A fines del 2023 un terrible suceso impactó a todo el mundo. El 28 de septiembre, a eso de las cuatro de la tarde, la temperatura en Brasil alcanzó los 39.1 grados centígrados, lo que provocó la muerte de más de 157 delfines en el lago Tefé, ubicado en el estado de Amazonas. Esto se tradujo en la pérdida del 10% de la población de cetáceos de aquel lago, considerado un santuario para estas especies.

Entre los ejemplares afectados, cerca de 131 correspondían a delfines rosados, los que se encuentran en la lista de especies amenazadas desde 2019, gracias a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Los restantes pertenecían a la especie tucuxis, la que se encuentra en la misma categoría desde 2020.

Son precisamente este tipo de eventos los que han motivado la lucha de Fernando Trujillo, ligada con el estudio y la conservación de estos majestuosos ejemplares. Este biólogo marino de origen colombiano ha dedicado más de 36 años de su carrera a los delfines de río. Ahora, a sus 56 años, todos sus esfuerzos han sido reconocidos al ser nombrado Explorador del Año de Rolex National Geographic 2024, transformándose así en el primer latinoamericano en recibir este galardón.

Fernando Trujillo en el Amazonas. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.
Fernando Trujillo en el Amazonas. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.

Este logro se debe a su entrega absoluta a la protección de estos cetáceos habitantes del Amazonas, combinando la investigación científica con la conservación. Se trata de una gran fuente de inspiración para todos aquellos que se encuentran en la búsqueda de un futuro más sostenible.

«La Amazonía está en crisis, está colapsando. Hemos perdido un millón de kilómetros cuadrados de la selva amazónica de manera permanente. Las amenazas son enormes. Ahora más que nunca necesitamos historias positivas», afirma Trujillo.

«Siempre me preguntan cómo puedo seguir optimista, yo les digo que soy optimista en un 51%, y que el otro 49% es pesimista, pero que trato de mantenerme de esa forma, porque no hay que perder la esperanza. Lo que hemos visto es que el trabajo con la gente, con las comunidades locales, es lo que realmente puede hacer una diferencia», agrega.

Fernando Trujillo en el Amazonas rescatando un delfín. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.
Fernando Trujillo en el Amazonas rescatando un delfín. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.

Los comienzos de Omacha

Fue cuando Trujillo era tan solo un niño que comenzó a experimentar esta atracción por la naturaleza que lo identifica hasta el día de hoy. Esto debido a la influencia de su abuelo, quien lo llevaba con frecuencia al río Orinoco, uno de los más importantes de América del Sur, que nace y discurre por Venezuela y Colombia, en cuyos alrededores se despliegan hábitats y fauna extremadamente diversas.

«Desde muy chico me incliné por el tema de la biodiversidad y la naturaleza. Creo que he sido más consciente en los últimos años de que esa influencia vino de mi abuelo, de los viajes que hacía con él al Orinoco desde muy pequeño, a una población entre Colombia y Venezuela. Allí iba de vacaciones y eso me motivó a que me gustara mucho el tema natural. Por lo mismo, decidí estudiar biología marina. Desde el inicio quería trabajar con océanos, quería trabajar con ríos, con agua, todo lo relacionado con el tema acuático, ya que siempre ha sido mi mayor debilidad y atracción», reflexiona.

En esta línea, el primer hito importante de su carrera lo vivió cuando tenía tan solo 19 años, en su primer viaje al Amazonas. Con el tiempo, la inexperiencia y el miedo a lo desconocido fueron reemplazados por sabiduría y madurez, cualidades que le permitieron transformarse en un destacado especialista en vertebrados acuáticos con un doctorado en zoología.

Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Trujillo junto a un delfín de río. Créditos: Leo Spencer.
Trujillo junto a un delfín de río. Créditos: Leo Spencer.

«A la mitad de mi carrera surgió la posibilidad de ir al Amazonas, a hacer una evaluación de delfines. Viajé con dos compañeros de la universidad en un avión de carga, sin conocimiento absoluto, con un pánico total a lo que íbamos a enfrentar en la selva tropical más grande del planeta. Llegamos a esta pequeña población del Amazonas colombiano que se llama Leticia, que es la capital del departamento del Amazonas. En esa época, que fue el año 87, yo tenía 19 años. En la zona había temas de narcotráfico muy pesados, así que decidí seguir hasta una comunidad a 87 kilómetros de aquella ciudad, a un pueblito llamado Puerto Nariño. Llegué de noche, en un barco, muy asustado. Al día siguiente, cuando salió el sol, vi lo hermoso que era ese sitio. Hasta el día de hoy creo que es uno de los pueblos más bonitos que tiene este país», relata el biólogo.

«Ahí quedé enamorado de los delfines. Me pareció mágico ver delfines en una selva tropical con guacamayas, tucanes, serpientes, entre otros animales. Encontramos dos especies de delfines, los rosados y los grises. Fue una aproximación muy romántica típica de esa edad, de querer salvar a los delfines, hacer algo por ellos. Sin embargo, me di cuenta de que, para poder protegerlos, también se deben proteger los ríos y los humedales donde habitan», agrega.

Fue en aquel entonces cuando unos pescadores atraparon accidentalmente en sus redes a un delfín de río y a su cría. Lamentablemente, la madre murió al instante. La cría, pese a los esfuerzos de Trujillo por salvarla, corrió con el mismo destino. A raíz de este suceso, Trujillo decidió que aquello no podía volver a repetirse, lo que lo llevó a establecer una base permanente en la zona.

Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.

«Se han producido muchos momentos que han hecho que se cambie el curso de las cosas y que se tomen decisiones. Una de esas situaciones fue hace más de 30 años, cuando dos pescadores me buscaron para decirme que dos delfines habían quedado atrapados en unas de sus redes de pesca, que uno de ellos había muerto, y que estaban muy tristes por ello. Nos fuimos en mi bote hasta la selva inundada, y desde ahí seguimos en canoas hasta llegar al sitio. Se trataba de una madre y su cría. La cría estaba amarrada por la cola a un árbol, por lo que tuve que liberarla usando un machete. Luego me la llevé a una piscina que había en una finca abandonada. Estaba en muy malas condiciones», recuerda el experto.

«Posteriormente, la saqué y la liberé en un lago donde se veían delfines, pero a los dos días la encontré muerta. Cuando conté esta historia en Inglaterra, hicieron una campaña y me dieron 5.265 libras esterlinas y con eso construí la estación, mi primera Estación Biológica, así que esa historia triste marcó un hito», agrega.

De esta manera, durante las décadas siguientes, el especialista se dedicó a colaborar directamente con los gobiernos regionales y las comunidades locales, como una forma de buscar soluciones a sus problemas, pero sin dañar a este simbólico animal.

«Ese es uno de los grandes retos, poner comunidades locales, empresas privadas, gobiernos y científicos, a trabajar en la misma dirección. Es muy complicado, pero lo estamos logrando paso a paso», comenta Trujillo.

Fernando Trujillo y la comunidad local. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.
Fernando Trujillo y la comunidad local. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.

Respecto a esto último, con el tiempo su relación con las comunidades se fue haciendo cada vez más fuerte y estrecha, hasta que llegó un momento en el que el pueblo indígena tikuna lo bautizó como “Omacha”.

«Hubo un momento en el que los indígenas empezaron a llamarme Omacha. Yo les decía que ese no era mi nombre, que yo me llamaba Fernando. Hasta que un día me atreví a preguntarles, pensando que era algo malo, que se trataba de un apodo, pero ellos me explicaron que me llamaban Omacha, porque creían que era un delfín que se volvió gente para proteger a sus hermanos. Me pareció muy bonito, realmente muy metafórico», relata conmovido el biólogo.

Es así como esta atracción tomó la forma de un sueño, de un objetivo que Trujillo ya no podría dejar atrás, ya que fue en aquel momento cuando su vida se vinculó irremediablemente con el destino del delfín de río.

«Me acuerdo de que en una ocasión mandaron a un fotógrafo a hacerme unas imágenes en el río con los delfines. Yo siempre ando con una bandana puesta en la cabeza, y hay una en particular, la que llevaba puesta ese día, que siento que me da suerte con los delfines. En un momento dado, me sumergí, y cuando salí a la superficie ya no la tenía, la había perdido. Quedé muy triste, pero a los tres minutos sentí que algo me tocaba. Era un delfín, el que llevaba mi bandana en la aleta pectoral. Me la llevó y me la devolvió. Todo el mundo quedó asombrado. Éramos como 11 personas, nadie lo podía creer. Fue un momento muy mágico», recuerda.

En esta línea, dos de las especies más conocidas son el delfín rosado (Inia geoffrensis) y el delfín gris (Sotalia fluviatilis). Es más, el delfín rosado es quizás la especie más carismática de delfín de río en todo el mundo. Además de su característico color, posee una serie de adaptaciones a su hábitat en los ríos y lagos de la Amazonía que lo hacen único.

Un ejemplo de esto son sus aletas, las que son más cortas, y las vértebras adicionales que posee en el cuello, las que le permiten moverse con facilidad para buscar alimento entre las raíces y vegetación acuática. Asimismo, como son depredadores tope, el estado de sus poblaciones es un excelente indicador de la salud del ecosistema y de los potenciales impactos de las actividades humanas, por lo que su rol es sumamente importante. Además, a lo anterior se suma su gran valor cultural, ya que las comunidades indígenas de la zona los consideran animales sagrados.

«Yo creo que los delfines en el Amazonas son los jaguares del agua. Son los máximos predadores, están en el bosque cuando se inundan, en los lagos, en el río principal, en todas partes. Son los controladores de peces enfermos y, además, algo muy importante, es que están en la cosmología indígena, son parte de las tradiciones indígenas. Son seres sagrados que viven bajo el agua, en ciudades sumergidas. Entonces, son seres muy poderosos», señala Trujillo.

Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.

Sin embargo, pese a toda esta riqueza, esta especie se encuentra en peligro producto de las amenazas asociadas al aumento de la temperatura del agua, la deforestación, la contaminación y los conflictos con los pescadores.

«Siempre estuve teniendo conversaciones con los pescadores, los que se quejaban de que los delfines se robaban los peces de las redes, que los iban a arruinar, etcétera. Estaba ese conflicto, incluso los pescadores comenzaron a envenenar peces. Los amarraban en las redes, para que los delfines se los comieran, o les disparaban. Entonces, un día les pedí que trajeran a sus esposas para tener una reunión con ellas. Con ellas cree una asociación de mujeres procesadoras de pescado, ya que el mayor problema era que les pagaban menos por los peces mordidos por los delfines», explica.

«Hicimos un estudio con ellos y nos dimos cuenta de que la incidencia de los delfines era muy baja, pero, por el contrario, habían muchas redes de pesca. Ellos mismos reflexionaron y dijeron no, no son los delfines, somos nosotros. Cada vez somos más pescadores y estamos sacando más peces. También les di un dato que les caló mucho. Yo les pregunté cuánto tiempo llevaban en el territorio. Ellos me respondieron que estaban allí desde hace 60 años, otros me dijeron que 100, porque sus abuelos habitaron allí antes que ellos. Entonces, yo les dije que los indígenas llevaban ya más de 14.000 años en el Amazonas, mientras que los delfines dos millones de años. En ese momento, algunos dijeron “somos nosotros los que les robamos a ellos”. Yo les dije que creía que había para todos, si lo hacíamos de manera responsable», agrega.

En este sentido, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasificó en 2019 al delfín del río Amazonas como especie amenazada En Peligro, formando así parte de su Lista Roja. Esto luego de un arduo proceso de discusión, ya que con anterioridad estaba en la categoría de Vulnerable por la supuesta falta de datos suficientes.

Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Delfín de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Delfines de río. Créditos: Fernando Trujillo.
Delfines de río. Créditos: Fernando Trujillo.

El nacimiento de la fundación

Luego de fundar la base en el Amazonas, Trujillo no se detuvo allí, sino que continuó con su lucha a través de la Fundación Omacha, organización que promueve el desarrollo sostenible y busca conservar los ecosistemas acuáticos de Colombia. Para cumplir con esta misión, la fundación lleva a cabo diversas actividades, desde la celebración de acuerdos de pesca hasta la plantación de árboles de manera focal en el Caribe, en el río Orinoco, y en el Amazonas, pero igualmente en el resto del país, y en muchos otros lugares del mundo.

«Le pusimos Omacha a la fundación, no por mí, sino por lo que significa. Es ponernos en la piel de una especie, o de un ecosistema, y hacer algo por ella. Esto significa echar raíces en el territorio, construir un centro de conservación. Tanto en el Caribe, como en el Amazonas y en el Orinoco, nos hemos quedado, siempre hemos estado ahí. No vamos y venimos», comenta Trujillo.

«Ese proyecto, que empezó en ese pueblito pequeño, lo ampliamos a una escala de toda Suramérica. A lo largo de los años, he tenido la oportunidad de ir a la India, asesorar proyectos en el río Ganges, y he ido también a Camboya, a asesorar proyectos al río Mekong. En el 2017 logramos crear una iniciativa que se llama Delfines de Río de Suramérica, con organizaciones de muchos países», agrega.

Fernando Trujillo. Créditos: Omacha /  Fernando Trujillo.
Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.

En la fundación, Trujillo ocupa el cargo de director científico, lo que le permite trabajar codo a codo con el equipo de conservación, con cuyos integrantes ha ejecutado distintos estudios científicos con la intención de reforzar y mejorar las prácticas necesarias para la gestión y protección del río. Además, en estos procesos también se han incluido en terreno a otros investigadores y a la población local.

«Somos una organización pequeña, conformada por 60 personas en todo el país, pero decimos que tenemos una sombra grande, porque trabajamos muy duro. Todos somos muy apasionados, muy entregados. Tenemos biólogos, veterinarios, economistas, administradores, diseñadores, diferentes profesiones, además de la gente de las comunidades que trabaja con nosotros», asegura Trujillo.

«Me fui a recorrer todo el Amazonas, pero de alguna manera sigo conectado al pueblito donde comencé, donde estamos haciendo planes de manejo y turismo sostenible. Con familias indígenas estamos restaurando el bosque inundado. Entonces, de alguna manera, es circular todo esto. Tenemos que ampliar la escala y también buscar esas ventanas de oportunidades, donde hay cosas que funcionan, para replicarlas en otros sitios», agrega.

Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.
Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.

Gracias a este trabajo colaborativo es que, en 2018, luego de fracasar en múltiples ocasiones, las comunidades indígenas y Omacha lograron organizarse para crear los Acuerdos de los Lagos Tarapoto. Esta medida permite limitar la cantidad de pesca por persona, así como también prohíbe ciertos tipos de pesca, entre otras cosas.

«Yo creo que todo comienza con los sueños, y muchas veces abandonamos los sueños por temores. Yo también empecé muy asustado. Hubo un momento en el que sentí que me tiraba al vacío. Cuando creé la organización yo no sabía si iba a durar un año o dos, y ahora ya se cumplen 31», afirma el biólogo.

«El camino nunca es fácil, pero cuando uno tiene pasión, convicción, se pueden lograr las cosas, aunque siempre hay derrotas. Muchas veces yo he estado a punto de dejar todo a un lado, abandonar para conseguir un trabajo donde alguien más se preocupe por pagar un sueldo cada mes, y yo tener que hacer una sola cosa, y no diez mil. Pero creo que uno tiene que vivir la vida con un objetivo, tratando de dejar un legado. No pasar por la vida como una maleta de viaje, sino realmente dejar algo, de hacer algo por el planeta, por la gente», agrega.

Trujillo junto a un delfín de río. Créditos: Leo Spencer.
Trujillo junto a un delfín de río. Créditos: Leo Spencer.

En la actualidad, Trujillo participa en la Expedición Perpetual Planet de Rolex y National Geographic en el Amazonas, por lo que en este último tiempo ha estado dedicando sus esfuerzos al estudio de las funciones de los ecosistemas que mantienen viva a esta cuenca fluvial, la mayor del mundo.

Por lo mismo, su equipo se encarga de seguir los afluentes del Amazonas, a lo largo de los siete ríos y cuatro países que van asociados a su curso natural. Hasta el momento han recorrido 87.000 kilómetros de ríos y han realizado más de 70 expediciones. De esta manera, evalúan la salud de los delfines de río como forma de medir la salud general de estas aguas, lo que les permite identificar aquellas zonas críticas en las que deben centrar sus esfuerzos de conservación.

Fernando Trujillo y su equipo rescatando un delfín. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.
Fernando Trujillo y su equipo rescatando un delfín. Créditos: Fernando Trujillo / Omacha.

«Por muchos años estuve en contra de usar métodos invasivos con animales, porque me parecían terribles, pero la tecnología evolucionó, y lo que hacemos es ponerles un transmisor tipo arete en la aleta dorsal. Con esto los seguimos por satélite, por lo que son los delfines los que nos están contando cuáles son esas áreas especiales para ellos, donde tienen sus crías, se alimentan, y reproducen. Ha coincidido que algunos de estos sitios son áreas protegidas, como los Sitios Ramsar», explica Trujillo.

«Pudimos mostrar que los machos generalmente se mueven muchos kilómetros por el río, mientras que las hembras se quedan en los mejores sitios con sus crías, que son los sitios que hay que proteger», agrega.

Gracias a esta labor, Trujillo logró en 2023 que 11 países firmaran la declaración global para la protección de los delfines y sus ríos, a través de la cual se comprometieron a desarrollar soluciones transfronterizas basadas en la investigación para proteger a los delfines de río en todo el mundo.

Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.
Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.

«No es que yo sea un biólogo fetichista que ama a los delfines, y que no le importan los caimanes, ni las anacondas, las nutrias o los manatís, sino que los delfines se han transformado en una excusa. Son los embajadores de la conservación, de los grandes ríos, y eso es lo que estamos haciendo, anidando, a través de los delfines, un montón de soluciones con las comunidades locales, con los gobiernos, con las empresas, para que tengamos ríos, personas y biodiversidad saludables. Si tenemos ecosistemas en malas condiciones de salud, pues ya vemos las consecuencias, las estamos sufriendo en todo el planeta», comenta el experto.

«Yo creo que tenemos que actuar rápido en el Amazonas, no podemos seguir esperando a tener todos los estudios listos para que tomar las decisiones, ya tenemos suficiente información. Entonces, mis metas van centradas en que los gobiernos comiencen a implementar acciones de transferencia tecnológica en la minería ilegal; en frenar la ganadería y su expansión en la Amazonía; en generar alternativas económicas para la gente local y que se vuelvan guardianes de la conservación de los ríos; poder posicionar a la Amazonía en la agenda política global, como algo urgente de preservar», agrega.

Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.
Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.

Finalmente, fueron todos estos esfuerzos los que permitieron que la lucha de Trujillo fuera reconocida, al ser nombrado Explorador del Año de Rolex National Geographic 2024, transformándose así en el primer latinoamericano en recibir este galardón.

«Realmente es muy honroso, me pone en una situación donde tengo que hacer más esfuerzos para dar la talla y para aprovechar este premio y potencializar mi voz, porque de alguna manera te da más visibilidad. Muchos investigadores trabajamos en silencio, en nuestros respectivos países, en nuestros respectivos temas, pero ya con esto quedas un poco más expuesto públicamente, y puedes aprovecharlo a nivel de gobiernos y de empresas. Como dice National Geographic, este premio amplifica la voz de la acción por la conservación del Amazonas», confiesa Trujillo.

«A los jóvenes les digo que rompan la burbuja de las ciudades en las que viven, esa burbuja de comodidad. Hay que ver cómo puede uno ayudar, ya sea como consumidor responsable o a través de alguna profesión. No tienen que ser biólogos o veterinarios para ello, pueden ser abogados, médicos, ingenieros, lo que sea, pero siempre teniendo una actitud positiva hacia la vida y hacia el planeta. En este sentido, no todo en la vida es ganar dinero. Cuando me preguntan a mí qué es ser exitoso, me da risa, porque yo diría que ser exitoso es ser feliz, y tratar de hacer algo por los demás, pero para la mayoría de la gente ser exitoso es tener un buen coche, un apartamento, tener dinero, una familia, etcétera. Hay que replantearnos eso», agrega a modo de reflexión.  

Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.
Fernando Trujillo. Créditos: Omacha / Fernando Trujillo.
Comenta esta nota

Comenta esta nota

Responder...