Ladera Sur Escritorios, Ventanas y Plumíferos
Escritorios, Ventanas y Plumíferos

Naturaleza

Escritorios, Ventanas y Plumíferos

En esta columna, el documentalista René Araneda nos invita a reflexionar acerca de la pérdida de conexión con la naturaleza. ¡No te lo pierdas!

Es un hecho: todo niño tiene una profunda conexión con la naturaleza. Un cariño intrínseco por los animales, el aire libre, por el barro, la arena y el mar. Debe ser algo genético, nacemos programados, con el recuerdo biológico de una especie que evolucionó en condiciones climáticas extremas junto a otros organismos, siendo parte clave de cadenas alimenticias donde fuimos presa y depredador. Establecimos lazos potentes con nuestro entorno natural, testigo silencioso de nuestro desarrollo como especie.

Pues bien, ¿lo bueno? Todo niño aún nace con esta memoria biológica. ¿Lo malo? La conexión mágica entre niño y naturaleza tristemente en algún momento se debilita, y en algunos casos, se desvanece. Al crecer, fácilmente olvidamos estas atracciones y afectos. Es algo que simplemente sucede, casi sin dejar rastros perdemos poco a poco las sensaciones alucinantes que alguna vez nuestro entorno natural generaba en nuestra loca y fértil  imaginación infantil.  Dejamos en un rincón del olvido nuestra admiración por los dinosaurios, la fascinación por todo lo que tenga garras, pieles, colas y colmillos. Se nos escapa la curiosidad por toda criatura diferente a nosotros. Esas extraordinarias sensaciones se almacenan en un baúl de recuerdos, empolvándose con el paso de los años junto a aquella maravillosa capacidad de asombro infantil.

Hace un tiempo estaba sentado en una oficina, frente a una pantalla, trabajando en algún proyecto catalogado de suma urgencia por algún jefe supremo de aquel entonces. Veía a través de una ventana como se escapaba cruelmente la luz del día, recordándome que tendría una larga noche para cumplir con una entrega de algún cliente de renombre que jamás siquiera me daría las gracias por mi pequeño granito de arena en su cadena alimenticia.

En ese entonces, no sabía exactamente (y no me cuestionaba) dónde ni cuándo había comenzado a olvidar al niño que vibraba con lagartijas y bichos…se estaba esfumando entre ascensores, computadores, cargos con nombres extravagantes, reuniones, jefes supremos y trabajos que no recuerdo ni quiero recordar. El primer auto, la polola del momento, el sueldo fijo a fin de mes…la búsqueda del éxito prometido. Una dinámica que seduce fácilmente a través de probadas fórmulas que aseguran la felicidad.

Sucede que en algún momento de la siempre difícil transición de niño a adulto, dejamos de caminar con la mirada hacia los árboles en busca de plumíferos, dejamos de escucharlos cantar, nos olvidamos de levantar rocas para dejarnos sorprender por cualquier ser vivo de 6 u 8 patas y ya no fantaseamos con seres mitológicos.

Pues bien, un repaso a nuestra infancia es un recordatorio importante de nuestro potencial. Debe serlo. Esa capacidad de asombro de un niño en un mundo enorme lleno de pequeños grandes misterios por descubrir, hizo que todos alguna vez quisiéramos viajar, explorar y vivir aventuras imposibles en tierras lejanas.  Cambiar el mundo. Soñar despierto. ¿Recuerdas? Exactamente lo contrario a las fórmulas pre-establecidas de éxito prometido y felicidad asegurada. A nadie le sugieren vivir lejos del escritorio, ahí fuera de tu ventana, en el riesgo y la incertidumbre.

Simplemente no hay razón más potente que ésta para dejar ese escritorio. Cualquier escritorio. Todo aquel que te amarra, te encadena y no deja ver más allá de su pulcra y atractiva superficie.  Todo escritorio con una ventana cerca, que no deja de transmitir en vivo y en directo lo que sigue sucediendo ahí afuera, mientras los segundos, los días y los años se te pasan volando entre misiones estratégicas de alta complejidad profesional. Y da lo mismo la profesión. Y da igual si el escritorio es físicamente una tabla con patas o no. Llámese escritorio todo aquello que nos amputa la imaginación, los sueños y las osadías arriesgadas y estúpidamente asombrosas. Llámese escritorio todo aquel que deja de creer en los giros inesperados, tanto los propios como los giros de quienes lo rodean. ¡Qué fácil es diagnosticar la locura ajena y celebrar la supuesta cordura propia!

Levantarse de golpe de esa acolchada silla ejecutiva, caminar hacia la ventana y recordar lo que alguna vez imaginábamos como niños. Eso es un primer paso. Una de tantas maneras de acumular el impulso necesario y atreverse a hacer lo que realmente quisimos desde siempre, sin miedos, sin influencias ni formatos o modelos de perfección, sin promesas de éxito más que la felicidad con uno mismo. Nunca es tarde para recordar y menos aún para atreverse, sea lo que sea que ese atrevimiento signifique.

Lo que viene después es parte de esa aventura que solamente puede ser disfrutada, con penurias, sacrificios y esfuerzos incluidos junto a las inminentes alegrías por venir. Lo que viene después no tiene precio, es cumplir con el niño o niña que un día te encargo ti personalmente, su YO adulto, la misión de cumplir sus sueños, por muy locos o imposibles que pudiesen parecer…

¿Cómo fallarnos a nosotros mismos?

 

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©Noelle Rawlins
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