Somos viajeros y la pregunta que más nos repetimos en nuestras cabezas cuando estamos inmersos en nuestros viajes es: ¿Dónde estamos? De hecho, más que una pregunta, es una sensación que nos mantiene en cierto control de lo que hemos planificado y del tiempo que hemos destinado para hacerlo.

Lamentablemente somos también ingenuos optimistas, de esos que asumen que tienen ese cierto control, cuando en verdad no tenemos más que ESA sensación que crece rápidamente: sensación de impotencia o de entender súbitamente que hemos estado a la deriva por un buen tiempo.

Es ahí cuando nos detenemos, miramos a los lados, inhalamos, buscamos indicaciones, logramos orientarnos un poco, exhalamos y decidimos arriesgarnos para seguir avanzando. Este proceso nos ha llevado a confiar de sobremanera en nuestra poca experiencia y limitada sabiduría. O, lo que es más riesgoso, en tener que confiar en la poca experiencia y limitada sabiduría de otros.

Si bien hemos perdurado gracias a la información que contienen, hoy en día, los mapas digitales que pueblan las aplicaciones que usamos para movernos, somos testigos de que falta un ingrediente esencial en nuestras cotidianeidades de aventureros, de descubridores del territorio y/o simples habitantes urbanos. Ese ingrediente faltante, es la información. 

OK, ¿para dónde vamos?

©Nicolas-Smith
©Nicolás Smith

Información es el fenómeno por el que ordenadamente le damos significado o sentido a la cosas. Es un concepto realmente amplio pero que sin embargo, en este contexto, podemos acotarlo e indicar que ESA información nos permite introducir el significado y sentido al recorrer un territorio aún desconocido. Necesitamos pues, que ese significado y ese sentido estén graficados para completar el círculo que necesitamos para orientarnos. Y no hay mejor manera de orientarnos que con las señalizaciones y mapas que encontramos en nuestro camino.

Entendamos bien la importancia: si la señalización es el umbral por el que miramos y descubrimos nuestros viajes, los mapas son la representación del mundo que queremos mirar y descubrir.

Eso sí, como toda representación, tanto los mapas como las señaléticas, están sujetos a las subjetividades de quien tiene los motivos para confeccionarlos y mostrarlos. Esto puede parecer un reforzamiento del poder de los poderosos sobre el resto, pero visto de otra forma, son una herramienta potentísima para reactivar, ilustrar y compartir esos esquivos conocimientos locales que son extremadamente escasos cuando descubrimos nuestro territorio.

La falta o poco uso de estos elementos, ampliamente secuestrados de nuestros parques, reservas, ciudades y territorio en general, limitan nuestra capacidad de entender por qué y por dónde vamos a recorrer. Más aun, conlleva a que estemos en perpetua desventaja con el hecho de apropiarse de los lugares a través de las necesarias señaléticas y buenos mapas.

¿Cuánto falta?

©Ricardo Luengo
©Ricardo Luengo

Mucho. Por un lado nuestra educación del territorio a través de mapas es realmente escasa. Los miramos poco y los entendemos menos. Eso es una de las muchas razones que conllevan a que tengamos muy poca participación en cómo concebimos nuestro territorio, en cómo identificamos los derechos y responsabilidades que se nos permiten y en cómo definimos los estándares por los que queremos recorrer.  Un ejemplo de ello es que el acceso a datos más precisos a nivel nacional, como los que se encuentran en los mapas del Instituto Geográfico Militar (IGM), todavía son difíciles de acceder, tanto por costos, como por distribución.

Sin embargo, y sólo en el último tiempo, hemos experimentado y lentamente demandado mejores mapas que usan geolocalización y grandes bases de datos como las de Google y las colaborativas de OpenStreetMap, e información experimentada y compartida en sitios como Andeshandbook, Andes Profundo, WikiExplora o Suda por mencionar a los chilenos.

Por otro lado el nivel de la señalización que nos guía, o que muchas veces confunde, es asombrosamente deplorable.  Por ejemplo, aun cuando CONAF tiene un buen manual de señalización para el Sistema Nacional de Áreas Silvestres y Protegidas del Estado (SNASPE), en la práctica vemos muy escasa su aplicación.

Un ejemplo de señalización necesaria, buena y barata ©Nicolas Smith
Un ejemplo de señalización necesaria, buena y barata ©Nicolas Smith

Peor aún es recorrer nuestras ciudades, sobre todo las que son áreas metropolitanas como Concepción o Viña-Valparaíso: rara vez tenemos una compresión completa de los recorridos del transporte público. Salvo excepciones no existen letreros que nos señalen la dirección y distancia a los lugares más importantes cuando las caminamos y muchas veces las orientaciones que usamos para manejar, pierden sentido a medida que avanzamos.

Tal vez la mejor forma de seguir avanzando es el de incluir, dentro de las variables de diseño de nuestro territorio, el costo de producir buenos letreros y cartografía asociada. Esto es válido tanto para instrumentos de planificación territorial como las muchas guías que pueden poblar las rutas.

Sólo produciremos esa buena información cuando nos detengamos y pensemos cuál es el sentido y el significado que queremos transmitirnos a nosotros mismos cuando queramos recorrer informadamente.

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