Ladera Sur Debería venir lo que ya sabíamos que podría venir
Debería venir lo que ya sabíamos que podría venir

Columna de opinión

Debería venir lo que ya sabíamos que podría venir

Nuestro colaborador, el documentalista y escritor Felipe Monsalve, nos comparte una columna de opinión en la que comenta por qué esta crisis sanitaria actual era algo que sabíamos que podría pasar. Esto, explica, por los hábitos humanos producto de la globalización y la industrialización, entre muchas otras cosas. “Se hace urgente que post coronavirus pueda aparecer un sistema global con ciertos rasgos de `nuevo´ y conciencia, aunque evidentemente no será de manera instantánea, sino un proceso que esperamos sea veloz”, dice. Aquí puedes leer la columna completa. 

Agradezco mucho llevar los últimos 10 años de mi vida investigando y conversando con algunas de las personas más luminosas e inspiradoras de Chile. Han sido años de gran crecimiento interno que me han ayudado como individuo y también como miembro de nuestra comunidad, al poner mi trabajo al servicio de lo colectivo.

Afortunadamente esto cada vez más se aproxima a la totalidad de quien verdaderamente soy, en un contexto donde mayoritariamente ser quien realmente se es, está muy lejos de ser lo que muchos hacen a diario, ya sea por el trabajo que toca ejecutar o por el sistema en el que se habita o simplemente por la desconexión existente entre el ser interior y el rol como individuo, viviendo una agotadora vida humana.

Por lo mismo, siento gratitud y responsabilidad de dedicarme a lo que me dedico. Creo que la mayoría de los habitantes de este planeta hemos venido escuchando por largos años que el mundo que estamos construyendo y habitando, más temprano que tarde, sufriría un gran colapso. Esto en el mejor de los casos, porque también podría ser una cadena de varios colapsos sucesivos, cosa aún peor para los sobrevivientes del primer colapso.

El razonamiento de tal presagio se sustentaba en lo que también la mayoría de los habitantes ya conocemos: una sociedad de consumos sin límites; industrialización a niveles superlativos; globalización ultra interconectada; somos una constante maquina contaminadora de nuestro único medio ambiente; depredamos nuestros recursos naturales; concentramos a la población en micro centros urbanos; aglutinamos los servicios en pequeños espacios dentro de micros centros urbanos; desarrollamos una alimentación altamente procesada; unificamos los canales de distribución alimenticia; abusamos y explotamos a los individuos por codicia, control e ignorancia; nos convertimos en solo un engranaje de trabajo; arrasamos con nuestras historias locales y tradiciones espirituales; nos desconectamos de la naturaleza; nos olvidamos del amor, felicidad, generosidad, del otro, en fin, de que el todo es mucho más que la suma de las partes.

Lo más extraordinario aún, es que sabiendo claramente sobre esto, la mayoría de nosotros hemos hecho oídos sordos y preferimos continuar incentivando este modelo de vida muy poco luminoso y sustentable: queremos pasar metidos en un avión viajando a destinos inimaginables; consumir todo lo que podamos; aspiramos tener autos gigantes, casas gigantes, televisores gigantes, celulares gigantes, computadores, mucha tecnología (la que si nos terminará enfermando y matando por radiación electromagnética permanente con la implementación del 5G, además de tenernos controlados, vigilados y condenados a vivir como un zombie frente a una pantalla); nos entretenemos consumiendo porquerías con contenido chatarra, y finalmente nosotros mismos nos convertimos en chatarra. 

Somos 7.500 millones de habitantes en este planeta y se espera que para el año 2050 seamos 9.800 millones de habitantes. Hoy la carga planetaria con dificultad puede soportar a 5.000 millones de habitantes. De tal manera que tenemos un enorme déficit que tenemos que resolver; debemos contribuir a la seguridad alimentaria de manera natural y no artificial; desconcentrar las ciudades y habitar con respeto y armonía la naturaleza en comunidades más funcionales y seguras; descontaminar y regenerar nuestro medio ambiente para convertirlo en un ecosistema sano que nos ayude a descomprimir nuestra realidad colapsada; bajar nuestra carga de consumo individual; conectar con nuestra espiritualidad y la realidad de que solo estamos de paso en este plano por una breve cantidad de años; generar un sistema humano colaborativo, digno y respetuoso.

En consecuencia, se hace urgente que post coronavirus pueda aparecer un sistema global con ciertos rasgos de “nuevo” y conciencia, aunque evidentemente no será de manera instantánea, sino un proceso que esperamos sea veloz. Imagino un algo más o menos parecido al capitalismo pero con modificaciones estructurales, mientras se va construyendo un sistema político-económico-cultural más definitivo para los próximos 50 o 100 años de la humanidad. Un algo que ponga en el foco y en cuestión a la globalización, industrialización, concentración, depredación, contaminación, consumismo e individualismo; más allá de las advertencias, miedo y manotazos de ahogados que por estos días, meses y años propagarán las voces reaccionarias del capitalismo más ortodoxo y conservador del mundo, ante la inminente arremetida de una forma distinta de poder organizarnos. 

Son tiempos nuevos y merecemos volver a replantearnos que estamos haciendo, para qué lo estamos haciendo y como lo estamos haciendo. Son tiempos de volver a lo esencial; de conectar con uno y los demás. En estos días recuerdo lo que en el verano del 2012 conversé con Douglas Tompkins y Manfred Max-Neef en sus casas, sentados en el jardín, tomando té y limonada, escuchando música, compartiendo vidas en sintonía pensando en cómo poder hacerlo mejor en beneficio de la humanidad y la tierra que nos da la vida.

Foto tomada para el libro Homeostasis
Foto tomada para el libro Homeostasis.

La imagen que acompaña esta columna es la captura de un momento del día de Douglas y Cris Tompkins trabajando la tierra y cuidando su invernadero (verano del 2012). Una acción metódica, espiritual e inspiradora que puede resumir de buena manera a lo que estamos llamado a hacer.

Ambos, con solo un par de días de diferencia, me hablaron de los desastres que estaban por venir como consecuencia de la globalización, industrialización, concentración y el factor China como gatillante. Ocho años después pasó lo que pasó, aunque ya no están para verlo y comprobar sus certezas. Pero hay algo más, durante estas conversaciones también me hablaron mucho sobre la necesidad del “Ecolocalismo”. De salirse de las grandes ciudades; responder a lo que cada territorio tiene para ofrecer a sus habitantes; modificar la cadena de consumo y distribución alimentaria; incentivar el abastecimineto y el trabajo local; no incentivar las grandes cadenas de distribución que solo contribuyen a la concentración, contaminación cruzada de los alimentos y propician el Cambio Climático. Si le dieron el palo al gato con lo primero, algo de credibilidad le podríamos otorgar con lo segundo, independiente de que sean ellos quienes lo dijeran, porque a estas alturas ya no es una “revelación”, sino más bien una verdad a voces. 

Creo que el modelo de nueva comunidad que debiéramos saber darnos, tendría que estar relacionado a las formas en que se produce, distribuye y accede al alimento, dentro de tantas otras cosas más. Pero desde los inicios de la humanidad toda comunidad se organizó en torno a su alimento y agua. Los asentamientos se organizaban en territorios donde estos dos elementos estaban cubiertos. En el mejor de los casos, porque en mucho otros (nómades) se movían constantemente tras estas fuentes de vida.

Hace sentido, entonces, pensar que en estos fundamentos podrían estar algo de las bases de nuestro futuro, y adaptar nuestros métodos de cómo producimos, distribuimos y accedemos a los alimentos y recursos naturales para no depender de países, compañías y transnacionales que, además de no permitirnos acceder a nuestra propia seguridad alimentaria, nos venden una alimentación procesada poco nutritiva y en muchos casos repletos de antibióticos (como es el caso del producto animal).

La desconexión con el origen es el fundamento de nuestro “mal actuar”. Por ejemplo: como solo abrimos la llave para sacar agua, nos olvidamos de su fuente, deterioro y escasez. En consecuencia, el confort hace débil y vulnerable a nuestra especie, y esa es una máxima sin cuestionamiento. Ya no podemos seguir haciendo oídos sordos, imperiosamente son tiempos de volver a lo más simple, lógico y justo como inspiraciones de un modelo virtuoso que nos guíe a salir de este primer colapso sanitario, más allá de la contingencia de lo sanitario, que dicho sea de paso, no será la última gran contingencia sanitaria que debamos enfrentar: las pandemias llegaron para quedarse, sean naturales o artificiales, genuinas o manipuladas.