propuesta curricular propia. “En temas y contenidos se le ha dado importancia al territorio, al trabajo de los mayores para el cuidado de la naturaleza, al proceso histórico de lucha y resistencia”, señala Peñaherrera. Además, se sumaron temas relacionados con la naturaleza y la biodiversidad local.
En Sinangoe son gente de río y les importa mucho el cuidado de las aguas, por eso se hizo un capítulo “grande” al respecto, de acuerdo con la especialista. Aquí se hace un recorrido por el origen del agua desde la cosmovisión a’i cofán, pero no se deja de lado los hechos científicos, como la estructura química del agua.

Ahora, los abuelos visitan la escuela y enseñan, por ejemplo, a tejer canastos o atarrayas, objetos propios de la cultura. Wider Guaramag cuenta que a partir de estas actividades se articulan conocimientos.
Para hacer un canasto parten desde las ciencias naturales y refuerzan la conexión con el territorio al reflexionar o buscar el origen de las fibras vegetales. Mientras los niños aprenden a tejer, los abuelos cuentan mitos y leyendas referentes, cubriendo el área de ciencias sociales. También se articula el conocimiento matemático, reconociendo figuras geométricas en el tejido.
Otro cambio que realizaron tuvo que ver con el idioma. El MOSEIB contempla que los niños tengan una asignatura de lengua materna, no obstante, los miembros de Sinangoe creen que el a’ingae debe atravesar todo el proceso de enseñanza y estar presente en todas las asignaturas. “Es blindar el cuidado de la identidad cultural del territorio”, dice Guaramag.
Una marcha por la educación propia

Miembros de la comunidad y también de los pueblos waorani de Pastaza y Siekopai marcharon en Quito el pasado 20 de enero para exigir al Ministerio de Educación que registre formalmente los proyectos de educación propia. Aunque es un derecho constitucional, no ha sido reconocido oficialmente.
En la tarde, las comitivas se reunieron con José Luis Torres, viceministro de educación; José Atupaña, secretario de educación intercultural bilingüe y etnoeducación; y Ángela Tipán, subsecretaria general de la vicepresidencia de la República.
Los líderes de las tres nacionalidades indígenas presentaron los proyectos que ya están aplicando en sus pueblos y las autoridades se comprometieron a revisarlos, hacer observaciones y formular una hoja de ruta para el registro. Tentativamente, el 24 de febrero se realizará una nueva reunión junto a equipos técnicos.

“Hemos sido muy cuidadosos en este tema, por eso lo hemos desarrollado con nuestro equipo técnico y esperamos que no existan obstáculos”, dice Guaramag. El proyecto lleva un año de aplicación en Sinangoe y dos años desde su construcción. Los waorani lo implementan desde hace seis años y los siekopai desde hace casi tres.
Sinangoe, sin embargo, no ha tenido experiencias positivas con el Ministerio de Educación. En 2018, la erosión regresiva del río Aguarico, derrumbó la escuela. Desde esa fecha, los niños reciben clases en bodegas, una casa comunal y un espacio que construyó la comunidad. En 2024, un tribunal ordenó que el Estado presentara en 60 días un cronograma para la construcción de la escuela, pero las autoridades habrían admitido no tener fondos para la obra, de acuerdo con Guaramag.
El cuidado del territorio, una tarea también para los más pequeños
A la par de la elaboración del tejido curricular propio, Sinangoe desarrolló un proyecto comunitario educativo. “Necesitamos volver a vivir como a’i cofán”, sostiene el presidente de la comunidad. Es que desde la colonización y evangelización, prácticas tradicionales han sido reemplazadas por costumbres occidentales.

Por ejemplo, dice, los mayores quieren reforzar la conexión con el territorio para que los jóvenes no caigan en las redes de la minería ilegal –una actividad que acecha la comunidad– ni se dejen dividir por las promesas de beneficios económicos de concesiones mineras inconsultas, como ha pasado ya en otras comunidades indígenas.
“Si no logramos hoy formar a estos pequeños fuertes en este sentido, vamos a perder el territorio, vamos a perder derechos, vamos a perder prácticamente todo”, afirma Guaramag.
El proyecto de educación propia y la guardia Chipiri Kuirasunde’khu son los semilleros donde los miembros de Sinangoe quieren abonar. “Este trabajo del cuidado de los bienes del territorio se ha convertido cada vez más en una tarea de todos y de todas, o sea, no de un organismo especializado que hace patrullajes”, dice Peñaherrera.
De hecho, explica el presidente, la guardia infantil tiene el objetivo de formar a niños y niñas que conozcan la selva y la cultura, que tengan una voz propia y que se conviertan en líderes y lideresas.

Conformar la guardia adulta, la que se encarga de mantener las amenazas ambientales fuera y que ya ganó una sentencia en contra de concesiones inconsultas que afectaban a Sinangoe, es voluntario, asegura el presidente. Una vez que los jóvenes cumplan 15 años podrán decidir si unirse a esta agrupación conformada por hombres, mujeres, jóvenes y abuelos.
Ser parte de la guardia infantil ha inspirado a Melany a seguir conociendo la selva y los ríos de los que han vivido sus antepasados. “Me ha dado más ganas de cuidar mi territorio, porque es vida; tenemos plantas, medicina, frutos, animales, pescado, agua limpia, oxígeno, tenemos todo”, asegura.
Foto principal: los niños y niñas que forman parte del Semillero de Guardia asisten a una práctica de uso de dron, tecnología usada por la guardia indígena de la comunidad a’i cofán de Sinangoe para monitorear amenazas al territorio. Foto: cortesía Morelia Mendúa / Alianza Ceibo
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes.
Mongabay Latam