Este Día Mundial de los Humedales 2026 nos invita a mirar estos ecosistemas desde una perspectiva que ha sido poco abordada: la del conocimiento tradicional y el patrimonio cultural asociado a ellos. Bajo el slogan promovido por la Convención de Ramsar “Los humedales y los conocimientos tradicionales: celebrar el patrimonio cultural”, la conmemoración de este año nos recuerda que los humedales no solo sostienen biodiversidad, sino también historia, identidad y formas de vida.

A lo largo de Chile, los humedales han sido espacios de aprendizaje y convivencia entre comunidades y naturaleza. Pueblos originarios, pescadores artesanales, recolectores de orilla, salineros y habitantes rurales han desarrollado a lo largo del tiempo saberes y conocimientos sobre los ciclos del agua, las mareas, las aves, los peces y las plantas. Saber cuándo entra el agua, cuándo descansa el humedal o cuándo intervenir sin dañarlo, ha sido parte de un delicado equilibrio ser humano-naturaleza, basado en una relación con más foco en la  observación y el respeto que en la explotación.

Comunidad de los humedales de Colchane. Créditos: Diego Luna Quevedo.
Comunidad de los humedales de Colchane. Créditos: Diego Luna Quevedo.

Sin embargo, estos saberes han sido sistemáticamente ignorados por modelos de desarrollo que conciben los humedales como terrenos improductivos o espacios prescindibles. Ejemplo de esto es la tragedia que atraviesan los salares del denominado Triángulo del Litio (Argentina, Bolivia y Chile) en proceso de sacrificio por explotación minera no metálica. 

Los humedales cubren actualmente alrededor del 6 % de la superficie de la Tierra, pero su contribución representa más del 7,5 % del PIB mundial. A pesar de su importancia, están desapareciendo más rápidamente que cualquier otro ecosistema con una media del 0,52 % anual. Desde 1970 se ha perdido el 22 % de los humedales, lo que equivale a más de 500 millones de canchas de fútbol. Si se mantienen las tendencias actuales, hasta el 20 % de los humedales que quedan en el mundo podrían haber desaparecido al 2050, poniendo en peligro beneficios a escala mundial estimados en 39 billones de dólares.

Lago Panguipulli. Créditos Diego Luna Quevedo.
Lago Panguipulli. Créditos Diego Luna Quevedo.

A pesar de la inconmensurable importancia de los humedales para el desarrollo humano y la biodiversidad, seguimos invirtiendo más en su destrucción que en su conservación y recuperación y la ventana de tiempo de respuesta se está cerrando.  

La destrucción y pérdida de humedales a la que asistimos tiene una dimensión doblemente grave: se pierden ecosistemas pero también se pierde el patrimonio cultural que permitió su cuidado histórico. Cuando un humedal se rellena, se drena o se fragmenta, no solo se pierde biodiversidad; también se pierde lenguaje, memoria, formas de entender el territorio y cosmovisiones.

Laguna Chaxa. Créditos: Diego Luna Quevedo.
Laguna Chaxa. Créditos: Diego Luna Quevedo.

En medio de una severa crisis climática y escasez hídrica, los conocimientos tradicionales no son una nostalgia romántica, sino una fuente vigente de soluciones. La gestión adaptativa del agua, el uso sustentable de los recursos y la lectura del paisaje son prácticas que hoy la ciencia vuelve a valorar y que los pueblos Mapuche, Aymara, Quechua, Kawésqar, Yagán y Rapa Nui nunca dejaron de practicar. Integrar estos saberes a la planificación territorial y a las políticas públicas es una deuda pendiente y una oportunidad concreta para mejorar la conservación de nuestros humedales.

Celebrar el patrimonio cultural asociado a los humedales implica algo más que conmemorarlos una vez al año. Significa reconocer a las comunidades como guardianas del territorio, garantizar su participación en las decisiones que los afectan y entender que la protección de estos ecosistemas pasa tanto por normas y mapas como por relaciones sociales y culturales.

Este Día Mundial de los Humedales 2026 es una invitación a proteger lo que nos protege. porque resguardar y conservar los humedales que nos quedan, no solo requiere datos y decretos, sino también recuperar la sabiduría de quienes, generación tras generación, han aprendido a vivir con el agua, con la biodiversidad y con los recursos naturales y no contra ellos.

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