Ladera Sur El trabajo perfecto
El trabajo perfecto

Naturaleza

El trabajo perfecto

Siempre he tenido una fijación con el trabajo que no parece trabajo.

De chico miraba a músicos que hacían giras por el mundo y decía “A ellos les pagan por hacer lo que más les gusta, nada más”. Por lo tanto, “ellos” estaban en mi lista de profesiones junto a: doble de película de acción, fotógrafo de la National Geographic -esos lomos amarillos llenaban las repisas y libreros de mi casa-, crítico de cine, guarda parques o testear nuevos sabores de helado. Siempre era algo por el estilo, mi idea de trabajo soñado era realizar alguna actividad que otorgara mucho más placer que dinero, relacionado a esa frase “¡No puedo creer que hay personas que incluso le pagan por hacer eso!”

Poco tiempo pasó para darme cuenta, frustraciones de adolescente, que el doble de acción tenía todos sus huesos rotos; el prueba-helados era obeso mórbido; el fotógrafo de la National Geographic ponía su vida en peligro a diario y que el guarda parques, crítico de cine y sobre todo los músicos, le dedicaban mucho más tiempo, sudor y energía a sus oficios, de lo que yo imaginaba.

Llegué rápidamente a la conclusión de que el trabajo perfecto no existía. Aunque nunca dejé de tener la esperanza de que se cruzaría por mi camino.

©Ignacio Santa María
©Ignacio Santa María

Más que fotografiar modelos en la playa o en un yate para una marca de cerveza, lo cual no es malo ni aburrido, siempre tuve la percepción de que un trabajo perfecto sería ser enviado a fotografiar y grabar el sur de Chile. En el fondo, era una buena manera de mezclar el NatGeo-guardaparques–dobledeacción latente que llevo dentro.

Este siempre fue, junto a mi socio, un sueño que nos ayudaba a pasar los días de trabajos fomes y clientes difíciles –los cuales sobran en el mundo de la publicidad- con la esperanza de que un día sonara el teléfono o llegara ese email.

Paciencia.

Por ahí anda.

Ya nos va a tocar.

Y llegó.

Nos llamaron para ofrecernos esa pega. En principio eran 20 días para retratar Patagonia, Región de Aysén y Los Lagos, Chiloé, fiordos, canales, sus bosques, paisajes y lagos.

Lago General Carrera, Patagonia, Chile. ©Ignacio Santa María
Lago General Carrera, Patagonia, Chile. ©Ignacio Santa María

Y no querían cualquier cosa, querían sólo la verdad.

No pidieron cielos azules, ni aguas calmas, ni arcoíris de bancos de imágenes. Querían nubes cargadas de agua y tormentas, mar picado y revuelto, bosques empapados, lluvia y humedad; la esencia de la zona y del lugar. Retratos de hombres y mujeres valientes, aislados, únicos. Nuestros personajes estaban repartidos por la zona, había que ir en busca de ellos, siendo el principal no el hombre, sino el entorno.

Cámara al hombro y bien equipados partimos. Santiago – Puerto Montt – Coyhaique: comenzar por el amanecer en el General Carrera, descubrir Río Ibáñez, Cerro Castillo, el Archipiélago Las Guaitecas, sus fiordos y pequeñas islas. Todos estos tramos recorridos en lanchas que te parten los riñones al navegar contra el viento y lentos cargueros que recorren distancias de un par de kilómetros en varias horas, los cuales comunican los distintos territorios, algunos incluso sin acceso por tierra, como Melimoyu un lugar de colonos con no más de 20 habitantes y una radio. Por lejos, una de las zonas más interesantes que conocimos.

Era lo que siempre habíamos esperado. Lo que nos hace despertar con ganas. Poner la alarma horas antes de que amanezca y tener todo listo para partir. Cada día había que informarse con gente de la zona y realizar un itinerario el cual nos permitiese retratar las distintas caras de este hermoso sur-sur.

Fiordo de Las Guaitecas, Patagonia, Chile. ©Ignacio Santa María
Fiordo de Las Guaitecas, Patagonia, Chile. ©Ignacio Santa María

Frío, mucha lluvia y calmas eternas que detienen todo. Tiempo, para pensar y resolver cada desafío en cada lugar. Y aventura, eso era todo lo que queríamos.

Ahí comenzó a pasar algo genial, algo que pocas veces sucede, la relación entre el viaje y la cámara comenzó a invertirse. Al viajar con más personas, uno está acostumbrado a que el traslado manda y la cámara debe ajustarse a los tiempos del viaje. Ya que, el bajarse del auto o detener la caminata por un paisaje que te quita el aliento en un trayecto que tiene un horario de partida y uno de llegada, hace que el tiempo para registrar el entorno entre en conflicto con el tiempo que uno tiene para recorrer distancias. Y la mayoría de las veces, el tiempo no es suficiente.

Ahora todo era distinto. Para nosotros no había un lugar determinado al cual llegar, no había un horario específico que cumplir. El viaje se detenía cuando la cámara así lo requería, por lo que no había apuro alguno. Si lo que queríamos era una toma de un bosque justo cuando deja de llover, esperaríamos que deje de llover y que se forme esa nube que aparece cuando el sol calienta el suelo y que sube lentamente hacia las copas de los árboles para, recién ahí, presionar el botón REC.

Lago Llanquihue, Chile. ©Ignacio Santa María
Lago Llanquihue, Chile. ©Ignacio Santa María

Si lo que necesitábamos era esperar a que baje la marea para ir al tronco viejo que apenas se asomaba, esperaríamos, nos sacaríamos los zapatos y caminaríamos hasta llegar a él. De la misma forma en que esperamos el punto exacto del amanecer o la luz de cuando el sol ya se puso en el horizonte y sólo las nubes siguen iluminadas. Nubes groseramente grises, rosadas y naranjas, que generan un contraluz total que contornea los fiordos y los canales por los cuales navegábamos, para luego ahí, cuando la escena completamente natural se formaba ante nuestros ojos, recién ahí: REC.

Estábamos finalmente haciendo lo que más nos gusta.

El trabajo perfecto se había cruzado por nuestro camino. El frío, cansancio y agotamiento que a veces parecía dominarlo todo, no se comparaba al placer de hacer día a día estas imágenes, de capturar el entorno y disfrutar libremente de paisajes únicos e inmensos como los que ofrece el sur de Chile.

Pasa el tiempo y al retomar las imágenes seleccionadas, los descartes y videos editados, solo quedan las ganas de más, de repetirse el plato, de volver a subirse a ese avión, despedirse de Santiago otra vez y encontrarse con una de esas pegas perfectas que llenan el alma y te hacen amar lo que haces.

Vamos.

Por ahí anda.

Ya nos va a tocar.

Aquí les dejo el resultado de este viaje…

Institucional AquaChile.

Making Of.

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