En cada verano de su infancia, Andrea Martínez iba al Tabo, en la Región de Valparaíso. Era ese mes del año donde sentía la brisa marina, se mojaba los pies y tocaba la arena. También fue el lugar en el que empezó a sentir esa conexión con el mar que tiene hasta ahora. En eso, su abuela fue un pilar fundamental. En palabras de Andrea, ella era una “asidua y amante del mar” y le enseñó sus primeros conocimientos sobre la vida en el agua.

Con su abuela buscaba caracoles y cangrejos. De seguro, las primeras apneas en la vida en Andrea fueron en esas ocasiones. Cuando los encontraban, a su abuela le gustaba comerlos, pero no sin antes enseñarle a su nieta cada parte de esos organismos. Fue una andanza junto al mar que empezó de forma inconsciente, pero que siguió a través de la vida de Andrea.

Con esos primeros pasos, sus navegaciones personales la llevaron a estudiar biología marina, enfocándose en el estudio de equinodermos -invertebrados marinos entre los que se encuentran las estrellas de mar, erizos de mar, lirios de mar, holoturias o pepinos de mar y ofiuras- llegando a ser curadora jefa del área de Zoología de Invertebrados del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), cargo en el que se desempeña actualmente.

Andrea Martínez, jefa del área de Zoología de Invertebrados. Créditos al Museo Nacional de Historia Natural.
Andrea Martínez, jefa del área de Zoología de Invertebrados. Créditos al Museo Nacional de Historia Natural.

Pero no ha sido un camino fácil. De hecho, ella considera siempre tomar las decisiones más difíciles en muchos ámbitos de su existencia. Entre esos, estudiar biología marina, decidir ser investigadora, enfocarse en invertebrados marinos e incluso trabajar en un museo viniendo de la academia: “Es la historia de mi vida. Pero también es uno de mis grandes motores. Siento que tengo dentro de mí el rol social de la ciencia. La democratización del conocimiento es una cosa que me mueve, desde que me despierto hasta que me duermo”.

Biología Marina y el “romance” con los invertebrados marinos

A los 17 años, cuando muchos adolescentes todavía están perdidos en qué estudiar, Andrea ya estaba decidida: quería estudiar biología marina. Pero no supo que existía esa carrera hasta que dos profesionales de esa área fueron a hacer una charla a las alumnas del Liceo Carmela Carvajal, donde Andrea cursó su enseñanza media y tomó el electivo de biología.

“En ese momento mi cabeza explotó. ¡Estaba todo lo que buscaba ahí! O sea, era la vida animal en el mar. Ahí empecé con esta idea de la biología marina, pero era hace 20 años atrás, casi 30. Entonces, era una locura. Ahora está de moda, al menos la gente sabe lo que es, pero en ese entonces me preguntaban qué quería estudiar y se imaginaban que iba a tener como ramos Cangrejo I, II y III. Era un punto de bromas”, recuerda Andrea.

Equinodermos con representantes de 4 de los 5 grupos (estrellas, estrellas frágiles, erizos y pepinos. Créditos al Museo Nacional de Historia Natural.
Equinodermos con representantes de 4 de los 5 grupos (estrellas, estrellas frágiles, erizos y pepinos de mar). Créditos al Museo Nacional de Historia Natural.

Pero se atrevió de todas formas. Entró a la Universidad de Valparaíso, en la facultad de Montemar, que también es el primer instituto oceanográfico de América Latina. Era su sueño. Ahí conoció al mundo de los invertebrados marinos y su primer “romance” -como ella le dice- fue con los crustáceos. Eso también la vinculó, por primera vez, al MNHN. Todo a través de una persona clave en su formación de pregrado: el profesor Pedro Báez, el entonces jefe del Área de Zoología de Invertebrados del Museo.

“Trabajé con crustáceos en mi tesis de pregrado y el profesor Pedro fue una figura súper importante en esa formación. Él hace eco de una pasión que venía muy desde dentro y lo hace porque me empezó a dar oportunidades de trabajar con estos bichos. Esa presentación fue como la formalización del romance”, dice Andrea. En esa tesis se basó en colecciones del Instituto de Fomento Pesquero (IFOP), en colaboración con el MNHN. Así se introdujo por primera vez al museo y todo el trabajo en su tesis le pareció alucinante. También supo que los invertebrados marinos serían algo importante en su vida.

Decidir ser investigadora y trabajar en un museo

Cuando salió del pregrado, Andrea conoció la Antártica. Vio con sus propios ojos el continente blanco. Sintió el frío y la paz de un lugar que para ella era de ensueño. Llegó ahí porque se embarcó en el B/O Polarstern, un buque alemán del Instituto Alfred Wegener, enfocado en la recolección y colecciones de material bentónico para investigaciones científicas. Todo era alucinante para Andrea. Al punto de que eso robusteció la idea de que lo que realmente quería hacer era investigación.

“La biología marina tiene muchos campos para desempeñarse y el más duro es hacer investigación. Es enfocarse en un campo de conocimiento que no es muy valorado en Chile. Pero soy una mujer de decisiones y como siempre decido lo más complicado, me dediqué a eso. Todos me decían: ‘¿no ves que es una locura?’ Porque era bien bonito decir que me quería dedicar a investigar cuando me venía bajando de un buque con gente de mi edad que ya estaba en el segundo posgrado, porque la ciencia europea o estadounidense es otra realidad. Pero yo quería”, explica Andrea.

Andrea Martínez en terreno. Cortesía Andres Martínez.
Andrea Martínez en terreno. Cortesía Andrea Martínez.

Ella quería trabajar en biología evolutiva. Empezó a estudiar como asistente de investigación con un estudiante de Doctorado en la Universidad Católica. “Todo fue una decisión súper visceral, de solo querer estar ahí sin entender mucho y, en ese momento, sin tener muchas herramientas. Pero dije que, si esta persona a la que estaba ayudando estudiaba gusanos marinos, uno podía hacer lo que quisiera”, recuerda.

Así, realizó un magíster en Ciencias Biológicas con mención en Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Chile y consolidó su querido grupo de interés de estudio: los equinodermos. Cuando realizó su tesis, que enfocó en dos erizos, se enteró de que el Museo de Historia Natural abrió un cargo de trabajo como administradora de colecciones. Su profesor Pedro le aconsejó postular, porque por sus habilidades se podía proyectar en su carrera. Nuevamente, se fue por el camino difícil.

“Obviamente, ¡qué me decían a mí! En su momento fue cuestionado porque yo estaba en la academia dura. O sea, la gente que estudia un posgrado es porque después se incorpora a una universidad o a un centro de investigación, pero no a un museo (…). Pero para mí este campo era com caminar en oro”, dice Andrea.

Estando en el museo, podía desarrollar el lado social de la ciencia. Algo que hace 10 años atrás no hacía gran parte de los científicos/as. “En ese entonces no estaba inserta la necesidad de compartir los conocimientos con la gente. Esto surge también de la crisis social que atravesamos. Pero bueno, en el museo se me juntaban las dos cosas: el hacer investigaciones y cumplir este deber que me determina en el mundo de las ciencias”, explica.

Con el tiempo, pasó a ser curadora de colección y luego a su cargo actual. Todo ese camino le ha dado una óptica transversal, en el que las disciplinas de van cruzando y el trabajo en equipo es fundamental.

“Estamos trabajando en la democratización del conocimiento, que es uno de los motores de mi vida, junto con la justicia social y los derechos humanos. Aquí juntamos todo. Eso me hace tremendamente feliz por todos los desafíos que implica estar en una institución pública, ser mujer, lesbiana, joven y venir de la academia, que hace 10 años, cuando llegué al museo, era un mundo castigado (…). Es bonito, porque creo que necesitamos seguir avanzando como sociedad en todo, de la estructura, de los pensamientos binarios, tan dogmáticos y de encerrarnos en una caja. Eso desde chica nunca me gustó”, finaliza.

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El amor por los invertebrados marinos

Andrea estaba en Bahía Inglesa y Caldera, en la Región de Atacama, a poco tiempo de que su papá falleciera. Se encontraba en un terreno en búsqueda de Athyonidium chilensis, una especie de pepino de importancia comercial internacional. Se habían adjudicado un proyecto y buceaba, junto a su equipo, en búsqueda de este bicho. Pero, como en todo terreno en el mar, hay ciertas cosas que se escapan del control. En este caso, no encontraban ningún pepino de mar. Ni en el primer, segundo, ni tercer buceo. Era el primer terreno autorizado en periodo de Covid, para el que, de hecho, se había necesitado una autorización desde Presidencia. No era opción volver con las manos vacías.

Athyonidium chilensis, la especie de importancia comercial que se estudia en el museo. Cortesía de Andrea Martínez.
Athyonidium chilensis, pepino de mar, la especie de importancia comercial que se estudia en el museo. Cortesía de Andrea Martínez.

“Estoy buceando y, de repente, me acuerdo de mi viejo. Yo claramente soy evolucionista. Esa es mi religión. Me refiero a esto porque no soy católica. Y no se por qué, pero me pongo a pensar y digo: ‘papá, necesito que me ayudes’. En ese momento encontré un pepino que jamás había visto, con unos tentáculos preciosos. Quedé atónita”, recuerda Andrea.

Logró, con cuidado -porque en bromas Andrea dice que hay que hacer un posgrado para agarrarlos porque se mueven rápido- tomarlo. Pero no logró dar con el segundo. Ella cree que es una nueva especie. Pero no se puede describir eso con un solo ejemplar. Pero si no lo es, de seguro no ha sido documentada para las costas chilenas. La idea es volver a ese sitio. Pero ese fue, sin duda, uno de los momentos más increíbles que vivió buscando un pepino de mar.

– Los invertebrados marinos son menos carismáticos para la gente. Cuéntame ¿por qué te sentiste atraída a ellos y qué fue lo que te llamó la atención en un principio?

– Esto es súper personal. Lo primero que me voló la cabeza es tienen algo que en nuestro lenguaje se llama ciclo de vida complejo. Esto ocurre en la mayoría de los invertebrados marinos, no en todos. Quiere decir que, para llegar a su estado adulto, pasan por una o por una serie de transformaciones. Son metamorfosis. La primera vez que vi esto fue en pregrado (…). Ahí es donde te digo que es algo personal, porque me sentí muy reflejada. Esto les da una ventaja evolutiva a estos bichos, asegura la viabilidad de la especie por montones de razones. Ahí fue cuando me di cuenta de que necesitaba estudiarlos (…).

Empezó con crustáceos. Luego llegó a los equinodermos, haciendo su tesis de posgrado sobre ellos. Se centró en la filogeografía o la distribución de las características genéticas sobre un rango geográfico de los erizos. “El erizo es genéticamente idéntico en el norte de Perú y en el sur de Chile. Son miles de kilómetros de rango distribucional (…). Si ves un erizo, vive pegado al sustrato, es decir, es bentónico. Entonces se tendería a pensar que no tiene gran movilidad. Pero la fase larvaria del erizo, que dura 30 días, le permite viajar. O sea, tiene toda la capacidad de dispersión que un adulto no tiene. Se desplaza a merced de la corriente y se producen fertilizaciones de individuos. En términos genéticos es una población compacta que vive lo mismo en el sur que en el norte”, explica Andrea, “Ahí fue un claro: ‘necesito saber de estos bichos’. El erizo es un equinodermo. Dentro de ellos hay cinco grupos y ahí es donde aparecen los pepinos de mar”.

Acá es donde aparece en los recuerdos de Andrea, nuevamente, su papá. Él le hablaba de los relojes suizos. De su precisión y de cómo cada una de sus piezas era importante. La misma analogía se puede aplicar para los organismos marinos. Es decir, para que, por ejemplo, la ballena, que es carismática por excelencia -es decir, una especie símbolo que estimula la conciencia pública de la conservación de la biodiversidad- habite en un ecosistema equilibrado, debe haber pepinos de mar. Todos son parte del engranaje.

“Como no son animales carismáticos, se vuelve una de las primeras obsesiones levantar conocimiento sobre ellos. Aunque sea un poco manoseada la frase ‘para proteger tenemos que conocer’, es 100% verdadera. Entonces no podemos pensar que alguien va a cuidar todas las vinculaciones de un ecosistema si no las conocen. Si hay animales más carismáticos es porque se ha hecho una pega comunicacional mejor. Es deber de los medios y de los investigadores/as de dar a conocer eso. Yo voy a estar tranquila el día que veamos un pepino de mar y generemos la misma reacción que al ver una ballena. Porque esta no siempre fue glamorosa. Esa es como mi meta en la vida: levantar mucho conocimiento de los invertebrados marinos para que la gente los conozca y los cuide”, dice.

El desconocido, pero importante, pepino de mar

“Ya ni peces quedan”, le decía un pescador a Andrea, mientras ella desarrollaba una pasantía de taxonomía de pepinos de mar en Mérida, México. Él le decía que hace 20 años habían llegado asiáticos que ofrecieron grandes sumas de dinero por extraer pepinos de mar. “Estos bichos propenden a la explotación porque son gregarios. Entonces, donde hay uno, hay cien. Viven en profundidades someras, entonces no necesitas un buque de factoría para extraerlos ni equipos sofisticados”, explica Andrea. Los extrayeron todos. El ecosistema se alteró. Los pescadores, finalmente, no pudieron seguir pescando.

Pese a su importancia, no existen muchos profesionales que se dediquen a ellos. Si no son carismáticos, pocos los estudian. Si poco se sabe de ellos, menos se pone en urgencia su protección. Así se repite la historia y el conocimiento sobre ellos se ralentiza. A eso se suma la falta de taxónomos. “Imagínate que no había una curadora de equinodermos desde los 70´o antes. Yo llego al museo y la primera pregunta que me hago es cuántas especies hay en Chile y, a 10 años de estar trabajando aquí, todavía no tengo respuesta. Con suerte estoy levantando información de uno de los cinco grupos de equinodermos. Y de invertebrados marinos hay más de 30 grupos”.

Athyonidium chilensis, pepino de mar, la especie de importancia comercial que se estudia en el museo. Cortesía de Andrea Martínez.
Athyonidium chilensis, pepino de mar, la especie de importancia comercial que se estudia en el museo. Cortesía de Andrea Martínez.

Al empezar, tratando de contar las especies, se abrió una caja de Pandora. Algo que sí sabían era que los pepinos se consumían en distintas partes del mundo. En Asia eso ha sucedido por miles de años, dadas sus características medicinales o afrodisiacas. El problema es que, en cierto periodo de la historia, la practica extractiva aumentó y apareció el problema de la sobreexplotación.

“Se empezaron a extinguir especies. Hace poco hicimos una exposición en el museo en la que mostrábamos en color rojo los lugares donde las poblaciones estaban sobreexplotadas. ¡Poblaciones colapsadas! Y de ese marco teórico global, llegamos a Chile y casi se nos cae el pelo cuando vimos que existía una especie de gran importancia comercial que se extraía con ausencia de regulación o manejo, el Athyonidium chilensis”, explica Andrea.

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Ahí es cuando se decidió que algo había que hacer. En el museo se hicieron estudios de genes, morfologías y otros asuntos. Todo con la idea de sentar las bases sobre su conocimiento y generar un plan de regulación. Porque, volviendo al reloj suizo, el pepino también tiene un rol ecológico.

“Los pepinos son el símil de las lombrices de tierra. Son los que se comen todos los productos orgánicos en descomposición. Eso es energía que entra de nuevo en las tramas tróficas. Funcionan como especies paragua -abarcan en rol de proteger a la biodiversidad del gran territorio que habitan- y son como los arquitectos del fondo marino”, explica Andrea.

Pero al mismo tiempo, su piel está conformada de una matriz proteica que para algunos es el secreto del elixir de la eterna juventud, como una mezcla perfecta de colágeno y fibras, por lo que los extraen para cosmética. Tienen más de 900 músculos. Eso no se produce en ningún otro animal del Reino Animal. Por lo tanto, estos desconocidos son únicos.

“Todas esas características, a las que obviamente la humanidad le puso atención, les dan importantes roles. Ese cuerpo les da la capacidad de contraerse y relajarse en una fracción de segundos. Al desplazarse en el piso oceánico, remueven y oxigenan, manteniendo la salud de ese fondo marino. Eso asegura la casa de otros cientos de especies con las que conviven. Entonces, si los sacas todos, no solo expones el colapso de esa población, sino que afectas al ecosistema entero (…). Sus fecas contribuyen a disminuir los efectos locales de la acidificación del mar (…) Un pepino puede hacer 200 kilos de caca en un año. Si piensas que son gregarios ¡imagínate cuánto hace un grupo! No se ha estudiado a nivel global, pero si se sabe que a nivel local contrarresta los efectos de la acidificación. Entonces con todo eso basta para pensar que tenemos que cuidarlo”, continúa.

Hablando un poco sobre las amenazas de estos invertebrados, ya me contaste el tema de la sobreexplotación, ¿pero hay alguna otra amenaza?

– Creo que la sobreexplotación lo es todo. Es como el principio del fin (…). Un kilo de pepino puede costar dos mil dólares. Y en un congreso científico, al que fueron asiáticos, explicaban que se dieron cuenta de que habían hecho pebre todas las poblaciones de diferentes latitudes. Y una cabeza brillante dijo que lo cultivaran en tierra. Hasta ahí no suena tan mal, es una solución productiva, está bien, aunque lo ideal es empezar a proteger el ecosistema. Pero ¿qué pasó? Se dieron cuenta que la paleatividad del bicho dependía de dónde se desarrollaban, entonces dijeron que había que hacer la mitad del cultivo en tierra y la otra en el mar, porque así aumentaba el precio de venta. Mucha gente se paró y se fue cuando escuchó esto. Otros quedaron atónitos, era como que ya habían terminado de enloquecer. Llevamos décadas hablando de que los cultivos de mar no son la solución, es acrecentar el problema (…). Porque ni siquiera se empieza un cultivo en tierra para proteger lo del mar, sino porque ya no hay en el mar (…). Podríamos estar, creo que 500 horas analizando como las diferentes aristas, pero la invitación es a centrarnos en el problema, sobre todo en el contexto actual. La crisis climática ecológica es ahora (…). Estamos haciendo pebre los ecosistemas, necesitamos que ahora se recuperen.

Aparte de los pepinos, ¿hay alguna otra especie a la que le tengas más cariño?

-Sí, yo creo que Loxechinus albus, que es el erizo de importancia comercial que para mí es como un hijo en el camino de la investigación de equinodermos. Fue mi tesis de posgrado y ahí tuve la madurez de determinar mi línea de investigación. Entonces divido mi corazón entre Loxechinus y los pepinos. Pero tampoco voy a ser poliamorosa (ríe). Me caso con Tetrapygus niger que es otra especie de erizo del intermarial que también estudié en el posgrado. Esa es mi favorita de los comienzos, pero es una relación súper poliamorosa en el ejercicio de la ciencia porque voy y entro de relación en relación y a veces voy con los tres (ríe).

Aprendizajes y la posición de poder hacer algo

Andrea podría estar horas hablando de invertebrados marinos y de las cosas que la apasionan de ellos. Al mismo tiempo, tiene en sus muchos pendientes distintas tareas y misiones, entre las que se vienen un futuro terreno en julio en la Patagonia, la principal área de estudio del museo, dado que la teoría apunta a que el origen de los equinodermos estaría ahí, por lo que se concentraría una mayor diversidad. Todo junto a un gran equipo científico. Mientras tanto avanza en lo que puede, sigue sumando pendientes y no para, nunca, de pensar y hacer más cosas. Es su modo pulpo, como bromea.

-Para ti como persona, ¿qué aprendizaje han traído estos invertebrados?

Andrea Martínez en terreno. Cortesía Andrea Martínez.
Andrea Martínez en terreno. Cortesía Andrea Martínez.

– Yo creo que son animales que han sobrevivido 500 millones de años sobre la Tierra. Esa es una de las enseñanzas más bacanes. Siempre hemos tenido una visión antropocéntrica en la que nos situamos con superioridad respecto a otros. Yo creo que eso nos ha hecho mucho daño. Soy enfática en esto. A mí todo invertebrado me ha mostrado que con estructuras que no son súper sofisticadas, sino primitivas (sin ponerle una carga negativa a eso), han sobrevivido cinco extinciones masivas. Han podido colonizar todos los ambientes, han llegado a las profundidades más someras hasta los fondos abisales (…). Es por esto que te hablaba de los ciclos de vida complejos que confieren posibilidades de adaptación. Aquí me voy en la volada personal, en que esta característica inherente a estos bichos que están cambiando al llegar a su vida adulta y que en cada estadio dejan una marca. Necesitamos de esa flexibilidad, de sobrevivir con las herramientas que tenemos. Son formas simples simples y a la vez complejas.

En eso, cuando Andrea ha hecho charlas a niños, se sorprenden de saber que había antes invertebrados que dinosaurios. “Esa impresión genera un efecto que me encanta”, dice. Por eso también, una de las cosas principales en su labor es la educación y la alfabetización oceánica. En ese contexto, su labor en el museo es fundamental. “Es un lugar de toma de decisiones. Yo siempre digo que hay que situarse en posiciones poder para el bien porque puedes meter la cuchara en diferentes ámbitos, desde reuniones y presentaciones en el ministerio, hasta toda la pega de vinculación con el medio. Por eso este lugar es importante y determinante que estemos las mujeres y las disidencias”, finaliza.

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