Este lugar único y misterioso, conocido por sus paisajes y flora y fauna, se encuentra realmente amenazado por diversos factores que deterioran su biodiversidad día a día. El primer paso es conocer estas amenazas que invaden e interactúan en el territorio, como una herramienta para comprender las dinámicas ecológicas que se encuentra enfrentado este lugar perdido en el Océano Pacífico.

Paisaje desde el sendero punta de isla. ©Daniela Díaz
Paisaje desde el sendero punta de isla. ©Daniela Díaz

Ubicada a más de 650 km del continente, se encuentran las islas Santa Clara y Robinson Crusoe. Esta última es la única isla que se encuentra habitada del archipiélago, donde se encuentra el poblado San Juan Bautista. Alejandro Selkirk se encuentra aproximadamente a 180 km de Robinson Crusoe. Aquí existe un pequeño asentamiento donde los pescadores se trasladan durante los meses de temporada de langosta. Estas islas componen el Archipiélago Juan Fernández, lugar de piratas, tesoros, impactantes paisajes y de una naturaleza realmente sobrecogedora.

Siempre en torno a las islas se crea un imaginario representativo, especialmente si estas son lejanas y aisladas. El espacio de las islas no solo representa una característica geográfica de aislación, sino que onírica, el cual está inserto en un imaginario colectivo global y/o local. El imaginario de Juan Fernández lo componen diversos eventos y elementos; inmediatamente lo relacionamos al concepto de travesía, del viaje que se debe realizar para llegar a este lugar, la literatura representada por la novela de Defoe, “Robinson Crusoe”, la cual se mezcla con la historia real del marinero Aljeandro Selkirk, confinado más de 4 años en esta isla desolada, la pesca de su famosa langosta, y finalmente su flora y fauna, única en el mundo.

©Daniela Díaz
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Hoy en día este territorio se encuentra realmente amenazado, poniendo en peligro este patrimonio natural y cultural. Los ecosistemas insulares son sitios de alta fragilidad y singularidad en cuanto a dinámicas ecológicas y socio-económicas. A su vez, las islas volcánicas, las cuales tardan millones de años en formarse del fondo marino, asentarse y finalmente comenzar a poblarse, han desarrollado altos índices de endemismo en su flora y fauna.

El archipiélago Juan Fernández, es el que posee el índice más alto de endemismo en el mundo, considerando su pequeña superficie. Esta singularidad, más la fragilidad de este ecosistema insular, y por supuesto las actividades y eventos de origen antrópico, han dejado al archipiélago, y en especial a la isla Robinson Crusoe, en un estado crítico de conservación y deterioro que empeora con el tiempo. La pérdida de la biodiversidad por la introducción de especies invasoras, talas de flora nativa, incendios, entre otros, ha dejado a la gran mayoría de estas especies únicas, en estados críticos de conservación e incluso ha llevado a varias a la extinción.

©Daniela Díaz
©Daniela Díaz

Al caminar por el poblado, en sus senderos y en las cumbres, se puede apreciar una de las principales amenazas, una amenaza silenciosa pero muy agresiva. Esta son las llamadas 3M, el maqui (Aristotelia chilensis), la murta (Ugni molinae) y la mora (Rubus ulmifolius). Estas especies de flora introducidas a lo largo de los años, han generado un problema ecológico realmente perturbador. Las especies nativas, no poseen la capacidad natural de competir con esta plaga foránea, por lo que estas invasiones siempre ganan. Se reproducen sumamente rápido y ocupan el espacio vital de la flora nativa/endémica del archipiélago, reproduciéndose e instalándose en las aperturas de los claros del bosque prístino.

Lo mismo ocurre con las especies de fauna introducidas. El caso más conocido es el de la cabra o chivo de Juan Fernández. Este se introdujo como fuente de alimento por los corsarios y navegantes, quienes consideraron estas islas un buen lugar para abastecerse y descansar de sus largas travesías. Desde ahí, este animal comenzó a erosionar la tierra, alimentándose de la frágil flora. El conejo europeo, traído también con el mismo propósito, hoy se encuentra prácticamente en todo Robinson Crusoe alimentándose también de las especies nativas. Está el caso del ratón, el cual se alimenta del sotobosque fernandeziano y el del ganado, que vaga libre por Villagra. Otras especies introducidas son el coatí, las palomas, gatos y perros que se han asilvestrado y el zorzal. Este último genera una facilitación junto a las 3m, dispersando sus semillas en todo el territorio.

©Daniela Díaz
©Daniela Díaz

Otra arista importante que se suma al problema ecológico, es la existencia del bosque exótico de pinos y eucaliptos, el cual rodea el poblado San Juan Bautista. Este, al no contar con un plan de extracción y control, creció descontroladamente formando una franja amplia, que colinda con el Parque Nacional. El problema de este bosque es que ya está sobrepasando los límites de la cuenca de la Bahía de Cumberland, peligrando las otras cuencas de vegetación más prístina. El bosque exótico absorbe el agua de las quebradas durante todo el año, generando un estrés hídrico en la temporada de verano y afectando estas quebradas consideradas como corredores ecológicos que conectan el poblado con la vegetación nativa de Juan Fernández.

Las características principales de las especies invasoras son: se adaptan muy bien a áreas perturbadas, tienen una rápida y destructiva colonización, son de difícil erradicación, alteran la composición natural de los ecosistemas afectados y terminan degradando los hábitats invadidos. Poniendo en riesgo la memoria ecológica natural del lugar.

Vista desde el mirador de Selkirk. ©Daniela Díaz
Vista desde el mirador de Selkirk. ©Daniela Díaz

Es así como todos estos factores, entre otros, potenciados por la erosión natural, tienen al archipiélago en un estado frágil de conservación. Desde un principio, al llegar uno puede sentir la soledad de este lugar, soledad dada por el aislamiento geográfico, la travesía recorrida y lo basto de sus paisajes. Es un cambio fuerte donde se sufre instantáneamente el cambio de ritmo. Al preguntarle a la gente si realmente se sentían solos aquí o cómo aguantaban la aislación y la soledad, hubo una respuesta que realmente me dio a entender la visión territorial del general de los isleños: “Nunca estamos solos, estoy acompañado todo el tiempo por estos enormes cerros que nos protegen del viento, de los bosques, sus animales, las lluvias, de la mar y sus mareas y de toda la naturaleza profunda de este lugar”.

Desde el buque de abastecimiento “Antonio”, que va 2 veces a la semana y provee a la isla. ©Daniela Díaz
Desde el buque de abastecimiento “Antonio”, que va 2 veces a la semana y provee a la isla. ©Daniela Díaz

Con esta respuesta entendí el verdadero sentido de habitar un lugar tan remoto y extremo. Los elementos naturales, o recursos, son el alma de la comunidad. El amor por el territorio es su cultura, no solo actual sino ancestral, y sus tradiciones, hoy en día adaptadas a la modernidad, son su forma de convivir con un pasado histórico potente. Es ahí donde se entiende la importancia de cuidar el patrimonio natural del archipiélago, no solo con un fin ecológico, sino que humano. Entender que este patrimonio natural es lo mismo que el patrimonio cultural isleño. Ambos forman un patrimonio integral.

Es por eso que al cuidar el territorio, no solo ayudamos a conservar estas especies únicas, sino que cuidamos también este imaginario, la identidad de su gente que habita este pedazo de tierra en el Pacífico. Cuidamos esta tierra que surgió desde las profundidades del mar, cuidamos el proceso
evolutivo de miles de años. Cuidamos y valoramos la pesca y la utilización de los recursos marinos de una forma sostenible y artesanal.

Bahia el padre, lugar donde está el aeródromo​. ©Daniela Díaz
Bahia el padre, lugar donde está el aeródromo​. ©Daniela Díaz

Finalmente al recuperar la ecología, se recupera el amor, amor hacia nosotros que formamos parte de ella y el valor a nuestra tierra, nuestro hogar.

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