La primera vez que escuché sobre Rockwell Kent y su viaje por Tierra del Fuego fue durante una conversación que tuve con el historiador Mateo Martinic en 2010, durante un largo viaje en taxi de Punta Arenas a Puerto Natales, invitados por la Gobernación Provincial de Última Esperanza para exponer sobre campo de Hielo Patagónico Sur. Con una erudita y entusiasta parsimonia, Mateo me fue relatando la travesía de Rockwell Kent del estrecho de Magallanes al canal Beagle, primero navegado en un velero que él mismo construyó y luego caminando hacia lo desconocido por un pasadizo entre las montañas fueguinas, de costa a costa, todo para plasmar el paisaje austral en sus lienzos, dibujos, fotos y textos y para cumplir con su sueño de transformarse –y ser reconocido- como un auténtico explorador.

Oleo de Rockwell Kent ©Cristián Donoso
Óleo de Rockwell Kent, Cerro Domo en Cordillera Darwin ©Cristián Donoso

Poco después de esa conversación con Mateo, me embarqué en una travesía científica hacia el Cabo de Hornos y en las conversaciones de cubierta mis compañeros parecían disputarse la primicia sobre esta historia de Rockwell Kent y su viaje por la misma zona que navegábamos. Repentinamente este personaje olvidado volvía a Magallanes, a ocupar un lugar en la memoria colectiva. Toda esta fama recobrada se debía en buena parte al trabajo del investigador estadounidense Fielding Dupuy, quien había llegado por esa época a Chile para conocer de primera mano la ruta de Kent y divulgar su obra en la prensa y círculos académicos nacionales.

Rockwell Kent Cristian Donoso
Rockwell Kent, Cortesía Cristian Donoso

Desde mi oficio de navegante y explorador, la historia del viaje de Rockwell Kent me sedujo de inmediato. Al igual que Fielding, me interesé por recrear su ruta por Tierra del Fuego para entrar en el paisaje desde la mirada de su época y de su nacionalidad estadounidense, aprovechando sus registros del paisaje, plasmados en óleos, dibujos y fotografías y, sobre todo, con su diario de viaje, lleno de detalles. El viaje de Kent a Magallanes tuvo su origen en un encargo periodístico y, por ende, era de suponer que sus retratos y testimonios ofrecían una descripción honesta y verosímil del paisaje de Tierra del Fuego, presupuesto indispensable para mi objetivo.

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Así, en 2012 realicé con Claudio Scaletta una travesía en kayak desde Puerto Navarino, siguiendo la ruta de Kent hasta isla Bayly y el canal Franklin, el punto más austral alcanzado por el artista. Años más tarde, en 2019, aproveché una estadía en Estados Unidos para realizar un inspirador viaje al norte del estado de Nueva York con la escritora Paula López, visitando la “Rockwell Kent Gallery” en la Universidad de Plattsburgh y la granja “Asgaard” en las montañas Adirondacks, donde Rockwell Kent vivió sus últimos años. Ese mismo año, con toda la información reunida y un entusiasmo renovado comencé a planificar una travesía marítima y terrestre para seguir la ruta de Kent entre el seno Almirantazgo y bahía Yendegaia.

Cristian Donoso en Washington. Foto Cortesía Cristian Donoso
Cristian Donoso en la Rockwell Kent Gallery, Estado de Nueva York, Estados Unidos. Foto Cortesía Cristian Donoso

El propósito de mi viaje sería indagar sobre la historia ecológica del Parque Nacional Yendegaia, fundado en 2016. Haciendo un contraste entre los registros de Rockwell Kent y la apariencia actual del paisaje, iría observando y anotando las semejanzas y diferencias. Esta comparación me permitiría identificar los elementos que han permanecido y aquellos que han mutado desde la época de su viaje, registrando así un siglo de transformaciones.

Poco antes de comenzar esa travesía entré en contacto con el arqueólogo Alfredo Prieto, especialista en los pueblos originarios de Patagonia, para contarle sobre mi proyecto. Durante la conversación, Alfredo me dijo que la ruta del portezuelo conocido actualmente como el “Paso de la Muerte” – utilizada por Kent para cruzar de seno Almirantazgo al canal Beagle – podría haber sido un importante corredor biocultural para el intercambio de bienes y genes entre las etnias fueguinas yagán, kawésqar y selk´nam. Para probar esa hipótesis, Alfredo destacó la importancia de realizar un estudio arqueológico del sitio donde Rockwell Kent encontró dos chozas indígenas mientras bajaba por el valle Lapataia.[1] A fin de colaborar con su investigación, me propuse el objetivo adicional de identificar el área de localización de esas chozas.

©Cristian Donoso
Ferry Yaghan llegando a Caleta el 2 de mayo en Bahía Yendegaia ©Cristian Donoso

Mi expedición para seguir la ruta de Kent comenzó en el verano de 2020 en el lodge “Cordillera Darwin”, ubicado al oeste de Caleta María, en un lugar de la costa sur del Seno Almirantazgo protegido de los vientos dominantes. A primera hora y con un día perfectamente calmo y despejado zarpamos con Paula López en la lancha rápida de la empresa “Nativo Expediciones”, con su armador Camilo Uribe de tripulante y Fredy Moreno de capitán[2]. Después de desembarcar a Daniela Droguett  en el islote Albatros para que pudiera monitorear el comportamiento reproductivo de su colonia de albatros de ceja negra, continuamos a Caleta Jackson, isla Tres Mogotes y Caleta Stanley, cotejando los dibujos de Kent con el paisaje actual. Después nos internamos en Bahía Blanca con el glaciar Dalla Vedova y las montañas de Cordillera Darwin brillando en el horizonte, para hacer un reconocimiento del sitio donde se emplazó el aserradero que Kent identifica en unos de sus mapas como “Don Antonio”, nombre de quien por entonces era su administrador[3].

Llegando al lugar donde estuvo el aserradero, encontramos solo algunos vestigios de los pilotes de un muelle abandonado y algunas tablas viejas esparcidas por la costa. Ninguna otra señal quedaba del aserradero “Don Antonio” ni de la edificación con pilares arriostrados a una viga que aparece retratada al comienzo del capítulo XIV de Voyaging.

©Cristian Donoso
Pilotes de un muelle en el desaparecido aserradero de Caleta María ©Cristian Donoso

Los vestigios que encontramos en ese aserradero son un testimonio del despoblamiento que ocurrió en el entorno del seno Almirantazgo después del viaje de Kent, cuando la industria forestal se tornó insostenible por la caída de la rentabilidad, precipitando su cese definitivo con el cierre del aserradero de Caleta María en 1957.

Frente al aserradero “Don Antonio”, en un islote sin nombre, localizamos el lugar preciso donde Kent esbozó la mayoría de los últimos óleos de su viaje por Tierra del Fuego[4]. Contrastando esas pinturas con nuestras propias observaciones, nos dimos cuenta que el paisaje se mantiene en su mayor parte inalterado desde la fecha en que Kent llegó a ese lugar, finalizando su travesía en el velero Kathleen.

Yendegaia ©Cristian Donoso
Yendegaia ©Cristian Donoso

Los cuadros pintados desde ese islote describen lo mismo que observamos en la actualidad: una costa boscosa y deshabitada, sin señales visibles de presencia humana, con montañas nevadas y un fiordo teñido por sedimentos glaciares. Sin embargo, una comparación atenta del óleo que retrata el cerro Domo delata el gran retroceso que han sufrido sus glaciares en el transcurso de un siglo[5].

Desde el aserradero de bahía Blanca, la ruta de Kent se interna hacia el interior del Parque Nacional Yendegaia, en sentido noroeste – sureste, rumbo al canal Beagle por los valles Lapataia y Yendegaia. Me propuse seguir esa ruta terrestre en solitario. Para llegar al punto de partida de la ruta de Kent en bahía Blanca, primero caminé desde Caleta María hasta ese lugar, siguiendo la ruta del valle Fontaine y paso Bárbara. Una vez en bahía Blanca, recién pude conectar mis pasos con la ruta de Kent.

Cerro Domo y Cristian Donoso
Cerro Domo y Cristian Donoso

Desde bahía Blanca fui siguiendo los senderos intermitentes de guanacos entre bosques y turberas hasta la divisoria de aguas en el paso de la Muerte. En ese sector, pude comparar dos dibujos de Kent con la apariencia actual del paisaje. La comparación reveló dos cambios evidentes: el retroceso de un glaciar sin nombre que baja desde el cerro Domo hacia el paso de la Muerte y la destrucción de un bosque aislado en las cercanías de bahía Blanca, a causa de inundaciones producidas por los castores canadienses introducidos en Tierra del Fuego en 1946[6].

Castor ©Cristian Donoso
Impacto de castor ©Cristian Donoso

Estas modificaciones, provocadas por el cambio climático global y la introducción de especies exóticas, demuestran que buena parte de las transformaciones posteriores al viaje de Kent ocurridas en el territorio que comprende el Parque Nacional Yendegaia son consecuencia de actividades humanas realizadas fuera de los límites del parque y no en forma directa o presencial.

Castor en Yendegaia ©Cristian Donoso
Castor en Yendegaia ©Cristian Donoso

Desde el paso de la Muerte bajé hacia el canal Beagle, siempre por la ribera sur del río Lapataia. Al final del segundo día logré llegar a una extensa llanura pantanosa, después de superar una sucesión de lomas y quebradas con bosques y turba. Desde ahí, caminando siempre cerca del río Lapataia para evitar los pantanos, seguí su curso ondulante hasta el valle Vega Larga, que conecta con el valle  Yendegaia. Cruzando ese pasadizo, continué por la orilla noreste de bahía Yendegaia hasta Caleta Dos de Mayo, donde terminé mi travesía tras diez días de caminata desde Caleta María.

Caballos ©Cristian Donoso
Caballos asilvestrados introducidos hace más de un siglo en Yendegaia ©Cristian Donoso

A partir de las llanuras pantanosas del valle Lapataia pude constatar que después de un siglo todavía existen los caballos asilvestrados y la base de la infraestructura habitacional de la estancia Yendegaia descrita por Rockwell Kent en Voyaging. El origen de esos caballos sigue siendo un misterio y faltan estudios genéticos que lo diluciden. Sin embargo, diversas fuentes históricas nos permiten inferir que descienden de caballos de raza criolla originarios de Uruguay, Argentina y Chile que llegaron a las costas del canal Beagle durante la segunda mitad del siglo XIX[7].

En Voyaging el pintor menciona que la infraestructura habitacional de la estancia Yendegaia estaba constituida por una base en Caleta Ferrari y un puesto de avanzada ubicado estratégicamente en un punto de observación cerca de la intersección de los valles Lapataia y Vega Larga. Esta antigua avanzada es conocida actualmente como “puesto de Lata” y en su estructura y revestimientos hoy es posible distinguir distintas fases de ampliación y mejoras superpuestas en el tiempo, siendo las más antiguas de madera hachada y las más recientes, de madera aserrada.

En la zona donde convergen los valles Vega Larga y Yendegaia me topé con la máquina a vapor (locomóvil) y las viviendas derrumbadas de un aserradero abandonado, que fue fundado con posterioridad al viaje de Kent. Los vestigios de ese aserradero son testimonio de la mayor penetración territorial lograda por la industria forestal hacia el interior del actual Parque Nacional Yendegaia durante el siglo XX.

©Cristian Donoso
Puesto de lata en el Valle del río Lapataia ©Cristian Donoso

Más adelante, conecté con el camino que construye actualmente el Cuerpo Militar del Trabajo (CMT), obra que representa la punta de lanza de lo que será la ocupación humana del Parque Nacional Yendegaia en un futuro cercano. Al final de ese camino en construcción – de aproximadamente 13 kilómetros en la fecha de mi viaje – me encontré con el campamento del CMT, y un poco más adelante, con la tenencia “Dos de Mayo” de Carabineros de Chile[8]. Junto al camino pude ver antiguos conchales indígenas en forma de nidos y junto a ellos, algunos trazos de líneas y puntos rojos en una pared de roca, las únicas pinturas rupestres descubiertas hasta ahora en Isla Grande de Tierra del Fuego.

Yendegaia ©Cristian Donoso
Glaciar De Veer en Caleta Jackson ©Cristian Donoso

El auge y posterior decaimiento de la actividad ganadera y forestal que observamos durante la primera mitad del siglo XX en Tierra del Fuego dio paso a un período de despoblamiento del territorio que hoy protege el Parque Nacional Yendegaia, antes frecuentado por fueguinos y luego por trabajadores forestales y estancieros. En la actualidad, observamos que la presencia humana se ha revigorizado con el incremento de los senderistas que cruzan el parque a pie y sobre todo, con el trabajo del CMT, que avanza en dos frentes simultáneos –norte y sur- en la construcción del camino que terminará por unir la zona norte de Tierra del Fuego con el canal Beagle a través del Parque Nacional Yendegaia.

Camino ©Cristian Donoso
Camino que construye el ejército por el Parque Nacional Yendegaia ©Cristian Donoso

En mis distintas expediciones por el entorno e interior de este parque, he observado otros componentes antropogénicos del paisaje que no existían en la época del viaje de Kent, asociados a la  extracción artesanal de ostión y centolla, la operación turística de lanchas y cruceros y la actividad científica y de conservación ambiental. En áreas circundantes del parque he visto en la última década un desarrollo sostenido de actividades de turismo de intereses especiales como el kayak de mar, la pesca con mosca, el montañismo y el senderismo. Con mis expediciones en la zona – incluyendo las que dieron origen a este escrito – he sido parte de esta nueva forma de ocupación humana del territorio, en plena expansión y crecimiento, caracterizada por la superposición de intereses de conectividad territorial, consolidación geopolítica[9], explotación turística y conservación[10].

Yendegaia 2 ©Cristian Donoso
Yendegaia ©Cristian Donoso

Declinación indígena y apropiación occidental del paisaje

Los escritos y representaciones plásticas que elaboró Kent sobre los trabajadores de los aserraderos y estancias que encontró en el Parque Nacional Yendegaia y su entorno, son un testimonio de primera mano de la penetración y desarrollo de la industria pecuaria y forestal en Tierra del Fuego que comenzó en 1881, cuando Chile y Argentina se repartieron la Isla Grande de Tierra del Fuego mediante un tratado de límites, y que se extendió hasta la primera mitad del siglo XX, conectando definitivamente a este territorio con la economía global. Una de las consecuencias de esta expansión económica occidental sobre Tierra del Fuego fue la rápida disminución de la población y transculturación de sus habitantes originarios, quienes fueron diezmados, desplazados o asimilados culturalmente por blancos y mestizos venidos de Europa, Norteamérica y de núcleos de poblamiento de Chile y Argentina.

Fotografías Martín Gusinde
Selk’nam con dibujos corporales de líneas y puntos.

En ese contexto, Rockwell Kent fue testigo presencial de la declinación de los últimos kawésqar que habitaron en el Seno Almirantazgo y la costa occidental de Tierra del Fuego. Las descripciones que hace de ellos en sus textos, dan cuenta de cómo su forma de vida encarnaba un umbral de transición, una frontera temporal entre la cultura occidental introducida por los “civilizadores” y aquella propia de los canoeros ancestrales. La cultura occidental que penetraba en el paisaje humano de Almirantazgo está presente en la descripción que hace Kent de un grupo de kawésqar que encuentra en isla Wickham. Ahí menciona, por ejemplo, que ellos hablaban español, vestían “ropas de blancos”, pidieron “azúcar, tabaco y harina” y portaban un “rifle Winchester”. Bajo esta capa de elementos de raigambre europea y criolla, reconocibles por Kent desde su propia cultura estadounidense, el artista distingue aspectos subyacentes de la cultura indígena originaria. Entre ellos, Kent destaca implícitamente a la choza indígena como el componente material más significativo que persiste de ese paisaje indígena originario en declinación. En uno de sus dibujos publicados en “Voyaging” Kent documenta la arquitectura de la choza kawésqar, detallando su estructura y disposición bajo el follaje y frente al mar. En otro dibujo, retrata el habitar en la choza, con una mujer kawésqar mirando desde su interior. Complementa ese registro plástico con una descripción textual y detallada de la construcción, disposición espacial, alhajamiento y uso de la vivienda ancestral.

©Cristian Donoso
©Cristian Donoso

Rockwell Kent también se constituye en autor y protagonista de esta apropiación occidental del paisaje de Tierra del Fuego, cuando reitera en “The Century Magazine” y en “Voyaging” la condición antropófaga de los canoeros fueguinos difundida en Europa a partir del siglo XVI. Esta imputación sin sustento empírico fue utilizada hasta el siglo XX por el blanco invasor que se adentraba en Patagonia para definir su propia identidad en oposición a este mundo insólito, y sobre todo, para legitimar la coerción física y cultural, la desterritorialización y la invisibilización a las que sometió a estos pueblos originarios durante la ocupación de sus tierras.

©Cristian Donoso
©Cristian Donoso

En el interior de la contraportada de “Voyaging”, Kent decora un mapa de Tierra del Fuego con un indígena que denomina “caníbal fueguino”.[11] La misma denominación utiliza en título del capítulo VII de “Voyaging”, donde relata su encuentro con un grupo de kawésqar en isla Wickham. En este segundo caso, lo hace publicando la palabra “caníbal” así entre comillas, denotando con ello que la expresión es usada en forma impropia o irónicamente, pero sin desconocer el predominio de esta fama de antropófagos que aún pesaba sobre los fueguinos en la época de su viaje.[12]

©Cristian Donoso
©Cristian Donoso

Cuando Rockwell Kent estimula el morbo del lector sirviéndose de la fama de caníbales que se atribuía a los fueguinos, sin saberlo revitaliza el deseo infame que subyace en la historia que relataré en los próximos párrafos, que explica el origen a las chozas indígenas que el propio Kent descubrió en el centro del actual Parque Nacional Yendegaia.

Teodoro de Bry difundió en Europa el imaginario de una Sudamérica poblada por caníbales.©Cortesía Cristian Donoso
Teodoro de Bry difundió en Europa el imaginario de una Sudamérica poblada por caníbales.©Cortesía Cristian Donoso

Después de cruzar el “Paso de la Muerte” y cerca de un sitio donde forzosamente debió vadear el río Lapataia, Kent encontró las estructuras de dos chozas indias en descomposición.[13] Sobre el origen de estos refugios Kent consigna en “Voyaging”: “En un viejo informe misionero de Ushuaia se menciona que las bandas de alacalufes (kawésqar), los indios de los canales del norte, aparecían ocasionalmente en la misión, cruzando desde el Seno Almirantazgo. Informaron grandes dificultades en el camino, arroyos profundos, montañas y valles. Estos indios, al no estar acostumbrados a los viajes por tierra, pueden haber exagerado las dificultades. Los restos de refugios indios que encontramos, indican que nuestra ruta fue la que recorrieron los alacalufes”.

Misión de Ushuaia ©Cortesía Cristian Donoso
Misión de Ushuaia ©Cortesía Cristian Donoso

El “viejo informe misionero” al que alude Rockwell Kent es al reporte publicado por Thomas Bridges en 1886 en “The South American Missionary Magazine”, que relata la llegada de un grupo de selk’nam y kawésqar a Ushuaia guiados por un joven Kawésqar llamado Pedro, habitante de la costa centro occidental de Tierra del Fuego, donde se ubican la isla Dawson, el canal Whiteside y el Seno Almirantazgo.

Pedro pudo guiar a este grupo de indígenas porque conocía el Seno Almirantazgo y Ushuaia, territorios situados en los puntos de partida y de llegada de su travesía. Posiblemente también pudo tener noticias sobre la existencia del Paso de la Muerte, teniendo acceso al conocimiento ancestral de los habitantes originarios en ambos territorios.

Kawesqar Pedro en Paris ©Cortesía Cristian Donoso
Kawésqar Pedro en Paris ©Cortesía Cristian Donoso

Conocía el Seno Almirantazgo porque formaba parte del territorio de donde era oriundo. En cuanto a Ushuaia, pudo conocerla debido a las vicisitudes de una trata de personas en la que se vio involucrado, un negocio de tráfico humano realizado con la anuencia del Gobierno de Chile, que rentabilizó el morbo del público europeo.

Por encargo de un empresario europeo de espectáculos “antropo-zoológicos”, Pedro y otros once kawésqar fueron secuestrados en el Estrecho de Magallanes en 1880 para ser exhibidos en un zoológico humano en París. Con frases publicitarias como “Venga a ver auténticos caníbales de Tierra del Fuego”, los indígenas fueron visitados por cerca de quinientas mil personas, que pagaron por verlos. La mayoría de estos indígenas murió por el contagio de las enfermedades europeas. Los cuatro que lograron sobrevivir -entre ellos Pedro- fueron embarcados de regreso a Magallanes. Una vez en Punta Arenas continuaron a la Misión de Ushuaia, donde llegaron en julio de 1882. Al año siguiente, en marzo de 1883, el anglicano Thomas Bridges llevó a Pedro en el velero “Allen Gardiner” de regreso a la costa oriental de la isla Dawson, su tierra natal.

Cortesía Cristian Donoso
Kawésqar Pedro en París, con una marca en su brazo para estudiar las proporciones de su cuerpo.

Dos años y medio más tarde, en octubre de 1885, Pedro regresó a Ushuaia, esta vez guiando a un grupo treinta y un sel’nam y kawésqar compuesto por mujeres, niños, y once hombres adultos. Caminaron durante semanas desde el Seno Almirantazgo, cruzando la Cordillera Darwin hasta un lugar donde las mujeres y los niños no pudieron seguir adelante, porque, según informa Bridges en su reporte “un gran río y una zona que casi no podía atravesarse se interponía entre su campamento y Ushuaia”.  En ese lugar los indígenas construyeron tres chozas. Dejando ahí a sus mujeres y niños, los once hombres adultos continuaron a Ushuaia, en busca de ayuda. Thomas Bridges, junto a su hijo mayor, dos marineros escoceses y dos capitanes argentinos, partieron desde la misión de Ushuaia en busca de los niños y las mujeres.

En “Voyaging” Kent supone que Las chozas descritas en el reporte de son las mismas que fueron descubiertas por él en estado de descomposición cerca de un vado en el río Lapataia, 27 años después del viaje de Pedro.

©Cortesía Cristian Donoso
Rockwell Kent zarpando de Punta Arenas ©Cortesía Cristian Donoso

Durante mi travesía por el Parque Nacional Yendegaia siguiendo la ruta de Kent logré identificar el área donde el artista neoyorkino descubrió esas chozas. El antecedente inequívoco en “Voyaying” que utilicé para la identificación de esa área fue un mirador, el primero a continuación del Paso de la Muerte, donde fue posible tener una vista completa del valle Lapataia hacia el oriente. Revisando someramente el sector ubicado entre ese punto prominente de observación y el lugar donde Kent se vio obligado a vadear el río Lapataia, no logré encontrar vestigios de las chozas ni otros indicios de asentamientos humanos como herramientas líticas o huesos de guanaco quemados. La cubierta vegetal que cubre el suelo, de especies vivas y hojas, troncos, ramas y otros despojos de los bosques circundantes, dificultaron mi búsqueda.

Yendegaia ©Cristian Donoso
Entrada al Valle Fontaine ©Cristian Donoso

Sin embargo, la existencia de leña en abundancia, agua corriente, protección del viento y sobre todo, de una cota privilegiada para la observación del valle hacia el oriente, propicia para la planificación de cacerías de guanacos y ubicada justo antes de entrar en la zona de pantanos, demuestra que el área señalada reunía atributos para ser escogida por los indígenas como un sitio de campamento.

Yendegaia ©Cristian Donoso
Yendegaia ©Cristian Donoso

El viaje de los treinta y un indígenas liderados por Pedro figura como uno de los primeros registros históricos del éxodo selk´nam hacia el sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego, desplazados por la llegada de los primeros blancos y criollos, ganaderos y buscadores de oro provenientes de Punta Arenas y Malvinas. El viaje que emprendió Pedro en 1885 coincide con la llegada de buscadores de oro y el inicio de la explotación ganadera en la costa centro occidental de Isla Grande de Tierra del Fuego, de donde Pedro era oriundo. Dos años antes de la travesía de Pedro a Ushuaia, el Gobierno de Chile realizó la primera adjudicación de terrenos pastoriles en Tierra del Fuego, entregando a “Wehrhahn y Cía” el uso de 123.000 hectáreas entre bahía Gente Grande y Porvenir. En 1879, Ramón Serrano descubrió oro en Sierra Boquerón, y en 1885 ya existía una decena de concesionarios explotando el mineral, entre ellos el griego Cosme Espiro. En 1887, el gobernador Francisco Sampaio informó al Gobierno de Chile que había dos centenares de mineros en Sierra Boquerón.

Yendegaia ©Cristian Donoso
Seno Almirantazgo ©Cristian Donoso

Anne Chapman describe así las consecuencias que tuvo para los selk’nam esta invasión de su territorio ancestral: “Durante las últimas décadas del siglo XIX y hasta la primera del XX, los selk’nam fueron diezmados por los blancos. Muchos fallecieron de enfermedades transmitidas por éstos; otros fueron embarcados y llevados al continente. Ciertos cazadores de indios a sueldo, cometían por cuenta propia atrocidades sin nombre antes de matar a sus víctimas. Otros selk’am murieron en guerras entre ellos mismos, esas luchas intestinas eran más frecuentes en esta época, pues a medida que los terrenos de caza iban siendo cercados por los ganaderos, el terreno restante era más y más disputado entre los mismos indígenas. (…) Al principio los selknam trataban de defenderse, o defender su tierra, con sus flechas, pronto fue evidente que su única defensa al ser atacados era huir, pero debían huir a pie –con toda la familia- del ataque de hombres montados a caballo y armados”.

©Cortesía Cristian Donoso
Kawésqar Pedro fotografiado en el zoológico humano de París ©Cortesía Cristian Donoso

Pedro había vivido durante meses en la Misión de Ushuaia, y conocía la disposición pacífica y colaborativa de los misioneros anglicanos. Ushuaia parecía un refugio seguro frente las hostilidades que asediaban a su etnia en su propia tierra. Corroborando esta hipótesis, Thomas Bridges reportó que Pedro y su grupo de indígenas caminó a Ushuaia “porque podían hacerlo sin temor de que les dispararan, lo que no sucede en su propia tierra”.

Rockwell Kent tenía tres años cuando Pedro inició su travesía en 1885, desplazado por blancos, mestizos y quizás también por otras parcialidades de su propia etnia. Algunos de los niños que siguieron a Pedro en ese éxodo pudieron tener la edad de Kent o un poco más. Por aquel año el genocidio Selk’nam estaba por comenzar, y el paisaje humano que existía en Isla Grande de Tierra del Fuego era muy distinto del que Kent contempló y retrató en 1923. En 1880 la población de selk’nam en Tierra del Fuego fue estimada en 3.500 a 4.000 personas. Cuatro décadas más tarde, cuando Kent encontró lo que podrían ser los restos del campamento de Pedro en el valle del río Lapataia, la población Selk’nam estaba reducida a menos de 300 individuos.


[1] Este hallazgo está descrito en el capítulo XXI de Voyaging.

[2] Además de “Nativo Expediciones” en el área opera la lancha de la empresa “Viejo Lobo de Mar Expediciones”, de su armador y capitán Juan Bahamonde (“pechuga”), cuya base de operación está en un motorhome que estaciona temporalmente en una playa de dominio público. La oferta turística se completa con la pequeña cabaña que ofrecen Julio Contreras e Ivette Matínez en el ex aserradero de Caleta María. 

[3] Ese aserradero pudo pertenecer a Gustavo Müller, empresario de Punta Arenas que a la fecha del viaje de Kent (1923), tenía derechos de explotación sobre el predio donde se emplazaba. Su descendiente Gustavo Müller Wainnright me informó que en la memoria de su familia existía el recuerdo, transmitido en forma oral por generaciones, sobre de la existencia de un aserradero de propiedad de su antepasado Gustavo Müller en algún lugar de Tierra del Fuego.

[4] En un email Fielding Dupuy me informa que tanto él como Richard West han postulado que Rockwell Kent solo habría esbozado óleos durante su viaje por Tierra del Fuego, para luego terminarlos en Vermont (Estados Unidos de América) entre 1923 y 1925, con el apoyo de dibujos y fotografías registrados en ese mismo viaje. La gran cantidad de oleos que el artista esbozó en este islote, en contraste con el escaso número de oleos que esbozaría después –sólo uno en las cercanías del lago Acigami-, nos permite inferir que el artista debió aprovechar la logística del aserradero para enviar buena parte de sus lienzos a Punta Arenas, donde después podría recuperarlos, evitando así cargarlos durante su incierta travesía a pie hacia el canal Beagle.  

[5] Investigaciones del Centro de Estudios Científicos de Valdivia (CECs) evidencian que los glaciares de Tierra del Fuego tienen un comportamiento contrastado, con fuertes retrocesos en su vertiente norte -como el caso de los glaciares del cerro Domo retratados por Kent- y algunos avances en su margen sur. El CECs ha contabilizado 1681 glaciares en el archipiélago de Tierra del Fuego.  

[6] La Armada Argentina “con el fin de enriquecer la fauna argentina” (Film “Sucesos Argentinos 432”) e impulsar una industria peletera en Tierra del Fuego, introdujo 10 parejas de castores canadienses en el lago Fagnano. Según el proyecto “GEF Castor” del Fondo Mundial para el Medio Ambiente, actualmente la población de castores en Tierra del Fuego se estima entre 65.000 y 110.000 ejemplares, los que han afectado un total de 23.000 hectáreas de bosques fueguinos.

[7] A partir de la fundación de la misión anglicana de Ushuaia en 1869, se importaron a Tierra del Fuego caballos introducidos en 1764 por Louis Antoine de Bougainville en isla Gran Malvina, procedentes de Uruguay. Más tarde, en 1885, el gobernador argentino Félix Paz importó a Ushuaia algunos caballos por vía marítima. Los primeros humanos en llegar con caballos por vía terrestre al canal Beagle fueron los buscadores de oro Cosme Espiro y Juan Fariña, quienes procedentes de la zona centro occidental de Tierra del Fuego, en 1885 introdujeron cinco caballos y una yegua. La estancia Yendegaia aprovechó por décadas los caballos cimarrones para abrir senderos a través de la nieve durante los inviernos, permitiendo así el tránsito de las ovejas.

[8] Esta tenencia fue fundada como retén en 1962 con el objetivo de fortalecer la presencia del Estado chileno en la zona, especialmente luego del incidente del islote Snipe de 1958, que agudizó las tensiones entre Chile y Argentina por la cuestión de la soberanía sobre las islas ubicadas al sur del canal Beagle.

[9] La ruta Y – 85, más conocida como “senda de penetración Vicuña – Yendegaia” comienza a construirse en 1979, inmediatamente después de la abortada “Operación Soberanía” de diciembre de 1978, que puso a Chile y Argentina al borde de la guerra en el contexto del “Conflicto del Beagle”. La construcción del camino se realiza bajo la influencia del enfoque geopolítico denominado “expansión de las fronteras interiores”, que promueve la consolidación del Estado Chileno dentro de su espacio geográfico con obras de infraestructura de conectividad y con una división política capaz de articular polos de desarrollo regional con zonas periféricas históricamente aisladas del “Heartland” de la nación. 

[10] En 2010 navegué en kayak con Mario Sepúlveda y Javier Pérez desde lago Fagnano hasta bahía Ainsworth, bajando el río Azopardo y consiguiendo el primer ascenso en una montaña innominada ubicada en el margen occidental del glaciar Marinelli. Antes de retornar a la desembocadura del río Azopardo y portear los kayaks de regreso al Fagnano, navegamos hasta bahía Blanca para continuar a pie hacia el Paso de la Muerte. En 2017 remonté con Anais Puig y Bárbara Donoso los glaciares Stoppani y Armada de Chile hasta llegar a la base del cerro Stoppani. En octubre de 2018, formando una cordada con Harry Brito y Camilo Hornauer, logramos el primer ascenso de los cerros Dalla Vedova y Stoppani, los más altos en la naciente del glaciar Stoppani. El mismo año, en enero, exploramos con Alfredo Pourailly las montañas ubicadas al este del fiordo Parry, en el marco del proyecto “Postales de Hielo”. En 2020 realicé con Paula López una travesía terrestre entre las caletas La Paciencia y Jackson, cruzando longitudinalmente los lagos Este y Oeste, a los pies del cerro Muela, con el apoyo de un pequeño bote inflable.

[11] “Fuegian Cannibal devouring Young clams”

[12] Esta reputación se propagó y consolidó por Europa a partir de los relatos de exploradores como Américo Vespucio, cartógrafos como Sebastián Münster y artistas como Teodoro De Bry, que dieron forma y consolidaron en el imaginario europeo la imagen de una Patagonia habitada por caníbales y gigantes. En el caso de los canoeros australes, esta fama, favorecida por el morbo del público, se propagó con especial fuerza a través de la obra de Teodoro De Bry, ampliamente difundida en la Europa protestante, que retrata la masacre de los marineros holandeses de Jacques L´Hermite a manos de los Yaganes en bahía Nassau en 1624. Tres siglos más tarde, Rockwell Kent revitaliza esta fama con sus publicaciones en Norteamérica.

[13] Esas chozas indígenas debieron ser parecidas a las que Kent encontró en la isla Wickham ya que no duda en atribuirlas a los kawésqar y no a selk´nam o criollos, cuyas viviendas también conoció durante su viaje por Tierra del Fuego.