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Combatiendo el cambio climático desde la naturaleza: la importancia de los refugios marinos

Medio Ambiente

Combatiendo el cambio climático desde la naturaleza: la importancia de los refugios marinos

Los refugios climáticos son áreas que, según científicos, por sus características específicas tienen cierta capacidad para amortiguar los efectos negativos del cambio climático que suelen manifestarse más fuertemente en otras áreas, o que ofrecen condiciones para albergar especies que están siendo afectadas por el aumento de las temperaturas globales. Y existen algunos de ellos que están en el mar. Es por esto que, una propuesta de Contribución Nacional Determinada (NDC), propone identificar y proteger a estas zonas, abarcando, entre otras cosas, el labor de los ecosistemas de estos lugares para reducir la cantidad de dióxido de carbono (CO2) en el aire, dando como ejemplo que dan para esto es la Patagonia chilena. Aquí te contamos todos los detalles.

Sin duda una de las postales chilenas más conocidas es la Patagonia. Son sus paisajes coloridos y marinos los que destacan en las fotografías y lo que asombra a los visitantes de este lugar. Y es que hay cosas que hacen de este lugar muy especial, como por ejemplo que su costa, sobretodo más hacia el sur, es considerada como un refugio climático marino.

Que un lugar sea un refugio climático significa que, por sus características específicas -geoclimáticas, ecosistemas poco alterados o menor presión de uso- tienen la capacidad de amortiguar los efectos negativos del cambio climático que en otras áreas se manifiestan fuertemente. O también pueden albergar especies que han visto sus propios hábitats alterados por el cambio climático.

El biólogo marino Rodrigo Hucke-Gaete, creador del Centro Ballena Azul e investigador de la Universidad Austral, explica a Ladera Sur que la Patagonia y la región subantártica podría ser considerada como una zona de refugio climático marino porque es un potencial sumidero de carbono. Es decir, que es un lugar capaz de absorber el carbono de la atmósfera y reducir la cantidad de dióxido de carbono que se libera a la atmósfera.

Ballena jorobada ©Daniel Casado
Ballena jorobada ©Dani Casado

“Según las proyecciones que han hecho hasta la fecha, estos ecosistemas van a seguir funcionando. Lo que podemos hacer hoy es para que efectivamente sea así y sean un refugio para la biodiversidad. Así, se mantienen los procesos ecológicos que la tienen operando de la forma en que lo hace, chupando el carbono, albergándolo y reteniéndolo. Así vamos a estar aportando mucho más que cualquier otra alternativa que se baraje hoy por hoy. Lo bonito del concepto de refugio climático es que es una solución basada en la naturaleza”, asegura Hucke-Gaete.

Es por esta razón que Hucke-Gaete participó junto a un equipo de investigadores, con el que desarrolló una propuesta para la Contribución Nacional Determinada (NDC) de Chile presentada por el programa de la universidad Austral, Austral Patagonia. En esta abarcaron la importancia de estas zonas para que en Chile se logren identificar y proteger para establecer medidas nacionales concretas para mitigar los efectos del cambio climático.

Ecosistemas como protagonistas

Dentro de la propuesta de NDC se presentaron razones sobre los procesos ecológicos importantes y poco explorados que suceden en los refugios marinos climáticos de la zona de la Patagonia.

Primero, el investigador recalca el rol del fitoplancton, el cual produce oxígeno y retiene CO2 que luego se deposita en el fondo marino, por lo que se retiene el carbono. Sin embargo, otro rol importante y que no ha sido bien explorado, menciona Hucke- Gaete es el de las ballenas: “Al defecar en superficie y alimentarse en profundidad, están generando eventos de productividad de fitoplancton y,  por lo tanto, fertilizando la capa zoótica -zona en la que todavía llega luz y puede producir fotosíntesis-. Por eso es tan importante que le llegue luz a la capa donde está efectivamente el fitoplancton y pueda crecer y hacer un nuevo florecimiento algal”.

©Alberto García
©Alberto García

Explicando este punto, el experto dice que en el océano austral un limitante para el florecimiento es el hierro como nutriente, y las ballenas ayudan porque su feca tiene altas concentraciones de éste. A esto agrega otro punto: que las ballenas son grandes animales por lo que albergan altas concentraciones de carbono en sus cuerpos a medida que crecen y que, al morir, llevan ese carbono a la profundidad. “Así, hay varios otros procesos ecológicos menos estudiados o confirmados pero que han agarrado mas fuerza en virtud de nueva evidencia y nuevas aproximaciones de investigación”, finaliza. 

Lo que existe en Chile hasta ahora

El concepto de refugio climático marino en específico es un término que no ha sido ampliamente estudiado. Hucke-Gaete explica que el término refugio climático está pensado desde una perspectiva terrestre, en que se toma en cuenta a lugares acotados con alta biodiversidad, como el Amazonas. “Ante el cambio climático a nivel global, es mucho más difícil entender cómo opera eso y especialmente cómo opera en el mar, porque hay que hacer un poco de arqueología marina e investigar cómo eran los ecosistemas antes. Por eso es un poco acotado en términos de las metodologías para buscar eso. Se estima, por ejemplo que la Patagonia puede ser un refugio producto de las condiciones imperantes. Las corrientes marinas chocan con el continente sudamericano, pero en el caso del norte desconocemos cuánto va a aguantar (…) Hay que investigar justamente dónde están estos lugares que van a ser más resilientes a este impacto tan dramático que se observa como el cambio climático”, explica.

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Es por esto que no se sabe bien con exactitud cuántos de estos refugios hay en Chile, y los planes involucran sólo el concepto de refugio climático en general. Entre éstos, la Estrategia Nacional de Biodiversidad 2017-30, donde se indica la “Identificación e implementación de acciones sinérgicas de adaptación y mitigación al cambio climático en los ecosistemas más vulnerables, y de protección de refugios climáticos para la biodiversidad, incluyendo las soluciones de adaptación basadas en ecosistemas y la reducción de riesgo de desastres basada en ecosistemas”. A esto se suma el Plan Nacional de Adaptación en Biodiversidad en sus recomendaciones , en el que indica “Identificar y proteger refugios climáticos”.

Ballena azul. ©Susannah Buchan
Ballena azul. ©Susannah Buchan

Por otro lado, en la propuesta para la Contribución Nacional Determinada de Austral Patagonia se indica que una forma de proteger estos espacios es designarlos como Área Marina Protegida bajo alguna figura efectiva y que se encuentre reconocida por el Estado. En el mismo documento se explica que Chile cuenta con 34 áreas marinas hasta el momento. Sin embargo, según explican, la mayoría (cerca de 1.6 millones de km2) está creada en aguas alrededor de islas oceánicas o remotas, o en espacios más allá de 12 metros de la costa continental o mal territorial. Sólo 23 mil km2 han sido protegidos en aguas costera del continente.

De parte del gobierno, en el borrador oficial de NDCs, se plantea que “se crearán nuevas áreas protegidas en ecosistemas costeros, marinos y acuáticos continentales sub-representados, especialmente en el centro y norte del país, tomando en cuenta para la identificación de tales áreas, entre otros, criterios relativos a los efectos del cambio climático”. Con respecto a esto, desde la propuesta de Austral Patagonia critican que no se haya establecido una meta concreta “respecto a cuánto espacio se pretende proteger ni en qué plazo”.

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Y, como segundo compromiso, se estableció que “Al 2025: el 100% de las áreas marinas protegidas creadas hasta antes de 2020 contarán con planes de manejo o administración que incluyen acciones para la adaptación al cambio climático”, estableciéndose que, luego, dichos planes “serán implementados”, recién al año 2030. Desde Austral Patagonia critican esto por dos razones: “ En primer lugar, las áreas marinas ya protegidas no verían implementado un plan de manejo efectivo, que considere los efectos e implicancias del cambio climático en su gestión, sino hasta el 2030, plazo que resulta demasiado extenso, atendida la urgencia de las circunstancias. Y, en segundo lugar, implica que aquellas áreas nuevas, que el estado se propone proteger, según indican en el primero de los compromisos, no se asegura que cuenten con planes de manejo implementados ni siquiera al 2030, de hecho, no se establece a su respecto compromiso alguno”.

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