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Pedro Niada Marín y sus 30 años buceando: Del mundo submarino de Juan Fernández a la producción audiovisual internacional
A principios de los 90’, Pedro Niada —Peter, como le dicen sus cercanos— conoció el Archipiélago de Juan Fernández. Se enamoró de ese lugar y decidió volver. Ahí conoció a su pareja, con quien más adelante y con el paso de los años, se instalaría con un centro de buceo, sus hijos y una linda hostería. Tras una catastrófica salida de donde cumplió sus sueños por 15 años, volvió al continente, lugar en el que se dedica a la producción audiovisual, uniendo, nuevamente, sus dos grandes pasiones: la fotografía y el buceo. En esa misión, ha recorrido gran parte de Chile y zonas de Latinoamérica grabando los paraísos bajo el agua y apoyando en la producción para documentales de naturaleza. Esta es su historia.
Pedro Niada Marín, instructor de buceo, fotógrafo submarino y productor audiovisual, vive en Santiago, entre el cemento y la rutina de la ciudad. Pero se escapa mucho. La playa es el destino de la mayoría de sus fines de semana. Es un hombre que ha sido, de alguna forma, marcado por el mar. No va a la costa sin estar preparado para bucear, ni menos sin llevar su cámara, con todo el aparataje que implica el meterla al mar. Probablemente, esté horas bajo el agua grabando.
“Es un entrenamiento”, dice al empezar nuestra entrevista. Para él, filmar es un entrenamiento, un ejercicio y una disciplina. Y es importante no dejar de trabajar en ello.
Nos juntamos un lunes por la tarde. Horas antes llegó de Pichidangui, donde buceó y saldó la deuda pendiente de un asado con amigos buzos argentinos de Mendoza que estaban de visita. Poco más adelante en la conversación diría que estos últimos buceos del fin de semana serían los mejores.
Pero, mientras tanto, muestra la fotografía del recuerdo. Ahí estaba en su hábitat natural: recién salido del agua, con su gran cámara en mano, en la mitad del bote, rodeado de amigos. La sonrisa parece un tatuaje en su cara, tal como su característica y blanca barba.
El nacimiento de un buzo
El papá de Peter buceaba. Tenía un traje de neopreno que por fuera era negro, de costuras amarillas y, por dentro, naranja. Se metía al mar a hacer apnea y caza submarina. Luego llegaba a su casa a estar con su pequeño hijo, que en ese entonces no tenía más de tres años. Más adelante sabría que ese traje era La Spiritechnique, la misma marca que usaban los buzos del Calypso, el famoso barco de Jacques-Yves Costeau, al que muchos conocen como el mayor explorador marino de todos los tiempos.
“Olía su traje y me encantaba. Es de esos olores que no se olvidan. Memoria olfativa”, recuerda, “me han contado que cuando niño yo andaba con las aletas de mi papá en la casa. No me podía acostar si no era con las aletas de mi padre y su máscara. Decía que cuando grande quería ser “hombre rana”. Antiguamente, a los buzos se les decía hombres rana”.
Pasaron los años y, antes de cumplir lo que decretaba de pequeño, entró a estudiar Cine y Televisión al Instituto Superior de Artes y Ciencias de la Comunicación (IACC). Llegando al término de sus estudios, a sus 22 años, decidió ir de vacaciones con unos amigos al Archipiélago Juan Fernández. Su padre le regaló su querido traje de neopreno para la visita. “Me enamoré del lugar”, asegura.

Regresó a Santiago y trabajó en el mítico canal 2 Rock and Pop. Un año después, decidió volver a Juan Fernández para bucear. “Conocí a Fabiana Persia, mi esposa, allá en la isla. Fue una coincidencia que estaba de vacaciones allá. Ella es de Mendoza, Argentina. Nos hicimos amigos y más tarde nos enamoramos”, explica Pedro.
A su vuelta, Juan Fernández no se iba de su cabeza. Entre tanto, su madre le hizo un regalo que marcó su vida: una cámara submarina análoga profesional Nikon, de esas de película con diapositivas. “Se unió mi pasión por la fotografía y el buceo. Ese regalo marcó un hito sin querer en mi vida”, asegura Pedro.
Entonces, tomó sus ahorros, compró un compresor, cuatro tanques de buceo, cinturones de plomo y fue, junto a Fabiana, en un barco con rumbo al archipiélago. Su fin era estar tres meses, conociendo, buceando y explorando. Se quedaron 15 años.
El mundo submarino de Juan Fernández
Probablemente uno de los grandes objetivos de quienes quieren conocer el mundo bajo el mar de Juan Fernández, es ver al curioso lobo fino de dos pelos (Arctocephalus philippii). Al igual que muchas especies en el lugar, este mamífero marino cumple con una gran característica: es endémico. Es decir, el único lugar del mundo donde vive es ahí. Además, representa a la enorme y única biodiversidad del lugar.
Para hacerse una idea, al momento de proponer el Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos “Archipiélago Juan Fernández” y los parques marinos de la zona, se explicó que el área constituye uno de los 10 sitios más prioritarios para la conservación marina a nivel mundial. Este lugar del planeta alberga más de 750 especies —solo entre algas, invertebrados y peces— y es una zona de tránsito de migrantes, como varias especies de tortugas y cetáceos.
Por lo tanto, bucear en Juan Fernández es un espectáculo único. Los grandes cardúmenes de peces a veces nublan la vista y sus colores pueden hacer pensar que se está en el Caribe. Quizás es un cliché decirlo, explica Pedro, pero todo se puede resumir en que es uno de los “mejores lugares de buceo en Chile”.


El buzo se dedicó a estudiar diversos documentos científicos para poder realizar con conocimiento excursiones submarinas y terrestres. Aprendió, junto a Fabiana, de biología, etología y los nombres de algunas especies. También siguió con la fotografía para registrar este paraíso. En un inicio, guardaba sus rollos de película y se los enviaba al fotógrafo Gabriel Pérez Mardones, su amigo, a Santiago. Él se encargaba de llevarlos a revelar. Solía esperar unas tres semanas para recibir las diapositivas desde el continente. Con Fabiana, instalaban una sábana blanca en la pared, las proyectaban y recordaban las aventuras del mes anterior.
De vez en cuando, sobre todo en invierno, eran ellos mismos los que pisaban Santiago. Viajaban a promocionar el centro de buceo y mostrar lo que hacían en la isla a través de diaporamas y presentaciones. “Estos shows audiovisuales yo los montaba con diapositivas. Veníamos también a los primeros encuentros de buceo con invitados extranjeros que organizaba la rama de buceo del Stadio Italiano”, recuerda.

Así, con el tiempo, Pedro y Fabiana armaron su historia en la isla. Se casaron, en una ceremonia civil en un bote sobre el mar de Juan Fernández. Formaron su escuela de buceo, Endémica Expediciones, criaron a sus hijos y fundaron el Pez Volador, un restaurante, hostería y proyecto familiar. “Nos dedicamos 15 años a hacer excursiones y expediciones por todo el archipiélago. No fue fácil, pero nos fue súper bien. Aperramos con las dificultades de estar solos allá, entre eso, no tener ninguna red de apoyo. Todos estaban en el continente”, explica Pedro.
¿Qué fue lo que les encantó para establecerse allá? El buzo dice que es difícil de explicar, porque es algo que siente al visitar la isla. Eso sí, aclara: “es un lugar para enamorarse”.
La vuelta al continente
Cerca de las 4:20 de la mañana del 27 de febrero de 2010, la ola del tsunami que arrasó a Robinson Crusoe llegó a la casa-hostería de Pedro Niada y su familia. En la isla no se sintió ningún temblor; menos un terremoto. Nadie sabía lo que había pasado, solo sintieron el mar llegar y golpear sus casas.
La hostería donde ellos vivían no tenía cualquier diseño. El piso y techo del segundo piso era curvo; las vigas fueron construidas como las cuadernas de un barco. Sin pensarlo, el diseño de Pedro y su amigo, el arquitecto escocés Pol Taylor, permitió que el segundo piso flotara cuando el mar se llevaba a todo el poblado de Bahía Cumberland.



“Yo sentí que me levantaban los pies de la cama de mi habitación. ‘¿Qué es ésto?’, pensé. Me levanté, estaba durmiendo solo, y fui a buscar a la Fabi y a los niños a otra habitación. Un amigo que estaba ahí, Matthew Westcott, me gritaba también. Vi las escaleras bajo el agua; todo el primer piso. Todas las casas estaban bajo el agua. Nos dimos cuenta de que era un tsunami”, recuerda.
Luego relata que vieron un bote a lo lejos e hicieron los esfuerzos para llegar allá y nadar con los niños en brazos, mientras poco a poco vieron su casa caer por completo. “Era un cataclismo, pensé que había caído un meteorito, no teníamos idea de nada (…)”. Una vez en el bote, empezaron a girar, al tiempo que los agarró la segunda ola.

“Vino la ola y, gracias a Dios los botes allá son de pescadores, robustos, de madera, con un antiguo modelo ballenero de doble proa. Es decir, la popa termina en punta. Este modelo permite que, como tiene la popa en punta, corte la ola por popa. Y surfeamos la ola. Gracias a Dios la ola no nos agarró de costado. Nos colocaron en el bote y luego en tierra, fue la Divina Providencia. Surfeamos en línea recta. Cuando llegamos a tierra tomamos a los niños y corrimos hacia el cerro por el bosque a pie pelado (…)”, recuerda.



Al amanecer del día siguiente, se dieron cuenta del impacto de lo que había ocurrido. Fabiana fue evacuada al tercer día con los niños. Pedro se quedó, estuvo algo más de diez días buceando y buscando víctimas. Luego, decidió irse hacia Santiago y estar con su familia.
La producción audiovisual
Poco antes del tsunami, Pedro y su esposa habían recibido a una especial turista en su hostería: la señora Verónica. Se supone que ella volvería a Santiago un martes, justo para llegar a un vuelo que tenía como destino Alemania. Pedro recuerda haberle insistido en que adelantara su vuelta para el viernes por el mal tiempo que se estaba pronosticando. Así no perdería su vuelo a Europa. Le hizo caso a regañadientes. Horas después de su partida, la madrugada siguiente, la ola cayó en Robinson Crusoe.
La señora Verónica se comunicó con Peter a su vuelta a la capital. Le ofreció becar a los niños en el gran colegio que ella lideraba. La familia decidió quedarse en el continente y no volver a la isla. La matrícula de los niños en el colegio santiaguino ancló el barco de esta familia en un capítulo nuevo de sus vidas.

“Seguí haciendo cursos de buceo. Me contrataron en un par de escuelas de buceo y, como hacía fotografía, con unos fondos de reconstrucción que gané, compré una cámara de video y un housing submarino. Con eso empecé a hacer trabajos de video submarino. Como tengo una gran y hermosa red de apoyo de amigos, más mi experiencia náutica y de buzo, empecé a conseguirme trabajos como fixer. Eso es, en el mundo de la producción audiovisual, los que solucionan los problemas en terreno. Un productor en terreno”, dice.
Antes, en Juan Fernández, ya había desempeñado este papel para Nicolas Hulot, periodista y activista ambiental francés, que había viajado a hacer su famoso programa llamado Ushuaia Nature. “Además, trabajé para el History Channel , Discovery Channel, Terra X de Alemania, además de muchas producciones nacionales en Juan Fernández”, dice.


Acá en Santiago el gran contacto que tuvo fue con el destacado productor audiovisual y cineasta, René Araneda, y su productora Nedo Films. “René ha sido un apoyo constante en mi carrera durante los 15 años que he vivido en Santiago”, dice, “gracias a él conocí a mi Sensei Mauricio Handler”.
La historia es así: Pedro fue asistente de Mauricio. Y Mauricio, en su momento, lo fue de David Doubilet, fotógrafo submarino norteamericano con la mayor cantidad de portadas submarinas publicadas en la revista National Geographic. “He conocido un montón de personajes en este mundo, somos todos como una familia”, dice.
Más de una década en familia
Pedro es de esas personas ocultas dentro de un documental de naturaleza. Siempre está detrás de cámara, asegurándose de que todo funcione. Así como él, hay muchos más participantes que pueden pasar largos periodos en un barco o en tierra. Es una verdadera camaradería en la que, además de grabar y documentar, hay que cocinar, lavar platos y convivir en amistad.
Él ha apoyado principalmente en secuencias de grandes producciones. Fue parte del documental Heroes of the Oceans Perpetual Planet (Rolex y BBC), como fixer en la Patagonia. También ha trabajado para ONG’s como Oceana junto al fotógrafo submarino chileno Eduardo Sorensen y para WCS, para Proyecto Frontera Azul, cine publicitario y el reciente film submarino “Lions of the Sea”.
También como asistente de Mauricio Handler, en Wild Chile, sumando meses de filmación bajo el agua en Patagonia. “Hemos trabajado un montón, es entretenido, son producciones largas con gente en un barco, te sientes como parte de un proyecto de Jacques Cousteau o más bien en la película Life Aquatic con Steve Zizou”, dice Pedro.

Él asegura que es difícil, dentro de todo esto, elegir un momento único, marcador y favorito, en sus millones de experiencias bajo el agua. Asegura que ha visto cosas fascinantes, como sus encuentros con mantarrayas gigantes oceánicas, pero que, para él, el último buceo que haga siempre va a ser el favorito. Durante mucho tiempo, entonces, esos grandes buceos fueron los de Juan Fernández. La última vez que visitó el archipiélago fue este pasado febrero, luego de seis años sin pisar —o nadar— en ese lugar. Llegó allá a trabajar como fixer para una producción audiovisual de unos alemanes.
Aterrizó el 27 de febrero de 2025. “Fue súper fuerte y emocionante. Tenía mucha nostalgia, alegría y pena. Llegamos y justo había un grupo de personas en la caleta en la conmemoración del 27F. Me acerqué, estuve ahí, le pedí flores a una amiga y las arrojamos al mar. Fue súper sanador. Mi hijo no ha regresado y me di cuenta de que tiene que ir, la gente me preguntaba mucho por él”, dice, asegurando esperar llevarlo en una próxima producción si Dios quiere.



—Al final, el mar ha marcado todos los momentos de tu vida, desde los más lindos a los más catastróficos…
—Sí. Me suelen preguntar cuál es mi mejor buceo o mi mejor memoria. Creo que el último mejor buceo fue el que último que hice el domingo, ayer. Para mi el mejor buceo es el último buceo que hice Es como mi respuesta, al final todos son fascinantes. Con eso también entendí que quería conocer otros lugares más allá de la isla (…). Dije: Tengo que buscar otros lugares, aventuras diferentes.