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OPINIÓN | Lo que está en juego cuando hablamos de bienestar animal
El bienestar animal está presente en sellos, certificaciones y discursos de la industria, pero detrás de una misma palabra conviven definiciones muy distintas. Mientras algunos estándares lo vinculan principalmente con la productividad de las gallinas, la ciencia también considera el estado emocional y la posibilidad de expresar comportamientos naturales.
El término bienestar animal está en diferentes partes: en sellos de certificación, en informes corporativos, en declaraciones gremiales. Productores, veterinarios y empresas lo invocan para reforzar su propuesta de valor, y la sociedad civil lo exige con la misma fuerza. Detrás de esa aparente coincidencia hay un problema: no todos hablan de lo mismo. Para cierta mirada, una gallina que pone huevos es una gallina que está bien. Para la ciencia, el bienestar es mucho más que eso. Esa diferencia, que parece apenas semántica, define las condiciones reales en las que viven millones de animales. Y la palabra solo puede orientar nuestras decisiones si significa algo preciso. Este artículo propone recuperar ese significado.
Dos lenguajes, una misma palabra
Dentro de la industria de la producción animal, el bienestar animal tiende a operar como un indicador de rendimiento: un animal criado bajo estándares de bienestar es un animal sano, que no muere antes de tiempo, que come y que produce. Bajo esa lógica, una gallina que pone huevos es una gallina que está bien.
Cuando la salud del animal empieza a afectarse, surgen problemas de producción y también de inocuidad alimentaria. El hacinamiento extremo y las condiciones de confinamiento generan inmunosupresión crónica, lo que aumenta la vulnerabilidad a enfermedades infecciosas. La respuesta habitual de la industria intensiva no es mejorar las condiciones de vida de los animales, sino administrar antibióticos. El 73% de los antibióticos que se venden en todo el mundo se utilizan para animales criados en granjas[^1].
La agricultura animal intensiva recurre de forma sistemática a los antibióticos, no solo para tratar enfermedades, sino también para prevenirlas en condiciones de hacinamiento y para acelerar el crecimiento de los animales. Este uso indiscriminado impulsa la resistencia antimicrobiana, una crisis sanitaria global que ya se asocia a casi 5 millones de muertes humanas en 2019[^2] y que, según estimaciones respaldadas por Naciones Unidas, podría causar hasta 10 millones de muertes anuales hacia 2050[^3]. La OMS la reconoce como una de las mayores amenazas para la salud pública global.
Dicho de otro modo: los antibióticos no son un complemento del bienestar animal en los sistemas intensivos, son su sustituto. El problema es que, cuando ese mismo término «bienestar animal» llega al espacio público, no lo hace con todo este contexto.
Lo que dice la ciencia desde 1965
En 1965, el gobierno del Reino Unido encargó una investigación sobre las condiciones de vida de los animales en los sistemas de producción intensiva. El resultado, conocido como Informe Brambell, documentó niveles de sufrimiento que hasta entonces no habían sido estudiados sistemáticamente. Este trabajo impulsó la formalización, en 1979, de las Cinco Libertades por parte del Farm Animal Welfare Council del Reino Unido, marco que hoy orienta los estándares de bienestar animal en todo el mundo.
Estas cinco libertades son: estar libre de hambre, sed y desnutrición; libre de temor y angustia; libre de molestias físicas y térmicas; libre de dolor, lesiones y enfermedades; y libre de manifestar un comportamiento natural.
Cinco libertades. No una. No se trata solo de «que no se muera ni sea foco de enfermedades infecciosas». Se trata de mucho más: cinco dimensiones que incluyen el estado emocional del animal, la ausencia de miedo y la capacidad de expresar comportamientos propios de su especie. Esa es la definición de referencia internacional vigente, y el marco desde el que debería evaluarse toda certificación o declaración sobre el bienestar de los animales criados para el consumo.
Cómo vive una gallina bajo el estándar de la industria
Una gallina ponedora en una jaula en batería pasa su vida entera en un espacio menor que 561 cm², es decir, menor que el tamaño de una hoja carta. No puede extender las alas por completo, ni anidar, ni posarse en perchas, ni tomar baños de polvo. En esas condiciones, enfrenta a diario múltiples privaciones: la imposibilidad de construir un nido, de explorar el entorno, de escapar de los ataques de otras aves con las que comparte la jaula y de moverse libremente. La consecuencia de estas privaciones acumuladas es un estado de frustración sostenida y de estrés emocional severo.
La fragilidad ósea es uno de los problemas de salud más documentados en las gallinas ponedoras. La gallina moderna ha sido seleccionada genéticamente para mantener un estado reproductivo continuo, lo que la vuelve altamente susceptible a la osteoporosis. El confinamiento agrava el problema porque impide el ejercicio necesario para mantener una densidad ósea óptima: las gallinas enjauladas desarrollan huesos más débiles y son más propensas a fracturas que las gallinas en sistemas sin jaula. Se estima que la osteoporosis contribuye entre el 20% y el 35% de la mortalidad en gallinas enjauladas. Una gallina puede estar libre de enfermedades infecciosas y seguir poniendo huevos, aunque con huesos debilitados. Según ciertos criterios de bienestar de la industria, la gallina está bien.
Los niveles de inmunosupresión se correlacionan negativamente con los de bienestar: un bienestar deficiente puede entenderse como causa de inmunosupresión, lo que hace a las aves más susceptibles a enfermedades y más vulnerables a brotes infecciosos. Si la carga antibiótica mantiene a raya las enfermedades zoonóticas peligrosas, la gallina está bien.
Otros problemas incluyen el crecimiento excesivo de las uñas, que, al quebrarse, aumentan la susceptibilidad a infecciones. Plumas deterioradas por el roce con el equipamiento y por el picoteo entre las aves. Angustia permanente, sin posibilidad de huir ni de esconderse. Ausencia de luz natural durante toda su vida productiva. La pregunta que vale la pena hacerse es simple: ¿coincide esta imagen con lo que la mayoría de las personas entiende al leer la palabra «bienestar» en una caja de huevos procedentes de gallinas criadas en jaulas en batería?
El lenguaje opaco como señal de alerta
Existen certificaciones que abordan el bienestar animal de manera coherente con las Cinco Libertades. Son viables comercialmente y están transformando gradualmente las condiciones de producción en distintos mercados. Lo que las distingue no es solo lo que declaran, sino también cómo lo hacen: detallan las condiciones físicas requeridas, las dimensiones del espacio, las prácticas de manejo, los estándares de infraestructura y los procesos y protocolos de certificación. Son sistemas que pueden leerse, compararse y verificarse.
En contraste, las certificaciones que emplean el lenguaje del bienestar en su acepción más restringida tienden a ser poco transparentes respecto de sus estándares. Hablan de «compromiso», de «manejo responsable», de «cuidado del animal», sin especificar qué significa eso en términos concretos y verificables en las condiciones de crianza. Esa opacidad no es accidental: cuando los estándares son reales, se publican. Cuando no lo son, se describen de forma vaga o como una mera intención. Para la ciudadanía, la opacidad debería ser la primera señal de alerta. Un sello que no puede explicar qué condiciones certifica exactamente no está certificando bienestar: está certificando una narrativa.
Hacia un lenguaje común
No se trata de desconocer que existen productores que genuinamente se preocupan por sus animales, ni de ignorar los avances reales que se han producido en la industria. Se trata de que el lenguaje sea lo suficientemente preciso como para que la ciudadanía pueda distinguir entre unos y otros. Si se va a usar la expresión «bienestar animal» en sellos, certificaciones y comunicados corporativos, debe referirse al mismo concepto que el Farm Animal Welfare Council definió con base en estándares científicos hace seis décadas: el estado físico, emocional y mental del animal en relación con las condiciones en las que vive. No solo físico. No solo en la medida en que la producción se mantenga. No solo cuando se asegura la ausencia de focos infecciosos.
La ciudadanía tiene derecho a usar y reconocer el término con ese contenido. Tiene derecho a que, cuando vea un sello de «bienestar animal» en una caja de huevos, ese sello le diga algo real sobre las condiciones en las que vivió la gallina que los puso. Y tiene herramientas para exigirlo: preguntar por los estándares, buscar qué certifica exactamente cada sello y desconfiar razonablemente de lo que no se puede entender a cabalidad.
Porque si «bienestar» puede aplicarse de forma imprecisa a cualquier condición en la que el animal sobrevive y produce, la palabra pierde su capacidad para orientar las decisiones. Y cuando las palabras pierden su contenido, lo que sigue son decisiones tomadas a ciegas que no ayudan a los animales y afectan al medio ambiente y a la credibilidad de nuestro sistema agroalimentario.
[^1] Van Boeckel et al., «Global trends in antimicrobial resistance in animals in low- and middle- income countries», Science, 2019.
[^2] Global Research on Antimicrobial Resistance (GRAM), «Global burden of bacterial antimicrobial resistance in 2019«, The Lancet, 2022.
[^3] O’Neill J., «Tackling Drug-Resistant Infections Globally«, 2016.
Beatriz Zapata, Directora de Medicina Veterinaria, Facultad de Salud y Buen Vivir, Universidad Academia de Humanismo Cristiano.
Magdalena López, Líder de Relaciones Corporativas para Latam, Sinergia Animal.
*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Beatriz Zapata, Directora de Medicina Veterinaria, Facultad de Salud y Buen Vivir, Universidad Academia de Humanismo Cristiano; y Magdalena López, Líder de Relaciones Corporativas para Latam, Sinergia Animal.



