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Calafate: de fruto ancestral a superalimento

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Calafate: de fruto ancestral a superalimento

El calafate (Berberis microphylla) es un arbusto espinoso endémico de la Patagonia chilena y argentina, cuyo fruto comestible es considerado un símbolo por su gran valor patrimonial. Este fruto ha sido recolectado desde tiempos prehistóricos por sus usos medicinales y su gran valor nutricional, siendo parte importante de la mitología de los pueblos ancestrales, quienes intentaron explicar su origen a través de distintas leyendas que perduran hasta hoy. Actualmente, el calafate destaca por gozar de una de las más altas actividades antioxidantes químicas presentes en frutos comestibles en el planeta, considerado un superalimento. ¿Quieres saber más acerca de este maravilloso fruto azul? A continuación te lo contamos todo.

El calafate (Berberis microphylla) es un arbusto espinoso de hojas siempreverdes, nativo de la Patagonia chilena y argentina. Mide entre 1 y 1,5 metros de altura, con el tronco muy ramificado desde la base. Tiene espinas tripartitas, bien desarrolladas, y hojas punzantes de unos 2 cm de largo. Sus flores, solitarias y de color amarillo, son hermafroditas y florecen entre octubre y enero; y el fruto, llamado también calafate, es una baya color negro azulado, que se recolecta en verano para consumirlo fresco.

Calafate en Flor (Berberis microphylla). Créditos: María Teresa Pino
Calafate en Flor (Berberis microphylla). Créditos: María Teresa Pino

El calafate se distribuye en Chile desde Curicó hasta Tierra del Fuego, pero de forma más abundante en las regiones de Aysén y Magallanes. Crece de forma aislada en los claros y en los márgenes de los bosques australes de ñirre, lenga y coigüe. Es una especie heliófila, es decir, necesita de luz directa para poder desarrollarse mientras le da hogar a líquenes y musgos que crecen como epifitos sobre sus ramas más antiguas.

Sus semillas se dispersan por endozoocoria, esto quiere decir, mediante animales frugívoros que ingieren los frutos y que, posteriormente, expulsan la semilla a través de las heces, lejos de la planta madre. Las semillas del calafate necesitan pasar por este proceso para poder tener una mejor capacidad de germinación, esto debido a que el tracto digestivo debilita una cubierta dura de la semilla llamada testa.

Cabe destacar que hay cierta confusión sobre el nombre científico de esta planta ya que también puede encontrarse en la literatura botánica como Berberis buxifolia y como Berberis heterrophylla, tratándose ambos nombres como sinónimos de la misma planta.

Asi mismo, esta planta suele ser confundida con otras especies de berberis nativas como el michay (Berberis darwinii) y el calafatillo (Berberis empetrifolia), sin embargo son bastante distintas. Así lo señala la Dra. María Teresa Pino, ingeniera agrónoma de la Universidad de la Frontera e investigadora del área de Alimentos del Futuro del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA): “Se parece mucho al Michay y al Calafatillo porque ambas son azules, pero el calafate es muy distinto como fruto y como hoja. Sus hojas son completamente diferentes”.

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Planta de Calafate (Berberis microphylla). Créditos: María Teresa Pino

Usos Ancestrales y beneficios nutricionales

Ancestralmente, el calafate ha sido recolectado y utilizado por las comunidades debido a sus propiedades medicinales y a su alto valor nutricional. Llegando a ser parte importante de la gastronomía tradicional de los pueblos ancestrales de la Patagonia y parte el patrimonio cultural del sur austral de nuestro territorio.

El fruto de calafate es considerado, junto al maqui, la murtilla y la chaura, como un superberry dada  su altísima presencia de flavonoides y ácidos fenólicos. Así, goza de una de las más altas actividades antioxidantes presentes en frutos comestibles del planeta. “Es importante destacar que el Calafate, junto con el maqui, son los frutales que tienen mayor porcentaje de actividad antioxidante. Si bien es cierto que existen otros frutales a nivel mundial que se conocen por una alta actividad de oxidante, el calafate está un poquito más arriba que otras especies”, añade la Dra. Pino.

La oxidación es una reacción química de transferencia de electrones de una sustancia a un agente oxidante, y aunque es un proceso crucial para la vida, también puede ser perjudicial. Nuestro cuerpo, como resultado inevitable de convertir los alimentos en energía y por factores como el propio proceso de envejecer, genera gran cantidad de radicales libres que en una cantidad excesiva provoca una condición llamada estrés oxidativo, que puede dañar las células, como también favorecer  enfermedades metabólicas, cardiacas, neurodegenerativas y algunos tipos de cáncer.

Aquí es donde toman relevancia los antioxidantes. “Las células tienden a oxidarse, a colocarse más viejas por efecto de los años o del ambiente, y justamente lo que hacen los antioxidantes, es reemplazar  la transferencia de electrones, y en el fondo, evitar la oxidación celular”, señala la investigadora del INIA.

Calafate en Flor (Berberis microphylla). Créditos: María Teresa Pino
Calafate en Flor (Berberis microphylla). Créditos: María Teresa Pino

Asimismo, en su corteza amarilla están presentes muchos coloides tales como berberina, oxiacatina, berbamina, que le entregan propiedades biológicas antimicrobianas, antivirales y analgésicas. Es por ello que su consumo regular es altamente recomendable para combatir enfermedades cardiovasculares, diabetes, y refuerza el sistema inmune.

“Hay estudios, especialmente en Chile, donde se demuestra que el calafate tiene propiedades bastante interesantes por su alto contenido de antocianinas y polifenoles. Especialmente alto en delfinidina, petunidina y malvidinas, que son antocianinas bastante interesantes ya que varios estudios recientes han demostrado que estos componentes que podemos encontrar en extractos de fruto de calafate, estimulan el gasto energético en la célula, la termogénesis y la dinámica mitocondrial, especialmente en tejido adiposo. ¿Qué significa esto? que ayuda a bajar los adipocitos celulares y eso es bastante importante porque te ayuda a contrarrestar la obesidad; pero también, particularmente, su alta capacidad antioxidante inhibe la inflamación que está asociado a la gordura y otras inflamaciones derivadas de distintas enfermedades como la diabetes tipo 2” indica la Dra. María Teresa Pino.

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Cabe mencionar, igualmente, que un estudio reciente, realizado por el académico Diego García, del Departamento de Nutrición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, muestra que extractos de calafate disminuyen la generación de procesos inflamatorios que conllevan a la obesidad, inhibiendo la interacción entre células sanguíneas a cargo de la respuesta inflamatoria. Esto constituye una potencial herramienta terapéutica contra las comorbilidades asociadas al desarrollo de la obesidad.

En medicina tradicional, el cocimiento de la raíz de la planta se usa para depurar la sangre, y los frutos triturados y mezclados con miel son de gran ayuda para gripes y resfriados. Por otra parte, las raíces se han utilizado históricamente para teñir telas y fibra animal como por ejemplo en lana, otorgando un color amarillo.

Asi mismo, la investigadora del INIA señala que existen rumores de que distintas comunidades utilizaban los compuestos de la raíz como sustancia psicotrópica. “Si tu partes una planta de calafate tiene un compuesto amarillo que se llama berberina, es un alcaloide, y se dice que las personas lo consumían para entrar en trance. No es tan potente como otras sustancias, pero es un alucinógeno”.

Calafate (Berberis microphylla). Créditos: Banfield – Wikimedia Commons
Calafate (Berberis microphylla). Créditos: Banfield – Wikimedia Commons

Actualmente, este fruto es un verdadero símbolo de lugares como Punta Arenas y Aysén, en Chile, y El Calafate o Ushuaia, en Argentina. Es protagonista de diversas recetas dulces tradicionales de la Patagonia, se consume como fruta fresca o en la preparación de mermeladas, jaleas, siropes y licores.

“Hoy tú puedes consumir calafate en el yogurt, en las ensaladas, y en forma de diferentes postres, mermeladas, sirup, y otros productos. Pero el producto que más se vende, y que no solamente es elaborado en Magallanes, sino que en varias regiones, es el liofilizado de calafate, que es el producto final luego de un proceso de deshidratación y congelación. El liofilizado de calafate se caracteriza por su alto contenido de antioxidantes y por su uso dentro de la medicina. Viene en polvo, pero también pueden comprarse capsulas de calafate en cualquier farmacia”, señala la Dra. Pino.

Asi mismo, la doctora advierte: “Evidentemente la cantidad de calafate que hay en chile no da para generar un comercio de ese tipo. Hoy la mayoría del calafate que se consume o que se comercializa viene de la recolección. Los recolectores una vez que consiguen el fruto lo venden a quien después procesa, ya sea un proceso simple de mermelada hasta un proceso más sofisticado como un proceso de liofilización. Es un arbusto muy interesante, con muchas propiedades, no solamente en el fruto sino también en sus raíces, entonces hay que trabajarlo, hay que cuidarlo, hay que protegerlo y hay que valorizarlo correctamente.”

Calafate (Berberis microphylla). Créditos: Banfield – Wikimedia Commons
Calafate (Berberis microphylla). Créditos: Banfield – Wikimedia Commons

Leyendas ancestrales del origen del calafate

Si haz recorrido la Patagonia, de seguro que en más de alguna ocasión escuchaste decir “El que come Calafate, siempre vuelve por más”. Y es que este maravilloso fruto azul es parte de la mitología del territorio. Cuenta la leyenda que el embrujo del calafate permanece en los frutos, y quien los coma una vez, siempre regresara al lugar donde lo hizo.

El mito de Calafate es una historia ancestral contada por los tehuelches y selk’nam, y que fue adoptada en el folclore de Argentina y de Chile. Existen dos versiones principales que intentan explicar el origen de la planta del calafate. Una cuenta la historia de un amor entre dos jóvenes de tribus distintas, mientras la otra habla de una anciana tehuelche abandonada en el frio del invierno.

Koonex, la anciana curandera

Los bosques de ñirres, lengas y coihues comienzan a tomar un tono característico, anunciando el otoño y dando a los árboles una gama multicolor, desde el rojo intenso pasando por los matices del dorado al anaranjado. Esta transformación se viene repitiendo año tras año, desde épocas inmemorables.

En este paisaje vivían los tehuelches, dueños originarios de la tierra, quienes al llegar el invierno comenzaban a emigrar a pie hacia el norte, donde el frío no era tan intenso y la caza no faltaba.

En relación con estas migraciones, la tradición patagónica conserva una leyenda. Se dice que cierta vez Koonex, la anciana curandera de una tribu de tehuelches, no podía caminar más, ya que sus viejas y cansadas piernas estaban agotadas, pero la marcha no se podía detener. Entonces, Koonex comprendió la ley natural de cumplir con el destino. Las mujeres de la tribu confeccionaron un toldo con pieles de guanaco y juntaron abundante leña y alimentos para dejarle a la anciana curandera, despidiéndose de ella con el canto de la familia.

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Koonex, de regreso a su casa, fijó sus cansados ojos a la distancia, hasta que la gente de su tribu se perdió tras el filo de una meseta. Ella quedaba sola para morir. Todos los seres vivientes se alejaban y comenzó a sentir el silencio como un sopor pesado y envolvente.

El cielo multicolor se fue extinguiendo lentamente. Pasaron muchos soles y muchas lunas, hasta la llegada de la primavera. Entonces nacieron los brotes, arribaron las golondrinas, los chorlos, los alegres chingolos, las charlatanas cotorras. Volvía la vida.

Sobre los cueros del toldo de Koonex, se posó una bandada de avecillas cantando alegremente. De repente, se escuchó la voz de la anciana curandera que, desde el interior del toldo, las reprendía por haberla dejado sola durante el largo y riguroso invierno.

Un chingolito, tras la sorpresa, le respondió: “nos fuimos porque en otoño comienza a escasear el alimento. Además durante el invierno no tenemos lugar en donde abrigarnos.” “Los comprendo”, respondió Koonex, “por eso, a partir de hoy tendrán alimento en otoño y buen abrigo en invierno, ya nunca me quedaré sola” y luego la anciana calló.

Cuando una ráfaga de pronto volteó los cueros del toldo, en lugar de Koonex se hallaba un hermoso arbusto espinoso, de perfumadas flores amarillas. Al promediar el verano las delicadas flores se hicieron fruto y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color azul-morado de exquisito sabor y alto valor alimentario. Desde aquél día algunas aves no emigraron más y las que se habían marchado, al enterarse de la noticia, regresaron para probar el novedoso fruto del que quedaron prendados.

Los tehuelches también lo probaron, adoptándolo para siempre. Desparramaron las semillas en toda la región y, a partir de entonces, “el que come Calafate, siempre vuelve.”

La doncella Calafate

Calafate era la hija preciada del jefe de una tribu tehuelche. La hermosa joven poseía llamativos ojos color miel y era muy respetada por todos.

Un día arribó al clan un joven selk’nam que debía cumplir ahí el ritual de iniciación impuesto por su tribu. Los tehuelches solían despreciar a los selk’nam, pero permitieron a este muchacho de dieciocho años permanecer entre ellos para superar las pruebas.

En el instante en que Calafate y el joven selk’nam se vieron, nació entre ellos el más puro y sincero amor. Mientras él realizaba sus pruebas, aislado en la choza ceremonial, ella se escapaba de la mirada de los mayores para ir a su encuentro.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que el jefe de los tehuelches descubrió este amor secreto, prohibiendo a Calafate seguir viendo al joven selk’nam. Pese a que siempre había sido obediente a su padre, la joven no tuvo más opción ante un amor tan fuerte y junto a su enamorado, planearon escaparse juntos. Así, una noche, ambos dejaron el asentamiento y huyeron a través de la estepa patagónica.

Cuando el jefe descubrió que su hija se había fugado, entró en cólera y recurrió a la chamán de la tribu. La sabia anciana le advirtió que no podía hacer nada para destruir el amor entre su hija y el extranjero, pero que existía una forma de separarlos para siempre.

Es así como la chaman, mediante su magia, transformó a la joven Calafate en un arbusto bajo de filosas espinas. De esa manera su amado no podría volver a tocarla.

La hechicera permitió que cada primavera el calafate pudiera florecer, abriendo sus pequeñas flores doradas como los ojos de la joven tehuelche, para que pudiera contemplar las tierras donde vivió.

Cuando el joven selk’nam notó la ausencia de su amada, recorrió incansablemente la estepa patagónica buscándola. Finalmente, exhausto y sumido en pena, pidió ayuda a los espíritus, que conmovidos por su fuerza lo transformaron en una pequeña ave para que pudiera continuar con su búsqueda.

Convertido en pájaro, recorrió las llanuras hasta que finalmente un día se posó en un arbusto con hermosas flores amarillas. Al probar de sus frutos morados descubrió en ellos la misma dulzura que surgía del corazón de su amada, Calafate, y la reconoció inmediatamente. Entonces no se separó más de su lado, hasta que la muerte lo encontró junto a su amor.

Por esto, quien coma del fruto de esta planta, está destinado a volver a estas tierras australes, ya que no es posible separarse del poder de amor que hay en el calafate.

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