“Velocidad, aproximación y corporal”. Sebastián Álvarez (36) -conocido como “Ardilla”- estaba concentrado. Repasó, durante 40 segundos, los tres puntos importantes de su salto: la velocidad, la aproximación y el estado de su traje de wingsuit. Estaba a 12 mil pies de altura. A los 10 mil, ante sus ojos, estaba el cráter del volcán Villarrica, en la Región de la Araucanía. Era su objetivo. No había espacio para la equivocación.

Sebastián Álvarez. Créditos Nicolás Gantz (3)
Sebastián Álvarez ©Alfred Jürgen Westermeyer / Red Bull Content Pool

A punto de lograr su gran hazaña en el wingsuit flying -modalidad del paracaidismo que tiene como objetivo volar usando un traje aéreo-, Sebastián no tenía ningún otro pensamiento en su cabeza. Quizás de niño, a sus 12 años con tabla de surf en mano, jamás se hubiera imaginado que iba a terminar haciendo algo así. O que, a los 18 años, sus primeros acercamientos al aire serían a través de la Fuerza Aérea de Chile (FACh).

Lo cierto es que todo se fue dando, afirma él, de manera orgánica

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“Ardilla” se conecta a un Zoom para repasar los hitos de su vida, después de horas de viaje en auto desde Suiza a España. Allá sigue saltando, persiguiendo su gran pasión y sintiendo la adrenalina que acompaña cada uno de sus saltos. Pero buscando un punto de inicio, aquel que lo hizo enamorarse de los deportes al aire libre, la historia nos hace viajar kilómetros y kilómetros hacia Chile. Específicamente, a Viña del Mar. Y más particularmente, a las olas de sus costas.

Sebastián Álvarez. Créditos Nicolás Gantz (4)
 ©Alfred Jürgen Westermeyer / Red Bull Content Pool

“Vivía en Viña y tenía todos los días la oportunidad de ir a la playa. Ahí pasaba todos los días. Mi primer deporte fue el surf y con él pasé toda mi infancia hasta que entré a estudiar a los 18 años. Pero fue el mar lo que me motivó, definitivamente”, dice. En la práctica era el mar, pero en su cabeza el aire siempre tuvo un lugar. Su papá era piloto civil y a Sebastián siempre le llamó la atención esa vida, el saber cómo funcionan los aviones, volar. En eso, se le presentó la oportunidad de postularse a la FACh. Quedó. Así empezó una nueva etapa en su vida.

¿Cómo fue aprender a volar?

-Súper entretenido, en el sentido de que volar es complicado y difícil. Yo no venía de un mundo militar, sino que, ligado al mar y al surf, que era mucho más tranquilo. En algún momento, vi mi oportunidad como surfista profesional o de dedicarme al mar. Entonces, pasarme de ese entorno a uno completamente diferente, militar, estricto, disciplinado, fue complicado para adaptarme. Pero al final lo logré, con dificultades obviamente, donde tal vez no tenía idea donde me estaba metiendo. Pero al final se puede tener un cambio de actitud, hasta de personalidad también, para poder encajar en el sistema y poder aprovechar al máximo ese momento.

Sebastián Álvarez ©Nicolás Gantz
Sebastián Álvarez ©Nicolás Gantz

En ese contexto, como parte de sus aprendizajes, Sebastián conoció por primera vez el paracaidismo.  Fue en 2006, aprendiendo lo básico, que, según explica, es aprender a saltar en avión en caso de emergencias para poder sobrevivir. Tenía 18 años y estaba en un avión militar. Saltó 500 pies, una distancia corta, pero necesaria para empezar. “Uno entrena mucho, estudia los sistemas tanto para que funcionen, pero obviamente hay harto miedo, adrenalina y concentración. Eso, de hecho, me llamaba mucho la atención, el mezclar la adrenalina con la concentración. Estar en ese preciso momento que nada te va a sacar de tu punto de concentración”, explica.

Y le quedó gustando. Le dio vueltas en la cabeza. Cuidó el amor por el paracaidismo y aprovechó de hacer sus cursos dentro y fuera de la escuela. Eso, más adelante sería algo clave para dejar de ejercer una vez ya había egresado y “rescatar el bichito que quedaba del paracaidismo”.

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En su paso por la FACh, fue alférez, subteniente y teniente. Fueron cinco años ejerciendo, pero en total, casi nueve si se consideran los años de estudio. En ese momento, él ya sentía que estaba terminando una etapa. Que, de cierta forma, ya tenía un pie afuera. Y ese, para él, era hacia el surf o retomar el paracaidismo.

– ¿Qué fue lo que te hizo decidir salirte de la FACh?

-Al final fue un punto en que básicamente hice el ejercicio de mirar a las mismas personas de la FACh y preguntarme si me quería parecer a ellos. O sea, si quería pasar 20 o 30 años acá o en realidad puedo tirarme a la piscina y ver qué pasaba con esta aventura que me llamaba mucho más la atención. Ya sentía que había terminado una etapa, a pesar de estas regalías que tiene un piloto de guerra que es una vida sacrificada, pero súper entretenida. Uno vuela aviones y máquinas que en otro lado no tienes la oportunidad, y que al final confían en ti para que hagas una buena pega. Me gustaba mucho volar helicópteros, bueno los rescates y en general todo eso que fuera ayudar al país.

Sebastian Alvarez
Sebastián Álvarez ©Nicolás Gantz

Entre esos rescates, uno de los que más le marcó fue el terremoto de 2010. “Justo estaba de vacaciones en Viña y, obviamente, en cuatro horas estaba de vuelta en Santiago para ayudar. Fueron dos meses completos rescatando, ayudando, llevando comida, colaborando con la gente enferma y los lesionados. Me marcó bastante y fue una linda experiencia por aportar ayuda al país”.

– ¿Qué sentiste cuando dejaste la FACh y cuándo emprendiste rumbo a especializarte bien en el paracaidismo?

-Hubo sentimientos encontrados. En ese momento de mi vida, que había pasado tanto tiempo dedicándome a eso y teniendo tantos amigos que se hacen el camino, uno dice bueno, es una lástima. Me gustó, a pesar de los sacrificios y, por otro lado, estaba muy contento, también con mucha incertidumbre de poder realmente hacer lo que me llamaba la atención en ese entonces. Me fui para Estados Unidos decidido a empezar a saltar en paracaídas y básicamente empezó todo como un hobbie para después volar aviones de nuevo e irme más a la aviación, pero una cosa me llevó a la otra y siempre fui buen deportista entonces se me hizo mucho más fácil. Hice buenos amigos, los cuales me enseñaron a las claves del paracaidismo, de cómo volar mejor, y así fue creciendo, o sea, si tú me preguntas, nunca me imaginé que iba a llegar a este punto. Sí sabía que quería pasarlo bien y volar y ser bueno en esto, pero no sabía que iba a llegar a hacer los proyectos que hago hoy en día.

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En Estados Unidos, se estableció en California. Iba y volvía durante casi 5 años, pero durante 3 estuvo más o menos fijo ahí. Sabía que en ese lugar podría practicar surf, hacer paracaidísmo y en invierno hacer algún deporte de nieve.  Básicamente, según recuerda, era un parque de diversiones. Fue ahí, desde aviones y luego en Yosemite, donde aprendió y conoció el wingsuit.

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Saltó entre dos edificios de igual altura en Reñaca, en 2014, y lo grabó. Su video se difundió y actualmente tiene más de 625 mil visitas en Youtube. Fue la primera vez que se hizo conocido en Chile. Luego, un año después, atravesó una bandera chilena de 1 metro x 1 metro, a una velocidad de 250 km/ hr, en el cerro Manquehue (Santiago). Esa exposición lo ayudó a dar a conocer su trabajo en Chile y, según recuerda, le sorprendió mucho que a la gente le gustara y apoyara lo que él estaba haciendo.

-¿Cuál fue tu primer salto en wingsuit? 

-En California con un instructor que se llamaba Zack y él me enseñó, obviamente, primero a saltar desde el avión. Después cuando se hizo verano me fui a Europa y comencé a saltar wingsuit en Suiza. Esos fueron mis primeros acercamientos a las montañas. Fue básicamente un pueblito de dos paredones bien grandes y lo bueno es que hay góndolas para subir y se pueden repetir los saltos bastantes veces al día, entonces es super bueno para entrenar. Ahí fue cuando realmente empecé.

-Y te encantó…

-Aparte que tuve una súper buena experiencia, con buenos instructores siempre y muy buenos amigos. Al final te da la confianza para poder hacer lo que uno busca, teniendo un buen entrenamiento previo y aprendiendo que, como todo deporte, si uno no se entrena bien, o se salta los pasos, pasan los accidentes.

¿Cuáles son las características de este deporte que, de cierta forma, te encantaron para seguir en ese camino? 

-Antes no lo sabía, pero ahora que miro para atrás, como que todo encaja. Desde chico quería ser piloto, después que me haya gustado el paracaidismo y me haya metido al wingsuit. Todo se mezcló con el tema del “hombre pájaro”. Años atrás, como que todo hizo match. Ahí me di cuenta que desde chico venía buscando esto sin saberlo. Uno lo va encontrando y va haciendo los caminos que te van llevando a eso. Entonces feliz de haberlo encontrado.

©Cristian Saavedra
Salto en el Manquehue ©Cristian Saavedra

Igual fue un camino largo… 

-Sí, exacto. O sea, si me preguntas, jamás hubiera pensado tampoco que iba a ser piloto de la FACh y no sé cómo lo hice, pero lo logré.

¿Cuál fue el primer salto extremo que desarrollaste? 

-En realidad, en la montaña es bastante extremo. Creo que uno de los primeros proyectos entretenidos que hice fue en Suiza con unos amigos, pusimos un par de cámaras y empezamos a pasar cerca del terreno, grabar. Esos fueron mis primeros acercamientos a eso, volar cerca del terreno, uno va súper rápido.

¿Qué te decía tu familia? ¿Cómo veía todo lo que estabas haciendo?

-Siempre estuve un poco ligado a los deportes. Después entré a la Fuerza Aérea, que no son nada de no peligrosos. Entonces ya mi mamá estaba acostumbrada, aunque igual se conversó cuando me vio haciendo estas locuras de hombre pájaro. Siempre mi mamá me ha dicho que me cuide, siempre me he cuidado, ella se preocupaba muchísimo cuando iba a surfear y me metía a olas grandes, entonces también se preocupaba muchísimo cuando en la Fuerza Aérea me tocaban misiones complicadas. Siempre prendía una velita y después fue como con este cuento del paracaidismo, de volar cerca de las montañas y al final siempre fue un poco lo mismo, que yo no soy papá, pero ni me puedo imaginar, claro, que un hijo quiera hacer esto debe ser complicado. Pero se conversó y se llegó a un entendimiento.

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El proyecto más grande que ha desarrollado Sebastián fue en el volcán Villarrica. Pero antes de estar repitiendo “Velocidad, aproximación y corporal” durante 40 segundos, pasó nueve meses organizando y entrenando. “Esta idea surgió porque yo ya había volado sobre el volcán, siempre lo miraba, pasaba por ahí. Siempre tuve la idea del qué pasa si uno se mete”.

Así, en 2020 se propuso mostrar que se podía. Llevó sus GPS, simuló el cráter, sabiendo su diámetro de 200 metros, altura, viento y altura. Eso lo presentó a Redbull. Su idea era hacer un flare -salto técnico que es un quiebre de planeo-, lo que requiere mucho tecnicismo y práctica. De Redbull se aprobó. En febrero de 2021 viajó a Pucón a hacer sus primeros vuelos de prueba. Probó con 6 o 7 saltos. En el octavo y noveno entró y salió del volcán. “Con eso quedé más o menos conforme y demostré físicamente lo que había tratado de demostrar matemáticamente y ahí Redbull nos dijo que sería espectacular que lo pudiera hacer en invierno con el volcán nevado y el cielo bonito”, explica.

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Encontraron una ventana de clima. “Era responsabilidad para mí porque tuve que tomar la decisión de yo dar luz verde con toda la tripulación de camarógrafos, pilotos, managers. Por suerte le achunté a la meteorología, tuvimos buena semana y concretamos el proyecto con cámaras de verdad con el helicóptero. Eso me demoró 10 a 15 saltos, pasando por el volcán hasta sentirme cómodo, con diferentes tomas, días, luz. En realidad, era súper peligroso, pero todo siempre fue dentro del control, entonces nunca sentí ninguna presión de nadie. Todo lo contrario”, aclara.

Sebastián Álvarez. Créditos Nicolás Gantz (6)
©Alfred Jürgen Westermeyer / Red Bull Content Pool

Y así saltó desde los 12 mil pies de altura al volcán Villarrica, que estaba a 2 mil pies de altura por debajo de él. Tenía todo estudiado. El paso siguiente era superar a la mente, el miedo. Saltó. Tenía solo tres segundos para cruzar de lado a lado el cráter. En un segundo y medio tenía que cambiar su ángulo para salir. Lo hizo a más de 230 kilómetros por hora.

“¡Wooooooooow!”, exclamaba, al tiempo que tenía que volver a remontar vuelo y cambiar la dirección para enfilar a máxima velocidad al lugar de aterrizaje. “La primera parte era full concentración, hasta después de salir del cráter. Después de eso, la segunda parte fue más relajada, pero siempre pendiente de la velocidad la dirección, con eso planeo para regresar al nivel de aterrizaje y abrir paracaídas”, explica.

-¿Qué sentiste cuando pasaste por el cráter?

-Siendo sincero, nunca había estado en un lugar tan bonito y feo a la vez. Creo que entrar a un cráter es emocionalmente un miedo gigante porque es realmente feo, o sea, es el Rucapillán, la casa del demonio, en mapudungun, entonces era una cuestión que uno decía: ‘wow, no quiero morirme acá’. Pero físicamente lo que uno siente obviamente es el calor de la chimenea del volcán, porque uno está vivo, y el olor a azufre, que también genera turbulencia. O sea, en algún momento yo pensé que el humo, al ser aire caliente, me podía ayudar a montar un poco, pero en realidad estaba ilusionándome. Al final como es aire sucio, revuelto, lo único que hace es que te quiere atrapar, no te deja volar bien, entonces mayor razón para mí para estar más concentrado y venir con más velocidad para poder salir de ese lugar de manera exitosa.

Sebastián Álvarez. Créditos Nicolás Gantz (2)
©Jean Louis de Heeckeren / Red Bull Content Pool

-Me comentabas lo del miedo, también vas a más de 230 km/hr. ¿Cómo enfrentas el tema de la muerte? En experiencias tan extremas es inevitable pensar en esto…

– En cualquier momento de la vida uno no puede estar ajeno a que te pase algo y que se pueda morir. Pero en realidad lo que hago ,y es volver un poco atrás a lo que aprendí en la Fuerza Aérea, es tratar de ejecutar la misión de la mejor manera. Para eso hay que estudiar hasta el más mínimo detalle, entonces si para mi entrenamiento o durante mi estudio de este proyecto hubieran dicho que algo estaba fallando o no podía funcionar, eran alarmas que se prenden para decir ‘hasta acá llegamos’. Pero sabía que era súper peligroso y que obviamente puede pasar algo. Entonces, estudié para poder hacer este proyecto y al final tener la luz verde. También uno se va aproximando. Antes de entrar al volcán uno ya siente si se está volando bien o mal. Hubo saltos que no pasé. A veces el volcán estaba demasiado activo y aborté porque no había visibilidad o por el viento o no me sentí cómodo. Al final siempre la experiencia juega lo suyo y no tengo vergüenza de decir que aborté varias veces.

– ¿Ayudó tu experiencia en la FACh?

-Seguro, inconscientemente me va ayudando de a poco.

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A Sebastián no le dicen ardilla por su traje de wingsuit, pese al parecido con una ardilla voladora. Pareciera que eso también fue algo que coincidió en el camino de su vida. El sobrenombre lo ganó en la playa, con los deportes y su inquietud. En el colegio le decían así. Luego en la FACh fue su nombre de combate, lo que, bromea, no cree que haya generado mucho miedo. Pero, dice, “es impresionante como todo ha ido calzando de a poco”.

Sebastian Alvarez
Sebastián Álvarez ©Nicolás Gantz

Como sea, el nombre ha ido coincidiendo con sus decisiones. Y ellas, con una pasión por el deporte y la aventura. Para él, lo que más le apasiona del paracaidismo es la riqueza espiritual que le entrega, además de cumplir el sueño de volar. Eso, a pesar de lo difícil de buscar apoyo y auspicios de marcas.

– ¿Qué mensaje darías a alguien que se quiera dedicar a él?

-Más que dedicarse a este deporte y dentro de mi poca experiencia de vida, creo que si es que hay pasión, en cualquier cosa que uno haga va a poder lograr lo que uno quiera. No va a ser fácil, pero al final si hay pasión, perseverancia y actitud, creo que las metas se pueden cumplir.

Con eso en mente, los saltos seguirán. El vuelo de Sebastián sigue su curso y él está cumpliendo su propio sueño.

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