Poco más de dos meses han pasado desde el inicio de las cuarentenas masivas en el Planeta por el COVID-19, y ya se observa cómo la naturaleza recupera lentamente sus espacios y mejoran las condiciones ambientales en algunas ciudades. A modo de ejemplo, existen registros en diversas zonas de animales salvajes retomando sectores de ciudades y pueblos, playas y plazas abandonadas por los seres humanos. Por otro lado, se ha observado (mediante satélites que orbitan la Tierra) una disminución de la contaminación atmosférica en ciudades de países como Italia y China; lo que ha permitido volver a ver el paisaje natural sin smog en algunos sectores del Planeta (como por ejemplo en los Himalaya).

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©Daniel Casado

Este leve mejoramiento en las condiciones generales del medio ambiente nos hace pensar en los efectos sobre la naturaleza que posee el abandono de las calles y el confinamiento de los humanos por un periodo de tiempo. Esto se puede interpretar como un “respiro” para el planeta y los variados ecosistemas tan afectados por el avance de la civilización humana y la intensificación de las actividades antrópicas.

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En el contexto de crisis climática, que atravesamos como sociedad global, surge la idea de una “hibernación humana o social”, con periodicidad en el tiempo, como mecanismo auto- gestionado en los diversos territorios, que pueda ayudar a la sobrevivencia de nuestros ecosistemas y de nuestra propia civilización. Ya es evidente la necesidad de paralizar o disminuir drásticamente nuestras emisiones de gases de efecto invernadero (GEI’s) y otros factores como el cambio dramático de uso del suelo, con sus consecuentes efectos sobre los servicios ecosistémicos.

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©Daniel Casado

Hoy, a causa de la pandemia por COVID-19, el teletrabajo se ha instalado -prácticamente a la fuerza- como metodología de trabajo totalmente posible gracias al avance de las tecnologías de las comunicaciones y el Internet.

Esto ha permitido, entre otros efectos, menor necesidad de desplazamiento de las personas en las ciudades y a causa de ello menor tráfico de autos en las calles y de otros medios de transporte (aviones, barcos, entre otros) con la consecuente menor presión sobre la naturaleza. A su vez, el teletrabajo ha fomentado al consumo local de productos (principalmente de alimentos), apoyando por ahora a la sobrevivencia del alicaído sector comercial y al trabajo de muchas personas. Nos preguntamos entonces, qué ocurriría si todos los años la sociedad se paraliza e hiberna, confinándose en espacios o territorios, para efectos de disminuir la magnitud de los impactos de las actividades antrópicas sobre los sistemas socio-ecológicos y con ello a la amenaza del cambio global.

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En esta hibernación forzada en la que nos tiene sometidos el coronavirus, se evidencia que aún es posible vivir en armonía con la naturaleza, recordándonos – a los seres humanos – que también somos parte de la naturaleza, pero que por infinitas variables nos enajenamos de ella. Es una oportunidad única para re-naturalizarse y volver a los ritmos y ciclos naturales, tal y como lo hacen todas las especies de este planeta. Un proceso restaurativo a diferentes escalas que por lo demás traería múltiples beneficios socio-económicos y por supuesto ambientales.

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La hibernación humana requeriría de todos modos instaurar una mayor colaboración y trabajo en las comunidades locales (co-gestión y gobernanza local) para prepararse con tiempo para este periodo. Esto ya que se requeriría acumular recursos para subsistir adecuadamente a estos períodos, en particular si los periodos de hibernación se realizan durante los períodos invernales.

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Hibernación humana ©Daniel Casado 001 (8)

En este sentido, la necesidad de contar con espacios verdes y áreas públicas para utilización comunitaria (sobre todo en zonas urbanas), huertos urbanos e invernaderos colaborativos, sistemas de compostaje y reciclaje de basura, sistemas auto-gestionados de energía renovable autónomos, sistemas para el aprovechamiento de aguas lluvias, entre otras tantas tecnologías existentes que otorgan mayor independencia de los sistemas interconectados y mercados centrales.

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©Daniel Casado 

Esto podría ayudar no solo a que las comunidades, sobre todo rurales, sean más autosuficientes, sino que también permitirían una mayor comunicación y coordinación entre los actores locales para hacer frente, no solo a las amenazas globales como el coronavirus, sino también para mejorar su preparación ante los propios riesgos locales. Para ello resulta necesario fortalecer nuestras redes de apoyo o “tejido social”, reconfigurar nuestros sistemas de gobernanza local y territorial, así como reformular y/o adaptar nuestros modos y hábitos de vida, o en otras palabras más simples, nuestra relación al medio ambiente y nuestro entorno territorial.

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©Daniel Casado 

En este punto, los conceptos de “tribu” y “aldeas” rurales y urbanas renacen con fuerza para estos efectos, aunque ahora serían instancias comunitarias cuya población se encontrará conectada digitalmente vía internet, “teletrabajando” en distintas tareas, estudiando a distancia, pasando más tiempo con la familia, cultivando sus propios alimentos y cuidando su entorno.

En la práctica más cotidiana se necesitaría la recolección, almacenaje y conserva de mucho de los alimentos que necesitaríamos para el periodo de hibernación. Esto da la oportunidad de re-sintonizar con los alimentos por temporada, a preparar chacras, invernaderos y huertos dentro de casas y terrazas. También puede ser un periodo para reconectar con bacterias y hongos que son beneficiosos para el ser humano, por ejemplo, el pan de masa madre, el yogurt de pajaritos, los fermentados (hidromiel, sidra, kombucha, vinagre), entre otros.

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©Tomás González 

En el periodo de cuarentena, que estamos atravesando por COVID-19, muchos de los que han tenido la posibilidad de quedarse en casa han podido re-encantarse con la cocina, lo que también trae múltiples beneficios para la nutrición y la vida en familia. La suficiencia alimentaria no se consigue cultivando diversidad en las chacras solo de una comunidad, o en comunidades ubicadas en una sola microcuenca. Es necesario fortalecer los denominados espacios de intercambio de semillas y productos, donde mediante el trueque o monedas locales se consigue gran diversidad alimentos y donde también se regenera la sabiduría que ha hecho posible su conservación.

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©José Gerstle

Gran parte de los cambios sociales indicados requieren una mirada desde el punto de vista de la educación. Esta pandemia nos viene a recordar la necesidad imperativa de que los contenidos de los programas educacionales, tanto a nivel escolares como técnico y superior (que producto del COVID-19 han comenzado a realizar de manera online iniciando de manera forzada la “tele-educación” a gran escala), incorporen temáticas como la Agroecología, la Permacultura, la Bío-Construcción, Conservación de alimentos, Alimentación Saludable y Nutrición, Tecnologías de Energías Renovables de Bajo Costo, Construcción de Humedales Artificiales, Compostaje y Reciclaje, Economía Ecológica y Economía Circular; entre otros tantos saberes que es necesario que las nuevas generaciones de seres humanos implementen en su vida cotidiana para con ello aportar a los cambios transformacionales que nuestra civilización y modelo de desarrollo económico requieren para su subsistencia a largo plazo.

Hibernación humana ©José Gerstle
©José Gerstle

Una nueva educación para una nueva sociedad es urgente, y ésta se debe basar en pensar el medio ambiente y la naturaleza de manera distinta, no tanto desde un punto utilitarista y económico, sino más bien desde la armonía, la empatía y la sinergia para con el resto de seres vivos y ecosistemas. Ya lo planteaba el ecólogo político latinoamericano Enrique Leff: “No será posible dar respuesta a los complejos problemas ambientales ni revertir sus causas, sin transformar el sistema de conocimientos que conforman la actual racionalidad social que los genera”.

Hibernación humana ©Nicolas Lagos
©Nicolás Lagos

La idea de la hibernación humana surge entonces como una oportunidad para darle un respiro periódico al Planeta desde lo local, lo cual requiere sin duda un cambio cultural y de paradigmas sobre nuestra relación de dependencia con los centros de consumo y los mercados globales, impuesta en gran medida por los modelos y/o estilos de desarrollo económico capitalistas y neoliberales.

Hasta hace algunos meses, tanto los científicos como en diversos centros de pensamiento, se continuaban evangelizando sobre la importancia de la educación de las actuales generaciones. Esto para que con su trabajo futuro se avance hacia una transformación de la mentalidad que nos conduzca como civilización hacia un estado más sustentable, amigable con el medio ambiente.

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©Tomás González 

Hoy fue el coronavirus el que, con mayor fuerza que los efectos visibles del cambio climático, nos vino a recordar que para superar estas crisis necesitamos avanzar ya no solo hacia la sustentabilidad, sino que hacia un pensamiento de “resiliencia socio-ecológica”, lo que requiere cambios transformacionales y eficaces en cuanto a nuestro actuar como sociedad.

La hibernación humana es probablemente una de aquellos cambios transformacionales, cuestión que deberíamos comenzar a evaluar y (re)incorporar en nuestras formas de vivir y habitar como especie animal que, finalmente, también somos.

Hibernación humana ©Nicolas Lagos 1
©Nicolás Lagos

 

*El contenido de esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la postura de Ladera Sur.

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