A veces, la naturaleza entrega conciertos propios. En medio del bosque, a menudo de día, un grupo de insectos pareciera coordinarse para subir los decibeles y emitir un sonido vibrante y estridente. Para el oído humano, es inconfundible y famoso: corresponde a las chicharras.  

Tettigades chilensis. Créditos: Osmair /INaturalist
Tettigades chilensis. Créditos: Osmair /INaturalist

Casi como si tuvieran una guitarra en la espalda y un interminable canto, en Chile se representan en cinco géneros y 35 especies. Pertenencen al orden de los hemípteros y la familia Cicadidae, formando parte de un universo que se empezó a descubrir hace muy pocos años en Chile.

El canto de la chicharra

Aunque se conoce en varias partes de Latinoamérica, en Chile es común escuchar el refrán “El que nace chicharra, muere cantando”. Su interpretación se vincula a que las personas tienden a seguir su propia naturaleza, tal cual lo hace el insecto a que hace alusión, que pareciera ser un cantante empedernido. Particularmente, en las cigarras —nombre con el que se le conoce en otras partes del continente— son los machos quienes cantan y lo hacen con el fin de reproducirse.

Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.
Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.

“El macho canta y canta. Puede estar cansado, pero el que no canta no se reproduce. El dicho lo humaniza”, asegura Claudio Veloso, académico de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile, quien explica que el sonido se produce gracias a los timbales, ubicados en la separación del abdomen con el tórax. Si miramos, por ejemplo, a la chicharra chilena (Tettigades chilensis) se observan unas estructuras blanquecinas, similares a costillas, que se mueven de lado a lado, lo que genera las vibraciones. 

Según detalla Claudio: “Tienen una estructura con líneas similares a un arpa. Con la punta del ala ellos son capaces de raspar. Eso se llama estridulación”. Esa parte de su protórax, entonces, sería su instrumento musical. Pero es único en cada especie, lo que genera distintos sonidos y frecuencias. 

Así, puede haber un concierto sinfónico de distintas especies cantando al mismo tiempo. Las hembras, por su lado, pueden identificar a los machos de su especie, al ser receptores capaces de identificar la frecuencia que las llama. 

Tettigades chilensis. Créditos: Leonardo Mondaca
Tettigades chilensis. Créditos: Leonardo Mondaca

Pero no todas las chicharras emiten sonidos. 

En Chile, el género Citroriginis es conocido como el de las chicharras silentes. El macho no posee los timbales de canto clásicos y, quizás, tenga que ocupar otras técnicas como olores, conductas de búsqueda dirigidas o el uso de plantas específicas para reproducirse.

Aunque todavía falta mucho por saber de este género, lo que sí está claro es que es uno de los más recientemente descubiertos. Apenas se conoció en 2021 por el científico Allen Sanborn, uno de los mayores estudiosos de chicharras en el país. Antes de sus aportes y el de otros investigadores, incluyendo a Veloso, apenas se conocían 16 especies de un solo género (Tettigades) en el país. En 2014 se descubrió a Chilecicada y así la información taxonómica fue incrementando, hasta duplicar la cantidad de especies que se conocían, llegando a 35. 

Los géneros presentes son Carineta y Ahomana en el norte; los famosos Tettigades y Chilecicada; y las silenciosas Citroriginis. 

Maestras de la metamorfosis

“Cantando al sol como la cigarra; después de un año bajo la tierra; igual que sobreviviente que vuelve de la guerra”, evoca la cantante argentina Mercedes Sosa. Lo que ella describe en una canción de amor, responde metafóricamente al ciclo reproductivo de la chicharra.

Este insecto pasa por la metamorfosis, un proceso biológico que involucra la transformación estructural y fisiológica de algunos animales, de la cual existen dos tipos: la completa (holometabolismo) e incompleta (hemimetabolismo). Las chicharras pasan por esta última, donde el ciclo de vida consta de tres etapas: huevo, ninfa y adulto. La ninfa aparece al eclosionar el huevo y es una versión inmadura del adulto. Cuando aparecen sus órganos reproductores maduros o carácteres sexuales secundarios, ya hablamos de un adulto. 

Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.
Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.

“En el caso de las chicharras, la ninfa vive enterrada en el suelo. Hace galerías y come desde las raíces. Cuando uno las logra ubicar, en realidad, no se parecen a las adultas: no tienen alas, no cantan y parecen un cangrejo pequeño. Cuando están en el último estado de desarrollo ninfal, y ahí sale de la tierra, se para en una rama y se produce la metamorfosis a adulto. Es un hemimetábolo, como los saltamontes o las cucarachas”, explica Claudio. 

Es a comienzos del verano cuando la hembra coloca sus huevos en ramas. Las ninfas nacen a principios de otoño penetrando el suelo, fijándose al sistema radicular de las plantas. Normalmente, su emerger del suelo sucede entre noviembre y diciembre, razón por la que se suelen escuchar en época estival. Acompañadas de los colores de estos meses, en diciembre suele ser su peak, y empiezan a declinar en enero. Luego, el ciclo se repite.

Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.
Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.

Pero no siempre aparecen cada año. En Estados Unidos, por ejemplo, la especie Magicicada septendecim puede estar 17 años bajo tierra. Eso, asegura Claudio, depende de las características de cada género. Por ejemplo, en Chile, según sus observaciones personales, Chilecicada suele emerger cada año, pero Tettigades puede hacerlo cada dos o seis años.

Reyes de la zona central 

Desde hace algunos años, una plaga empezó a alarmar la zona central de Chile. Un pequeño insecto llamado chinche del arce (Boisea trivittata), que naturalmente se distribuye entre Canadá y Guatemala, se empezó a reportar en viviendas de Chile. Su presencia se vinculó a sus árboles hospederos, principalmente del género Acer. Frente a lo anterior, muchas personas decidieron fumigar sus hogares. El problema fue que no solo desapareció la plaga, sino que también otras especies hemípteras que encuentran hogar en esos árboles, como las chicharras. 

La chicharra chilena es un ejemplo de aquello. Habita entre Copiapó y Puerto Montt. No sólo encuentra su hogar en especies nativas, sino que ha sabido adaptarse a buscar hogar en especies introducidas. Por ello, en algunas industrias productivas de monocultivos como árboles frutales, pinos o eucaliptos, se considera plaga. 

Tettigades chilensis. Brian Steven/INaturalist
Tettigades chilensis. Brian Steven/INaturalist

“Las chicharras ponen sus huevos en las plantas, les hacen una especie de herida y ponen sus huevos. Eso lastima lo que se conoce como el meristema de crecimiento de una planta, y el árbol no crece en altura sino que se va como al lado. Pero recordemos que antes no teníamos ni pinos, ni eucaliptos, ni frutales. Ellas se acostumbraron a ocuparlos porque son recursos; y reemplazaron sus recursos naturales que son peumos, boldos, quillayes por plantaciones”, explica Claudio. 

Sin embargo, esto no se repite en todos los géneros. Chilecicada, el segundo género con más especies de Chile (14) después de Tettigades, por ejemplo, sólo hospeda especies nativas de Chile. Ante esto, Claudio reflexiona: “Es súper interesante desde el punto de la ecología básica, porque tenemos un insecto que es capaz de adaptarse a un amplio espectro de especies y otra que se asocia íntimamente a la vegetación nativa. Entonces, tenemos un generalista lleno de posibilidades y un especialista que no”.

Chilecicada también habita en la zona central, particularmente desde la Región de Coquimbo hasta el Maule. Coincide con un ecosistema mediterráneo, característico por su alto endemismo, pero también amenaza. Estas pequeñas destacan principalmente por sus alas color verde claro y su abdomen con franjas naranjas. 

En ambos casos, además de su canto, cumplen un rol clave en la naturaleza. Son parte de la cadena trófica, al ser alimento de otras especies. Además, en el suelo hacen caminos donde se mueven nutrientes para las plantas. “Podríamos decir que son ingenieros ecosistémicos, capaces de modificar el ambiente para que las plantas reciclen nutrientes o para que otros animales vivan en estos sistemas”, aclara Claudio. 

Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.
Chilecicada sp. Créditos Vicente Valdés Guzmán.

No es lo mismo una chicharra que una chicharrita

A veces los nombres comunes son similares, pero nos llevan a dos mundos distintos, aunque no tan lejanos. Tal es el caso de las chicharras y las chicharritas. Si bien hablamos de dos insectos que forman parte del gran orden Hemiptera, las primeras corresponden taxonómicamente a la familia Cicadidae (cigarras o chicharras) y las segundas a Cicadellidae (saltahojas o chicharritas). 

Chicharrita. Consepusa crassistylus. Créditos: Vicente Valdés Guzmán
Chicharrita. Consepusa crassistylus. Créditos: Vicente Valdés Guzmán

“Existen varias diferencias morfológicas, conductuales y de nicho ecológico“, asegura Rodrigo Barahona, director del Laboratorio de Ecología y Conservación de Invertebrados de la Universidad de los Lagos, también conocido como LECI LAB: “Las chicharras son especies grandes, de cuerpo robusto, con cabezas anchas y ojos más prominentes. Sus patas no están adaptadas para saltar. Alas membranosas y desarrolladas (…).  Las chicharritas son, en general, muy pequeñas, delgadas; el tórax y el abdomen son estrechos; cabezas pequeñas; patas adaptadas para saltar y espinosas. Alas más pequeñas y menos membranosas, con vuelos cortos que apoyan el salto”.

Por otro lado, las chicharritas también emiten sonidos para comunicarse, teniendo un órgano de canto en el primer segmento abdominal y son los machos quienes los emiten. Sin embargo, el oído humano no es capaz de escucharlo. Las vibraciones son captadas por las hembras a través de estructuras sensoriales especializadas y se transmiten por el sustrato. 

Pseudaphrophora sp. Créditos: Vicente Valdés Guzmán.
Pseudaphrophora sp. Créditos: Vicente Valdés Guzmán.

Además, están las diferencias en detalles su ciclo evolutivo. “Ambos pinchan la planta y ponen sus huevos, pero en las chicharras la ninfa vive en el suelo. En cambio, a las chicharritas las puedes ver en distintos estados de desarrollo. Por ejemplo en la ciudad, puedes ver ninfas y adultos en la planta. Eso no ocurre con la chicharra”, explica Claudio.

Rodrigo agrega que las chicharras, además de su desarrollo ninfal en el suelo, no tienen cuidado parental. En cambio, en las chicharritas eso si se puede ver, sumado a que su hábitat se asocia más a herbáceas y sotobosque: “las ninfas suelen desarrollarse en las plantas hospederas y cerca de los adultos, en algunos casos hay cuidado parental”. 

Muchas veces, solo por su tamaño, se suelen incluir a los membrácidos en el grupo artificial de las chicharritas, aunque son dos familias diferentes. 

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