Cada primavera llegan a Chile viajeras extraordinarias. Algunas han recorrido miles de kilómetros desde el Ártico. Después de un extenuante viaje, encuentran refugio en nuestras playas, desembocaduras, salares y humedales costeros. La mayoría de las veces pasan desapercibidas.

Corren entre las olas, descansan sobre la arena o se alimentan en el borde de un humedal, mientras las personas caminan a pocos metros sin conocer la magnitud de la historia que ocurre frente a sus ojos. Ahora imaginemos que un año dejan de llegar. No una o dos especies. Todas.

Las playas seguirían ahí. El mar seguiría entrando y saliendo con las mareas. Los humedales continuarían formando parte del paisaje. Pero algo fundamental se habría perdido. Desaparecería uno de los fenómenos más extraordinarios de la naturaleza: la conexión viva entre continentes, océanos y territorios que representan las aves playeras. Y perderíamos mucho más que aves.

Muchas de estas especies recorren cada año miles de kilómetros entre sus sitios de reproducción y las áreas donde pasan el invierno. Algunas conectan el Ártico con la Patagonia utilizando una cadena de humedales, estuarios, playas y desembocaduras distribuidos a lo largo de todo el continente. Para ellas no existen las fronteras políticas y administrativas que hemos dibujado en los mapas.

Un sitio que a simple vista puede parecer pequeño y local puede ser, en realidad, una pieza fundamental de una ruta migratoria continental. Puede determinar si un ave encuentra el alimento y el descanso que necesita para continuar su viaje. Si ese sitio desaparece, se degrada o deja de ofrecer alimento, las consecuencias pueden sentirse a miles de kilómetros de distancia.

Las aves playeras nos enseñan algo que a nosotros nos cuesta mucho recordar: la naturaleza está conectada, aunque nuestras decisiones sigan estando fragmentadas. Y aquí aparece una conexión que muchas veces olvidamos: los mismos humedales, estuarios, marismas y playas que necesitan las aves también sostienen a nuestras comunidades. Ayudan a regular inundaciones, amortiguan el impacto de tormentas y marejadas, almacenan carbono, filtran agua, proveen alimentos y sostienen economías locales y medios de vida.

Por eso, cuando conservamos un sitio crítico para las aves playeras, no estamos protegiendo únicamente biodiversidad. Estamos contribuyendo al bienestar, la seguridad y la resiliencia de las comunidades que comparten esos territorios. La conservación de las aves playeras no es una causa separada de las necesidades humanas. Es parte de la misma tarea.

Chile tiene una responsabilidad especial al ser eslabón de una historia continental. Nuestro país ocupa un lugar preponderante en la ruta migratoria del Pacífico de las Américas. Desde el extremo norte hasta Tierra del Fuego, nuestras costas y humedales son utilizados por especies que dependen de ellos para alimentarse, recuperar energías y completar sus ciclos de vida.

Los humedales orientales de Chiloé son uno de los ejemplos más emblemáticos. Cada año reciben miles de aves que han recorrido enormes distancias, albergando al menos el 27% de la población mundial del Zarapito de pico recto (Limosa haemastica) y más del 90% de su población de la costa del Pacífico. Pero la importancia de conservar estos humedales no está determinada únicamente por el número de aves que llegan hasta allí, sino también por lo que estos ecosistemas representan en términos de seguridad, desarrollo territorial y adaptación al cambio climático.

Esta perspectiva es especialmente importante frente al declive que experimentan muchas poblaciones de aves playeras en distintas regiones del planeta. La pérdida de hábitat, la contaminación, la alteración de los ecosistemas costeros y el cambio climático están reduciendo los lugares de los que estas especies dependen para sobrevivir. Y esa tendencia debería preocuparnos por algo más profundo que la eventual desaparición de determinadas especies.

Las aves playeras son extraordinariamente sensibles a los cambios que experimentan los ecosistemas donde viven. Por eso pueden actuar como centinelas de nuestros territorios. Su presencia nos habla de playas funcionales, humedales saludables y ecosistemas capaces de sostener la vida. Su ausencia, en cambio, es una señal de advertencia.

Si cada vez encuentran menos lugares donde alimentarse y descansar, si los humedales que utilizan siguen desapareciendo o degradándose y si las costas pierden sus funciones naturales, el problema no es solamente que estamos perdiendo aves. Estamos perdiendo también las condiciones ecológicas que permiten que nuestros propios territorios sigan siendo habitables, productivos y resilientes.

El desafío, por supuesto, no es sencillo. Requiere coordinación entre países, instituciones públicas, comunidades locales, científicos, organizaciones de conservación y sector privado. Requiere compartir información, construir acuerdos y mirar los territorios más allá de sus límites administrativos.

Una municipalidad puede proteger un humedal, un país puede conservar una zona costera, una comunidad puede defender su territorio, un científico puede estudiar una población de aves, una organización puede impulsar su conservación. Pero ninguna de estas acciones, por sí sola, será suficiente. Las aves playeras seguirán necesitando que todas esas piezas funcionen juntas.

Este Día Mundial de las Aves Playeras es una oportunidad para mirar de otra manera esas bandadas que cada temporada llegan a nuestras playas. Una historia que conecta al Ártico con la Patagonia. Que atraviesa fronteras. Que une ecosistemas distantes. Y que, finalmente, también nos conecta a nosotros. Porque las aves playeras dependen de los mismos territorios de los que dependemos las personas.

¿Se imaginan un mundo sin aves playeras? Yo prefiero imaginar otro futuro: uno en el que cada primavera sigamos viendo llegar esas bandadas, después de miles de kilómetros de viaje, a las mismas playas, humedales y estuarios que las han recibido durante generaciones. Un futuro en el que entendamos que proteger esos lugares no es solo conservar aves, sino cuidar los ecosistemas que nos protegen, sostienen nuestras comunidades y hacen habitables nuestros territorios.

Porque quizás las aves playeras nos están diciendo algo que todavía estamos a tiempo de escuchar: cuando dejan de llegar, algo en el territorio ha cambiado. Y si algún día dejamos de verlas por completo, no habremos perdido solamente una de las grandes maravillas de la naturaleza, sino también una señal nítida de que nuestros territorios —y las condiciones que hacen posible nuestra propia supervivencia— están en jaque.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur

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