Ladera Sur La silenciosa desaparición de los peces de roca y la carrera para recuperarlos
La silenciosa desaparición de los peces de roca y la carrera para recuperarlos

Medio Ambiente

La silenciosa desaparición de los peces de roca y la carrera para recuperarlos

Los peces de roca han sido capturados durante décadas por la pesca artesanal, recreativa y deportiva, pero la falta de regulación ha diezmado de forma significativa a las poblaciones de varias especies, como el acha, el pejeperro o la vieja negra. A esto se suma la sobreexplotación de los bosques de huiros, de los cuales dependen para su desarrollo y supervivencia. Estos animales – únicos de la corriente de Humboldt – son poco conocidos a nivel ciudadano, aunque constituyen parte de la carta de distinguidos restaurantes que los venden como alternativa “sustentable”. Por ello, desde distintas instituciones impulsan acciones para frenar su declive y recuperar a los habitantes que alguna vez colmaron el litoral chileno.

El gris, rojo, amarillo brillante o café forman parte de su paleta de colores. Su menú puede estar compuesto por lapas, pequeñas jaibas o algas, mientras algunos poseen características increíbles, como el hermafroditismo que permite cambiar de sexo al róbalo y pejeperro. Justamente a este último era fácil verlo – hace décadas – con sus harenes, constituidos por un macho y siete hembras. Las cuevas y los bosques de huiros refugiaban a un buen número de estos peces únicos – o endémicos – de la corriente de Humboldt, como el apañado, pejesapo o vieja negra, entre tantos otros de nombres curiosos que reflejan la idiosincrasia nacional.

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Pejeperro ©Eduardo Sorensen | Subelab

Sin embargo, ya no abundan en el litoral como antes. Para muchos, puede sonar como algo fútil o menos impactante que los incendios en el Amazonas o la desaparición del rinoceronte blanco, aunque sí captan el interés cuando se trata de lujosos platos que forman parte de la carta de los más insignes de los restaurantes.

Así es el panorama que enfrentan los peces de roca o litorales, especies que suelen habitar cerca de la playa, entre los 0 y 40 m de profundidad, en sectores rocosos y en bosques de huiros, principalmente de Lessonia trabeculata. Durante décadas, han sido capturados por pescadores artesanales, recreativos y buzos deportivos, en especial en el norte del país, mientras aún no cuentan con medidas regulatorias o de administración pesquera específicas para su explotación. Como resultado, sus poblaciones han sido diezmadas de manera considerable, llevando a un estado crítico a varias especies como el acha (Medialuna ancietae), la vieja negra (Graus nigra), el pejeperro (Semicossyphus darwini) y el san pedro (Oplegnathus insignis).

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Vieja ©Eduardo Sorensen | Subelab

“Siempre se cree que necesitas una flota gigante para poder dañar una especie, como barcos industriales con redes de arrastre, pero en este caso el sistema es tan delicado y frágil, con estos animales que viven en una franja costera entre los 0 y 40 metros, no más. Además, tienen poca fecundidad, es decir, tienen pocos huevos, y son muy longevas, o sea, tienen una cantidad de características biológicas que la hacen más frágiles que una sardina o un jurel. Entonces, uno espera que para tener un efecto en ellas necesitas embarcaciones industriales, pero en realidad unos cinco o seis buenos buzos te pueden reducir la abundancia relativa en un área”, alerta Natalio Godoy, científico marino de la ONG The Nature Conservancy.

A esto se suma el alto nivel de desconocimiento que existe sobre estos organismos, tanto a nivel ciudadano como científico, en especial porque no existe información abundante y robusta sobre aspectos básicos de su biología y ecología.

Para el director de investigación de Costa Humboldt, Javier Naretto, “la principal amenaza es la falta de regulación y el boom en la demanda que ha tenido en el mercado. Si vamos a resumir eso, yo consideraría que es la falta de regulación, porque podríamos tener un boom de mercado y con una buena regulación no habría problema. La falta de información de los consumidores es bastante grande, porque como son peces de roca, se presentan como una opción sustentable de consumo, mucha gente piensa que por ser pesquería artesanal y de roca es sustentable, pero hay que tener claro que no lo es, no es una pesquería sustentable actualmente, bajo las reglas del juego de ahora.”

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Rollizo ©Eduardo Sorensen | Subelab

La demanda de estos peces en el mercado ha crecido sostenidamente, aumentando la presión sobre ellos. Según los expertos, aunque estos recintos cumplan con toda la normativa vigente para su comercialización, desde otro punto de vista no se ciñen a la sustentabilidad, porque no hay ninguna medida de manejo para estos animales.

Es importante considerar, como punto de partida, que actualmente existe una regulación general y estándar para efectuar la pesca en Chile, la cual consiste en estar inscrito en el Registro Pesquero Artesanal.

No obstante, en el caso concreto de los peces litorales, no hay ninguna medida de regulación para su captura, como cuotas, tallas mínimas o vedas, “y todos los datos indican que estas pesquerías están muy deprimidas, muy lejos de lo que eran antes, y salió luego un nuevo problema que es el mercado”, añade Godoy.

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Apañado en Atacama| Subelab ©EduardoSorensen | Subelab

Tampoco existe una estimación poblacional o una evaluación de stock respecto a la cantidad aproximada de peces que existiría en el mar, en especial porque no se consideran una pesquería importante a nivel nacional.

“Eso no quita que no tengan importancia a nivel local para la pesca artesanal, y no quita que no sean vulnerables a la sobreexplotación. Pasa por intereses. A diferencia de la merluza o el jurel que son pesquerías industriales que sacan muchos volúmenes, estos peces son considerablemente más vulnerables que muchas de esas otras especies, por su rango de hábitat más limitado y por su historia de vida. Son peces más longevos, pensando que la anchoveta puede vivir dos o tres años, pero los peces [de roca] viven 20 o 30 años, o incluso más”, detalla Naretto.

Además, la información relacionada con la pesca de este grupo es más bien escasa. Para tener una noción, los informes de desembarques de peces en Chile están disponibles desde 1936, pero en el caso de las especies litorales se han reportado sus capturas recién desde el año 1979.

Pese a lo anterior, las estadísticas disponibles que posee el Servicio Nacional de Pesca y Acuicultura (Sernapesca) de desembarques desde el sector artesanal, han permitido que los investigadores constaten lo que acusaba la mera observación: la fuerte caída que han experimentado las poblaciones de estos organismos en el litoral chileno.

Desmenuzando el problema

Cuando escarba en la memoria, recuerda que durante su adolescencia fue testigo de su abundancia, la cual fue decreciendo a medida que avanzó el tiempo. “En Chile tenemos cuatro especies de pejesapo, pero una es muy grande, y desgraciadamente le diría, es muy sabroso cuando lo preparan en unas cazuelas que hacen en el norte. Entonces una vez que fui para allá, pregunté por la sopa de pejesapo para saber cómo estaba la cosa, y me dijeron: ‘no, usted está loco, de adonde le vamos a sacar eso si ya no hay’”, relata Germán Pequeño, académico de la Universidad Austral de Chile (UACh), quien ha investigado por décadas la ictiofauna nacional.

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Cabrilla ©Eduardo Sorensen | Subelab

Para Pequeño, los peces de roca “son desgraciadamente muy desconocidos por la gente, porque para muchos no constituyen parte de su alimentación y, por otro lado, varían mucho desde el norte al sur del país. Los peces que viven entre Coquimbo y Arica prácticamente no se encuentran en la zona de Puerto Montt y Punta Arenas, como el róbalo, Eleginops maclovinus, que se encuentra desde el río Aconcagua hasta Magallanes, pero encontrarlo ahora en el río Aconcagua y en la zona central de Chile es bastante difícil, muchos creen que se ha extinguido en esa región”.

También se ha reflejado ese declive en otros trabajos, como un estudio publicado en 2010 que dejó en evidencia cómo los tres peces litorales más grandes y emblemáticos para la caza submarina, como la vieja negra, pejeperro y acha, mostraban a fines de la década de 1990, signos de “agotamiento” o colapso, en términos de abundancia y tamaño. Además, las capturas habían cambiado de grandes especies de carnívoros a mayor número de omnívoros y herbívoros de menor tamaño. También obtuvieron información de dos campeonatos de pesca, realizados en 1971 y 2004 en Iquique, y de las percepciones de los pescadores, que apuntaron a una disminución en el tamaño medio de los ejemplares capturados.

Para poder practicar la pesca recreativa y comercial se requieren licencias otorgadas por Sernapesca, mientras que los métodos para la extracción pueden variar, dependiendo de los usuarios.

©Ana Gic | Pixabay
©Ana Gic | Pixabay

Por ejemplo, algunos emplean la línea de mano desde la costa o embarcaciones. Otra forma, que predomina en la pesca deportiva, es a través de la caza submarina, la cual puede efectuarse por buceo de apnea donde utilizan un arpón. En general, los pescadores artesanales realizan buceo asistido con equipo hookah (con suministro de aire comprimido), que les permite estar más tiempo bajo el agua, y ocupan arpón o un gancho largo, conocido como bichero o fija.

Al respecto, Naretto sostiene que el impacto del “uso de hookah en esta pesquería, sin asignar cuota, ha sido súper fuerte, porque el buzo que tiene una asistencia por aire puede recorrer una zona bastante extensa, sin limitación”.

La disminución de estos peces es tan evidente, que en algunas caletas los pescadores han acordado internamente ciertos límites para su captura, lo que también ha ocurrido en federaciones deportivas que han establecido normas para actividades como los campeonatos.

Asimismo, el director científico de Costa Humboldt sostiene que “hay pescadores que cumplen con todo lo que manda la normativa, y cuando extraen tienen que reportar a Sernapesca los números de sus desembarques, pero hay muchos pescadores que realizan la actividad de manera informal. No son todos, pero existe un gran número que queda en una especie de limbo, que no son artesanales, tampoco deportivos, que realizan la pesca y no están inscritos ni habilitados para realizar la extracción e igual lo hacen. Esos desembarques no son reportados, y en general no son vendidos formalmente, no tienen estas guías de despacho, y quedan en caletas o tienen una venta informal”.

Por otro lado, se erige otra amenaza para estos peces relacionada con su limitado hábitat. Las algas pardas han adquirido una significativa relevancia económica en los últimos años debido a la demanda internacional de países como Japón y China.

Cabezas de huiro barreteadas. ©Antonia Perello
Cabezas de huiro barreteadas (Referencial) ©Antonia Perello

Eso ha desencadenado la sobreexplotación de los bosques submarinos, motivando prácticas como el barreteo, que consiste en arrancar a las algas desde sus discos o “raíz”. Esto pone en peligro no solo a las especies algales, sino también a todo un ecosistema que es crítico para el desarrollo y sobrevivida de un sinnúmero de organismos marinos, entre ellos los habitantes litorales que motivan esta nota.

“Hay muchas de estas especies que dependen del huiro para su desarrollo, como la cabrilla común o española, la jerguilla o el pejeperro, entonces el barreteo, esta actividad que remueve grandes parches de bosque de macroalgas desde el disco, no permite que se renueve. Eso genera estos fondos blanqueados como se denominan, donde pasamos de un sector boscoso a básicamente una ‘pradera’. Si lo llevamos a tierra, es como si pasaras de un parque nacional a un sector productivo para el ganado. Hay varias especies que se ven afectadas”, grafica Naretto.

Una carrera a contrarreloj

Si bien se ha avanzado en investigaciones sobre estos organismos, aún hay aspectos básicos que no se conocen a cabalidad. Por ello, se están impulsando iniciativas como un programa de marcaje de viejas y bilagays para hacerles seguimiento, realizado por científicos y pescadores artesanales dentro de áreas de manejo en caletas de Chile central.

“Tenemos que resolver algunos problemas de biología básica para también informar la gestión, entonces, el plan de marcaje de estas especies tiene que ver con eso. Estamos en los primeros pasos, de empezar a entender los ámbitos de hogar de estas especies, cuánto se mueven, cuánto no se mueven, si después vuelven a una cueva específica, porque eso nos empieza a dar algunas indicaciones acerca de qué medidas de gestión pueden ser más efectivas que otras”, explica Stefan Gelcich, académico de la Universidad Católica e investigador del Centro de Ecología Aplicada y Sustentabilidad (Capes).

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Bilagay ©Eduardo Sorensen | Subelab

Si bien Gelcich puntualiza que la iniciativa está en pleno proceso, adelanta que – hasta el momento – han avistado a los individuos marcados en la misma zona donde se registraron por primera vez, lo que confirmaría que sus ámbitos son más bien limitados, siendo muy fieles a su hábitat.

El científico de Capes recalca que “esto es interesante, pero estamos co-aprendiendo. Para llegar a una buena gestión de estas especies tenemos que empezar desde el día cero a trabajar juntos, con las ONG, pesca artesanal, academia y, por supuesto, el Sernapesca y Subpesca. Lo más importante es que podamos aprender juntos, porque si no pueden surgir soluciones que después son inviables, o lo único que generan es mucha pesca ilegal porque no van a ser implementables”.

Pero ¿cómo recuperar a estos peces?

En general, y considerando las medidas tradicionales que se emplean para regular la pesca, varios coinciden en que la talla mínima de captura sería deseable pero más difícil de implementar al requerir un nivel de fiscalización mucho mayor.

En ese sentido, existirían otras más factibles como la veda reproductiva, que consiste en la prohibición de la captura y comercialización de determinada especie durante su periodo de reproducción, con el fin de permitir el desove y reclutamiento – o incorporación de los ejemplares juveniles- a la población.

Por su parte, Naretto afirma que “creo que tendría un mayor impacto el regular las artes de pesca que se están utilizando, poner vedas reproductivas y, definitivamente, poner vedas extractivas que responden únicamente al mal estado de salud de las poblaciones naturales”.

“Lo otro es mejorar protocolos de toma de datos para la pesca recreativa, en términos de entender qué se está pescando, dónde se pesca, y ahí estamos trabajando con el Sernapesca. Estamos avanzando con una mesa de trabajo multisectorial, con todas las voluntades puestas”, señala Godoy, quien menciona iniciativas de The Nature Conservancy como Fish Path, que ha congregado a diversos actores involucrados en esta materia para fomentar la sustentabilidad en las pesquerías, y una guía de pesca recreativa que elaboraron con recomendaciones para la captura de 17 especies, luego de un largo proceso de recopilación de información.

Tablilla peces roca. Gentileza TNC
Tablilla de peces costeros. Gentileza The Nature Conservancy

Gelcich, en tanto, sostiene que la idea también es pensar en medidas más innovadoras. Si bien recalca que está en pleno proceso de discusión entre los distintos involucrados, algunas alternativas podrían apuntar a instrumentos existentes como los planes de manejo, un conjunto de normas o acciones que permiten administrar una pesquería.

“Hoy día no existe ningún comité de manejo ni plan de manejo para peces de roca, entonces habría que crear el primero. Esa es una herramienta que existe y se podría usar. El comité puede ser regional, o por un conjunto de caletas”, señala el académico de la Universidad Católica.

Asimismo, Gelcich indica que las áreas de manejo de la pesca artesanal, destinadas a la explotación de especies bentónicas (como locos, lapas, erizos o algas), pueden resguardar a los peces litrorales en mayor medida, en comparación a sitios de libre acceso. “Según los resultados que tenemos de otras investigaciones, cuando no hay caza en las áreas de manejo, éstas funcionan como un refugio, como un ‘área protegida’ para peces de roca, entonces hay más abundancia y son más grandes”. Es por ese motivo que también realizan estudios en esas zonas, como el mencionado marcaje de viejas y bilagays.

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Jerguilla ©Eduardo Sorensen | Subelab

Para Pequeño, es necesario también dejar de lado los intereses meramente económicos, y que la sociedad en su conjunto haga visible este problema para fomentar un cambio. “Yo creo que Chile es un país que tiene el mar al frente pero no lo ve. Decimos que somos marineros y defendemos el mar, y tenemos disputas internacionales por él, pero por el mar hacemos poco o nada”, lamenta.

Adicionalmente, el profesor de la UACh indica que “cada región debería tener laboratorios marinos y costeros para monitorear permanentemente no solo el problema de los peces litorales, sino también las variaciones de marea y, a la larga, todo el conocimiento relacionado con el mar”.

Godoy asegura que “nosotros no estamos por cerrar todo, sino que buscamos hacer un manejo sustentable donde la cultura y las comunidades puedan avanzar en su desarrollo productivo, pero además asegurando la conservación de estos ambientes y sus especies”.

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