Ladera Sur De lo espiritual en el paisaje
De lo espiritual en el paisaje

Naturaleza

De lo espiritual en el paisaje

Puedo decir que se trata de uno de los paisajes más sublimes en los que he estado y si pudiera elegir donde construir un hogar, sin lugar a dudas, sería allí. Allí donde los cerros se encuentran abruptamente con el océano.

No he sido la única que soñó levantar su morada en aquel lugar, y desde la última vez que anduve pololeando por ahí, muchos han tenido la suerte que yo no. Y con algo de envidia, en cada uno de mis paseos diarios montada en mi bicicleta, fui eligiendo las casas más similares a las que yo desearía tener.

Hubo algunos hogares en los que encontré ciertos cuerpos que las habitaban, todos cuerpos que fui siguiendo concentrada con la mirada. No era sencillo entrar en sus interiores, ni mucho menos ponerle cara, pero aquella distancia entre nosotros propiciaba aún más la ensoñación.

Un día, pude ver un cuerpo moviéndose distendido en su arquitectura costera chilensis de carácter minimalista. Lo divisé amaneciendo y pensé si siempre despertábamos a la misma hora. Otro día, lo encontré desayunando al aire libre y bajo el sol de la mañana, concentrado en la lectura de un autor que nunca sabré quién era. Sentí un extraño deseo de querer acompañarlo. En mi rutina, auscultando sus rutinas, llegué a pensar incluso, que comenzaba a conocerlo. Recuerdo pensar en su cuerpo con un alma feliz.

Pero este encuentro se trataba de un regalo único en este paisaje natural repleto de piscinas sin Nadie que las nadara, terrazas sin Nadie que las disfrutara, cómodas habitaciones de grandes ventanales sin Nadie que contemplara desde ellas el paisaje infinito de olas de color verde que rompían en las rocas dejando algo de espuma de formas divertidas que iban muriendo poco a poco. Me encontré en varias ocasiones lanzando groserías al viento maldiciendo la fortuna de Nadie, aunque en el primer día, y desaparecido ya el súbito encanto vouyeurista, sentí algo de tristeza cuando se atravesó en el pensamiento la desigualdad social que aquel territorio reflejaba. Dejé mi bicicleta a un lado y mis pensamientos fluyeron en torno a la afección sentimental del paisaje. Al levantar la cabeza, me encontré con el mar que ondeaba lentamente, fue entonces que mi respiración comenzó a procurar imitar ese movimiento cada vez más conscientemente. Y llegó la meditación, que fue la que trajo la paz que reflotó ese corazón que se estaba hundiendo.

Solo hubo una casa a la que me fue permitido entrar cuantas veces quise.

En la bienvenida, una hilera de coníferas maduras delimitaban el camino de entrada mientras que al fondo, enmarcaban un pedazo de la infinitud del mar que irónicamente llamamos pacífico. El viento ha esculpido las formas de estos pinos y el clima ha ido transmutando su color original, posando sobre ellos pinceladas de cobriza oxidación. Como no era la primera vez que me encontraba allí, ya en la entrada comenzaron a amontonarse las decenas de fragmentos de aquellos momentos que, hace ya muchos años atrás, pasamos enamorados aquí, tú y yo. Fue así como recordé una psicodélica noche de luna llena sintiendo una leve sensación de terror provocada por las siluetas góticas que estos pinos reproducían. La contemplación de aquel paisaje en mi presente, se iba mezclando así, con ciertos fragmentos melancólicos de mi pasado. Sumé a mi mirada, la reflexión acerca del carácter nada estático que la dimensión temporal de este paisaje me provocaba.

©Bárbara Piffre
©Bárbara Piffre

Luego caminé hacia las rocas donde ya sabía que reventaban más fuerte las olas del mar. Me acomodé en un lugar protegido del viento y el sol, y pasé un rato hipnotizada siguiendo la coreografía de los pájaros libres que volaban y que de repente caían en picada al mar, andando ellos por arriba o por debajo de la línea perfecta que el horizonte marcaba. En ese paisaje infinito donde se posaban mis ojos y se abría el alma, quise no tener la limitación de este cuerpo sin alas.

A diferencia de las casas de Nadie, este era el hogar de muchos. A diferencia de los solitarios hogares de Nadie, en este me sentí acompañada. A diferencia de los lugares de Nadie, no busqué el encuentro de cuerpos sino que sólo se trató de almas y memoria.

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